Música de Bach

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El barco se desliza sobre la ola gigante como si estuviera sonando música de Bach. Hay un trenzarse de espuma y velas, un entrecruce de agua y madera, a la manera de las voces en contrapunto de una partita.

Pero al capitán no le gusta Bach. Está furioso mientras aferra el timón como si todavía tuviera control de lo que ocurre, cuando sólo le sirve para mantenerse en pie. La gorra apenas deja verle las cejas gruesas y negras, y la nariz apenas deja verle los labios delgados y blancos.

El capitán está solo. El barco también. Incluso el mar está solo, a su manera descomunal y autista.

Algo trascendente va a ocurrir.

Cae una roca

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Cae una roca sobre un vidrio que está en el suelo. Lo hace pedazos. El ruido me asusta, sobre todo porque estoy acostado, dormido y soñando. Por debajo de la roca asoman vidrios azulados, que terminan en punta. Siento una presión en el pecho.

Si supiera correr estaría corriendo

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Si supiera correr estaría corriendo, pero son muchas las fallas de la educación que recibí, y el movimiento coordinado de las piernas es una. Ahora, por ejemplo, sopla el viento y trae indicios de ataque. Me haría bien, o le haría bien a mi futuro, y tal vez al tuyo, salir con rapidez de esta habitación, cruzar las calles sin mirar atrás, y llegar al refugio antes de las ocho. Sin embargo debo quedarme aquí, frente a la pantalla, ignorando las señales de todos los sentidos que no sean la vista. Y la razón es la maestra de cuarto grado, la del pelo teñido, la que se reía tanto, la que no tuvo clemencia a la hora de condenarme.

Jugaba con las manos a la espalda

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Jugaba con las manos a la espalda, de manera que al poco rato todos pensamos que ocultaba algo. Nadie se atrevió a preguntar. Quienes dimos la vuelta con disimulo no encontramos nada. El misterio continuó durante horas, y después días. Farly me dijo, en voz baja, que el mundo llegaría a convertirlo en leyenda, si no fuera que todo lo que hacemos queda encerrado entre estas cuatro paredes.

El pedazo de uña

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El pedazo de uña cortado ayer todavía está a la vista sobre la baldosa del baño. No quiere actuar de cucaracha, ir a esconderse a la primera luz o la primera sombra, ni tampoco hacer de basura que se mimetiza con el fondo, ocultarse en las grietas, desaparecer. Quiere ser uña cortada, y como tal espera en la baldosa que le tocó, paciente, intensa en su quietud, aprovechando lo único que todavía da sentido a lo que le resta de existencia.

Esa hormiga

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Esa hormiga que se mueve pegada al zócalo acaba de cambiar su lugar con el picaporte. Sigue pareciendo hormiga, sigue avanzando y deteniéndose, girando el cuerpo hacia aquí y hacia allá, sigue teniendo seis patas, sigue siendo un poco roja y un poco negra, sólo se la distingue porque se mueve, nada en su aspecto o su comportamiento hace sospechar el cambio. Pero ya no es más hormiga, ahora hay algo en ella que no tiene nada que ver con las hormigas, porque, muy lejos de ser hormiga, es picaporte.

El imán de heladera

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El imán de heladera se arrastra por el suelo, ignorante de las leyes de la física, con la lentitud de las cosas sin poder, con el rumbo fijo de las cosas poderosas, a un centímetro de la línea oscura que separa las baldosas, portando el estandarte de pizzería, orgulloso a su manera, sin timidez, como si hubiera encontrado el amor de su vida.

Son tres

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Son tres los zumbidos, a distintas alturas, con distinta intención, no todos humanos, no todos mecánicos, no todos involuntarios, no todos nuevos, algunos continuos, algunos intermitentes, algunos subterráneos, algunos a ras del piso, algunos aéreos, varios muy fuertes, varios casi inaudibles, unos pocos agradables, pero feos la mayoría, muy feos casi todos, horribles, muchos de los tres.

La línea

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La línea empieza en un punto de la pared situado a medio camino entre la ventana y el piso, y sigue hacia la derecha en un sube y baja que esquiva rugosidades, manchas y graffiti. No tendría nada de especial, si no fuera que continúa en la pared siguiente, y en otra más, y da vuelta la esquina, y pasa al pavimento para encaramarse en una columna de alumbrado en la vereda de enfrente, y baja otra vez para recorrer baldosas rotas, y sobrevive al tránsito de la avenida hasta tomar velocidad al otro lado, donde uno corre y corre pero la línea es más rápida, y así como anda no va a terminarse ni siquiera en el río.

Seis por ocho

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(Es muy importante leer esto rítmicamente, en riguroso compás de 6 x 8, marcando con los pies o una mano o la cabeza, dejándose llevar, simplemente permitiendo que se acumule.)

El cable de acero no tiene cuidado en el sueño del mar. Y la miel en el Norte se pone violeta, no cubre las nubes, descansa en el único pez del lugar. Una tarde de enero hubo un poco de paz pero Celia se fue tan temprano que el turno del viejo cambió de repente y temblaron las rocas, despacio y seguras y siempre tan plenas. Después se cansó la tormenta. Después se cubrieron las lunas igual que el desierto. Después hubo rondas de miedo y canciones de ranas y nadie sembró muchas dudas. Vestirse de azul, prevenirse de ayer, inclinarse de a poco en la piedra más triste debajo del mapa ilegible. Te cuento que hay más cucarachas, más flores enormes, arañas con patas quebradas. Hay más ilusiones y menos promesas y más pararrayos y menos caminos. Jugaba con algo pequeño, con algo con forma de dado. La luz me engañaba. Cincuenta palmeras crecieron de golpe a la entrada del club de sombreros extraños. Dejábamos todo por una moneda de bronce empañada y marchita.

(Pausa para respirar…)

Temía que alguien de ojos rojos

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Temía que alguien de ojos rojos la esperara oculto en la esquina y la asaltara en mitad de la noche. Ropa negra, silencio, poca luna. Un gesto, un golpe. Miedo a todo, pero más que nada a los ojos rojos. Tiró de la sábana hasta taparse la frente, se abrazó a sí misma, y cerró sus propios ojos rojos para tratar de dormir.

El Cawaring

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El Cawaring sigue anclado a cien metros de las rocas que protegen la costa, pero más que un barco parece la suma de esqueletos de un par de monstruos marinos. Un mástil se apoya contra otro. El bauprés se inclina hacia el agua. Hay un florecimiento de tablones partidos, retazos de vela, cuerdas dispersas. Otros esqueletos, más pequeños, se esconden adentro. El casco gira lentamente al impulso de las olas.

A la sombra de un árbol, frente al mar, Alía toca la flauta: una melodía fúnebre, en homenaje a los restos del Cawaring. Un viento persistente, con olor a sal, se lleva los cabellos y las notas de Alía hacia los campos labrados. Es el comienzo de una estación más fresca, que ya dibuja nubes grises en el horizonte.

Tienen sueño los brazos de Arlos

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Tienen sueño los brazos de Arlos mientras rema lentamente río abajo. Detrás, Armen tiene la mirada fija en la nuca de Arlos, dedicada a odiar cada uno de esos cabellos. De pie en la costa, Icardo primero los ve acercarse, luego pasar, luego alejarse. Es la hora del atardecer. Esta noche, piensa Icardo, habrá problemas.

Cualerma vendía roscas grandes

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Cualerma vendía roscas grandes, para que los tornillos entraran con facilidad. No le importaba que los tornillos, más tarde, se salieran. Arrastraba su carro por la calle empedrada, haciendo ruido de metal, anunciando la mercadería sin ganas. Los vecinos lo oían de lejos y miraban para otro lado. Cualerma comía lo que encontraba, vivía donde tenía sueño, y pasaba los días cantando algo en otro idioma, un idioma en que las palabras “tornillo” y “tuerca” eran intercambiables.

Faltan seiscientos kilómetros

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Faltan seiscientos kilómetros por este camino angosto, gris y sin curvas, con un cielo blanco y tan bajo que nos obliga a inclinar la cabeza. A ambos lados, junto al pavimento, hay alambres de púa y torres de vigilancia. Aceleramos, aceleramos, aceleramos, y todo lo que ocurre es que las gotas de lluvia nos lastiman más la cara. Entonces vemos, allá adelante, un camión enorme que viene en sentido contrario. Es ancho, ocupa todo el camino. Empezamos a frenar, hasta quedarnos quietos. Pero el camión, cada vez más grande, como un globo que al inflarse se convierte en hierro, no frena. Justo a nuestra derecha hay una entrada pequeña, un corte en el alambre de púa, a mitad de camino entre dos torres. La atravesamos, para entregarnos.

Woody Allen

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Soñé que en un restaurante había una pareja bastante ruidosa, que de algún modo conseguía mancharle la corbata al hombre de la mesa de al lado. Ese hombre era Woody Allen.

Woody Allen iba al baño a limpiarse la corbata. De un gabinete pequeño, que colgaba de la pared, sacaba algo como un sobre de azúcar, que en realidad era un quitamanchas. Lo abría y rociaba un poco de polvo blanco sobre la corbata. En ese mismo instante la corbata quedaba limpia.

En el gabinete había un espejo oxidado y otros dos sobres de quitamanchas. Woody Allen, nervioso, bajito, se llevaba los dos sobres y empezaba a rociar con el contenido a los dos integrantes de la pareja ruidosa.

Por alguna razón los ruidosos ahora estaban callados, leyendo. Y por alguna razón permitían sin protestar que Woody Allen los cubriera con ese polvo blanco, el pelo, la cara, la ropa.

Ahí me desperté a medias, y fue un acto más consciente imaginar que el sueño terminaba con Woody Allen comiendo tranquilo, mientras el sitio que había ocupado la pareja, gracias al quitamanchas, ahora estaba vacío.

Celulares

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Desde primera hora de la mañana los clientes empezaron a olvidarse los teléfonos celulares. Si en una mesa había dos personas, allí quedaban dos teléfonos. Si había tres, tres teléfonos. Pronto las camareras optaron por sugerir a los clientes que pensaran en sus aparatos antes de irse, pero nada cambió.

Hacia el mediodía había docenas de celulares en una gran caja de cartón, tras el mostrador.

El turno de la tarde siguió recolectando más y más teléfonos. Casi todo el tiempo sonaba alguno, pero nadie era capaz de descubrir cuál.

El cielo se nubló, y mientras caía la noche empezó a llover. La caja se llenó de teléfonos, y pusieron otra al lado.

Mucho más tarde, cuando estaban por cerrar, entró un hombre de saco y corbata, empapado por la lluvia, y fue derecho al mostrador.

—Disculpe —le dijo al encargado—, ¿por casualidad no me olvidé un paraguas?

Trabajo

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A mano alzada, con un lápiz casi sin punta que raspaba el papel, trazó una circunferencia perfecta.

—Es lo único que sé hacer —dijo—. ¿Pensás que alguien me dará trabajo?

Ray siente la cabeza llena

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Ray siente la cabeza llena. De pie junto a la puerta de servicio, embutido en el traje negro, con la mano en la pistola y la pistola apenas oculta bajo el saco, los lentes oscuros para disimular la mirada de reojo, el labio superior apenas torcido hacia arriba, Ray se da cuenta de que tiene el cerebro colmado. Ha visto demasiado, ha oído demasiado, los recuerdos verdaderos y los recuerdos falsos han ido llenando cada rincón de memoria hasta no dejar más sitio. En los últimos días Ray ha experimentado la pérdida de algún momento de su vida, especialmente de la infancia, pero ahora viene algo peor, algo enorme, definitivo, un colapso.

Ray piensa si debería sacar el celular del bolsillo, marcar unos números y despedirse de alguien, pero desiste. No vale la pena. Y tal vez ni siquiera tenga tiempo, porque ahora que se acerca ese niño en bicicleta, ahora mismo Ray sabe que otro golpe de pedal ya no encontrará lugar y así vendrá la catástrofe. No bastará esta vez con eliminar años enteros de la escuela, o las caras de sus amantes, o las estadísticas de béisbol aprendidas a lo largo de toda la vida.

Ray necesita una solución, ahora mismo, pero tampoco le queda sitio para pensar en soluciones. El dedo índice se enrosca al gatillo, la pistola asoma del saco y parece que fuera a apuntar sola.

Entonces se oye el primer disparo, pero no viene del arma de Ray sino de adentro del edificio, allá donde la explosión hiere las paredes cubiertas de graffiti. Con precisión de cirujano, la bala elimina en un instante cada fragmento de escuela, cada rasgo de amante, cada partido de béisbol, cada niño que ha pedaleado ante los ojos de Ray, y así Ray tiene un momento, un solo momento del que casi no llega a darse cuenta, un momento brevísimo pero suficiente, valioso, inapreciable, de alivio.

Hay un camino de hormigas en el patio

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Hay un camino de hormigas en el patio. Va desde un agujero de la pared, a la entrada del pasillo, hasta las plantas de atrás. Son unos diez metros. El camino es grueso y transitado. Nervioso, podría decir.

Estoy sentado a la sombra del tilo, y podría ignorar por completo esa actividad si no fuera que las hormigas se la pasan tocando bocina. Son unos pitidos muy agudos y muy tenues. Cada uno sería indistinguible de los ruidos suaves que me envuelven en esta mañana de sábado. Pero la suma es un chirrido estridente, de grillos enloquecidos, que perfora los tímpanos.

Hace unos minutos vinieron los vecinos a quejarse. Tengo que hacer algo, aunque no me guste, y por eso aprieto el teléfono celular en la mano, mientras me aclaro la garganta en busca del tono de voz adecuado para hablar con el Ministerio.

Camina con el agua hasta la cintura

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Camina con el agua hasta la cintura, contra la corriente. Mira un punto en el horizonte, donde el último barco se toma un tiempo infinito hasta desaparecer. Suena música de David Byrne.

Detrás está el oeste, y en el oeste una ciudad que crece sin pobladores. Los edificios se hinchan, las calles se ensanchan, la basura se expande.

Por algún motivo, tres palabras del libro que estaba leyendo le vuelven a la cabeza: evolución, devolución, revolución. Durante la lectura le parecía una combinación inteligente.

La vida es una serie de chistes de un cuadro, sin conexión entre sí.

Lo cubren con láminas de acero

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Lo cubren con láminas de acero, le adosan extremidades mecánicas, le implantan luces, diales, pantallas, le agregan un motor, le pintan Made in algún lado, lo obligan a cumplir normas industriales, todo para que los demás crean que es una máquina.

Dos vueltas y media a los sesenta canales

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Dos vueltas y media a los sesenta canales parece ser el límite de mi resistencia al zapping, cuando el dolor de cabeza se convierte en motivo de depresión, el pulgar de la mano derecha se adormece, la protagonista de un drama llega a tener los mismos ojos que una relatora de noticias, la luz del techo molesta, el reflejo de la tele en un cuadro que cuelga de la pared pasa a ser motivo de interés, me dan ganas de bajar el volumen a cero, recuerdo otros rounds con el zapping y todos se me suman en el hígado, paso un canal más y me digo éste es el último, el último de verdad, el último de los últimos, y entonces me muero.