Hoy no voy a oír el despertador

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Hoy no voy a oír el despertador.

Hoy no voy a salir de la cama.

Hoy no me voy a duchar, ni a afeitar.

Hoy no voy a abrir las cortinas.

Hoy no voy a saludar a mi mujer.

Hoy no voy a tomar café.

Hoy no voy a llevar a mi hijo a la escuela.

Hoy no voy a encender la computadora.

Hoy no voy a escribir nada en este weblog.

Un techo ideal

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Un techo ideal, sin paredes o columnas que lo sostengan. Un techo que flote en el aire, donde podamos ir a guarecernos sin tener que buscar la entrada, esquivar el poste, sacar la llave, pedir permiso.

¿Cómo es posible

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¿Cómo es posible que a pesar de nuestra propia experiencia y de la ajena, a pesar de lo que se ve en la historia, de nuestros propios recuerdos de infancia, de lo que dicen los diarios, los noticieros, de lo que muestra el arte y la literatura, de lo que vemos e intuimos del mundo, cómo es posible, decía, que tengamos en la vida diaria como en los planes para el futuro, en los miedos como en los sueños, en los estados de ánimo, en la distribución de nuestras energías, en el tiempo dedicado a cada cosa, en los detalles así como en los grandes rasgos de la existencia, que tengamos, decía, las prioridades tan confundidas?

La niña corre alegre por el prado

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La niña corre alegre por el prado, tras una bella mariposa de colores brillantes. Salta la niña hacia aquí, salta hacia allá, atraviesa los altos pastos siguiendo las cabriolas de esa maravillosa criatura que la hipnotiza con su aleteo impredecible. De tan distraída, la niña no advierte que tras unos arbustos hay un profundo barranco. Antes de poder gritar “mamá”, la niña siente que se le resbalan los pies y allá va de cabeza hacia las piedras del fondo, diez metros más abajo.

Sin tomarse un descanso, la mariposa vuelve en busca de la siguiente víctima.

En algún momento

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En algún momento de las últimas décadas, los hombres de panza grande bajaron la cintura de sus pantalones del trópico de Cáncer al trópico de Capricornio, cruzando el ecuador del ombligo sin dejar mayores rastros.

Hace cosa de un mes

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Hace cosa de un mes se me rompió la pulsera del reloj. Es un Casio barato, así que sin pensarlo dos veces entré a una cualquiera de esas relojerías tan baratas como mi Casio a pedir que la cambiaran. Se llevaron el reloj adentro, y un par de minutos más tarde lo trajeron con la pulsera nueva. Dos días después se acabó la pila, y fue ahí cuando empecé a creer que estoy paranoico. Porque en cuanto volví a la misma relojería barata y pedí que le cambiaran la pila y se llevaron el reloj al mismo interior oscuro de un par de días antes, se me ocurrió que no podía ser tanta casualidad, que algo le habían hecho a la pila allá adentro, para que se acabara pronto y el reloj, es decir yo, tuviera que volver a caer en sus manos.

Está bien: tanto mi salud mental como las prácticas comerciales son asuntos sospechosos. De todas formas, como una golondrina no hace verano, ni pensaría en escribir sobre esto si el episodio del reloj fuera todo lo que tengo para contar sobre el tema.

La semana pasada mi madre le compró a Gabriel unas zapatillas que, a pesar de ser del número correcto, le quedaron muy grandes. Mi mujer y yo fuimos a cambiarlas por un número más chico.

“No tengo el mismo modelo un número más chico”, dijo el vendedor, mientras nos proponía otras zapatillas, que en realidad eran del mismo número y de la misma marca pero medían dos centímetros menos, y que venían decoradas con unas rayitas celestes. En otras palabras, unas zapatillas que jamás habríamos llevado como primera elección. Y siguió el vendedor: “En este precio, son las únicas que me quedan.”

Mi mujer las aceptó, en parte porque no le disgustaron y en parte porque mis protestas, lo reconozco, salieron en voz demasiado baja. Si bien pensé que había oído el mismo relato cientos de veces al cambiar ropa (“no me queda el mismo modelo en otro talle, y este desecho es lo único que hay si no querés pagar más”), no podía recordar ningún caso concreto. De todas formas se lo dije a mi mujer, cuando salimos: “No me extrañaría que aprovechen los cambios para deshacerse de las cosas que de otro modo no lograrían vender. Más todavía, seguro que si entramos a comprar con plata fresca aparecen las zapatillas que queríamos del número que queríamos.”

Y ahora me doy cuenta de algo más: sería poco sorprendente que esos dos centímetros de diferencia entre la medida supuesta de las zapatillas y la medida real no sean un accidente, sino una manera de forzar el cambio y sacarse de encima las zapatillas con rayitas celestes.

Eso sí, sería injusto terminar esto sin dejar sentado que, a pesar de mis prevenciones llenas de racionalidad, a Gabriel las nuevas zapatillas le gustaron mucho, pero mucho más que las anteriores.

No sabemos si es un viejo vecino

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No sabemos si es un viejo vecino con un piano nuevo, o un nuevo vecino con un viejo piano. Empezó la semana pasada, y desde entonces nos acompaña durante una o dos horas cada día. Está aprendiendo. Toca fragmentos de piezas clásicas (Para Elisa, por ejemplo), de manera que cada siete u ocho notas un dedo cae en dos teclas a la vez. Cuando llega a las partes difíciles se frena un poco. Lo oímos desde el living, en contrapunto con la pelota que Gabriel hace picar, o con Wish you were here que llega desde otro departamento. No estamos solos.

Habla como si

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Habla como si estuviera distraído.

Habla como si le faltaran palabras.

Habla como si alguien lo estuviese escuchando.

Habla como si nadie lo estuviese escuchando.

Habla como si lo hubiese pensado antes.

Habla como si fuera espontáneo.

Habla como para sí mismo.

Habla como si estuviera escribiendo.

Habla como si dijera algo nuevo.

Habla como si todos supieran de qué.

Habla como si estuviera discutiendo.

Habla como si fuera sordo.

Habla como si tuviera una ampolla en la lengua.

Habla como si fuera su última oportunidad.

Habla como si fuera urgente.

Habla como si le quedara tiempo.

Habla como si supiera el idioma.

Habla como si fuese extranjero.

Habla como si alguien pudiera creerle.

Habla como si nadie le creyera.

Habla como si fuese verdad.

Habla como si fuese mentira.

Habla como si contara un secreto.

Habla como si acabara de aprender.

Habla como si tuviera algo que decir.

Tengo una idea para una película

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Tengo una idea para una película. El personaje principal, Jack, está obsesionado con un actor famoso, que podría ser Johnny Depp. El tema es que el propio Johnny Depp personifica a Jack, aunque al principio de la película está caracterizado de forma que es imposible reconocerlo.

Jack colecciona películas y fotos de Johnny Depp, y estudia cada pieza una y otra vez hasta saberla de memoria. Con esa documentación aprende a imitarlo: copia los gestos, la forma de caminar, la sonrisa. Ejercita la voz hasta conseguir que sea igual a la de Johnny Depp, en timbre y acento. También busca el parecido físico, que va logrando a medida que la película avanza: compra la misma ropa que el actor, se tiñe el pelo, se cambia los dientes, se opera la nariz. Así, Johnny Depp, el actor que hace de Jack, es cada vez más parecido a Johnny Depp.

Al final, cuando la copia alcanza la perfección, Jack asesina a Johnny Depp y ocupa su lugar.

Aquí termina la película, pero no es todo. El contrato de Johnny Depp debe estipular que durante el resto de su vida actuará de manera sutil y constante como si no fuera el verdadero Johnny Depp, sino Jack el impostor.

Teoría conspirativa

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Teoría conspirativa: el repelente Off no espanta a los mosquitos sino que los atrae. De esta manera el usuario cree que los mosquitos lo pican porque no se ha puesto suficiente Off, y se pone más, y los mosquitos lo atacan el doble, y entonces se pone mucho más, y así hasta ir a comprar otro frasco. Las ventas crecen infinitamente.