No lo agites. No dejes que se caiga. No lo mires tanto. No lo aprietes, no lo acaricies, no lo sueltes nunca. No le hables, no le grites, no lo mojes, no lo seques, no lo alises, no lo arrugues. No lo apures, no lo esperes, no lo tientes, no lo ignores. Ahora que está en tus manos, le pertenecés.
De toda la gente del mundo debo ser el único a quien, si me viera a mí mismo con alas, no le parecería ridículo.
Todo se organiza de a pares. Sombra larga, pan seco. País pequeño, pared descascarada. Aire frío, ruido de tambores. Cable cortado, chocolate amargo. Sol de mediodía, cajón abierto. Piedra gris, papeles dispersos.
Inviertan la película. Pónganla marcha atrás. Quiero volver a ver un principio feliz.
Eufórico, el público arroja manos y pies hacia el techo. Los ojos saltan de las órbitas. Algunos intercambian cabezas. La banda regresa para un último bis, y a nadie le importa que casi todas las orejas anden tiradas por el piso.
La moneda rueda por un borde de la mesa hasta llegar casi a la esquina. Gira y recorre otro borde. Vuelve a girar, tercer borde. Gira por última vez, recorre el cuarto borde y viene a caer justo en mi mano. Alrededor, la gente aplaude el truco. Pero la moneda quema, así que tengo que soltarla y aplastarla con el zapato. Luego habrá otra mancha oscura en la alfombra.
La primera vez
que un broche de la ropa
cae parado.
Se apaga la luz.
El color de la sangre
sigue encendido.
El bombardero sin alas todavía parece amenazarnos desde la ruta. Habría que romperle los vidrios de adelante. Habría que abollarle la nariz. Pero aún así su fantasma nos seguiría persiguiendo cada noche, a la hora en que estamos tan indefensos como la primera vez que llegó.
En el cajón de arriba había dos anillos y un marguimor. Estaba sin llave, así que cualquiera podía haberse llevado los anillos. Con ayuda de una regla de metal que encontró sobre el escritorio, Caze empujó el marguimor hacia el fondo del cajón. Luego abrió el portafolios, sacó unas pinzas y guardó los anillos en una bolsita de plástico. “Aquí no queda nada que hacer”, dijo. Salió de la habitación. Tras él, el último de los policías cerró la puerta.