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La luna se perdió de vista

La luna se perdió de vista. Veo una ventana iluminada muy cerca, otra ventana iluminada algo más lejos, muchas ventanas iluminadas en la distancia. Una canción de Ani DiFranco disimula el ruido de la habitación de mi hijo y el ventilador de techo. Pasó la medianoche de un día largo, casi tan largo como los días más largos.

La luz fuerte viene del monitor. También hay dos lucecitas rojas en el contestador telefónico, una luz azul intensa en el Fast Track Pro, dos luces rojas muy tenues en el amplificador. Se acabó la pizza. Se acabó el vino. La noche no, es lo que no se termina.

Tengo los lentes sucios. La capa de mugre genera un efecto de neblina que le da encanto al monitor y me hace difícil leer lo que escribo. Estos ojos no ven ni la cuarta parte de lo que debieran para entender el mundo. Estas manos no tipean ni un décimo de lo que debieran para describirlo.

Ahora que Ani DiFranco acaba de callarse no podía faltar una bocina, ni alguien llevándose puesta la cuneta de la esquina, ni una alarma en algún lugar del barrio: grillos estúpidos sin mensaje real. Ani otra vez, entonces, la misma canción: Your next bold move.

you want to track each trickle
back to its source
and then scream up the faucet
’til your face is hoarse
cuz you’re surrounded by a world’s worth
of things you just can’t excuse

Quién pudiera salir volando entre los barrotes.

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¿Cuál es el tuyo?

cualeseltuyo.jpg
El mío es el tercero empezando del otro lado, sin ventanas, azul si no fuera marrón, plano, en diagonal con la diagonal, ruidoso a la hora de los truenos, un poco inclinado, nada especial te diría, nada que no hayas visto, nada distinto de los otros a menos que consideres la esmeralda que tengo escondida entre los pliegues.

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Páginas de un catálogo

Un día me desperté y tenía cuarenta años. Según mis cálculos, debía cumplir veinticuatro. Mientras bostezaba recordé que la noche anterior había pensado en mi cumpleaños y había tomado unos vasos de vino con Labra para despedir al número tres del primer puesto en mi edad. Así que no era algo tan inesperado como me pareció al principio. Después, al levantarme, caí en la cuenta de lo que había hecho durante el último año, y poco a poco fui recuperando los otros años perdidos, a razón de uno por minuto. Cuando terminé de tomar el café mi vida estaba completa. Habían pasado dieciséis minutos. Era injusto.

No me había ocurrido antes, y decidí que no debía ocurrir otra vez. Pero no bastaba con decidirlo. Me imaginé que podía llegar a ser algo habitual, encerrado en mi trabajo, pensando todo el día en cosas que no cambian con el tiempo. Había creído que podía contagiarme de esas cosas, ser inmortal yo también, pero esa mañana descubrí que no era así. Si quería volverme inmortal, el recurso sería cambiar el catálogo lo suficiente para que mis herederos me recordaran. Yo no podría vivir para siempre, pero mis aportes al catálogo sí.

De modo que empecé a trabajar convencido de que no iba a perder un segundo más. Ese arranque de optimismo duró casi todo el día. Después entendí que así mi vida sería recordable para los otros, pero no para mí. Volví al ritmo habitual, concentrándome más en mis propias emociones, mis impulsos, los latidos de mi corazón. La idea era cargar mi memoria con la mayor cantidad de datos de mí mismo, dejar marcas que me permitieran pensar siempre en ese día como en un día que viví de verdad.

A la mañana siguiente apagué el despertador con un golpe y le grité:

—Ya pasó otro día.

No lo pude remediar. Cuanto más me concentraba en hacer de mi vida algo significativo, más rápido pasaba el tiempo. Una semana después me olvidé del tema, y todo siguió su curso normal durante varios años.

Trabajar para el Centro trae estos problemas. Hasta el trabajo más rutinario se hace pensando en cuestiones filosóficas y significados ocultos. Uno barre el piso preguntándose por qué, para qué, y la respuesta se asoma y se esconde en medio de cálculos de probabilidades, coincidencias, intenciones, órdenes oscuras que nadie sabe de donde llegan, o si llegan realmente. La vida puede ser un medio para acercarse a la comprensión del Centro, y uno la deja pasar entre charlas metafísicas y movimientos repetidos hasta el cansancio.

El mismo transcurso del tiempo se hace confuso en el Centro. Por ejemplo, en la época de mis cuarenta años todavía no habíamos hecho el viaje, aunque juraría que en la de mis treinta sí. Recuerdo que poco después de mi cumpleaños vino a visitarme Kosong, para hablar de los preparativos. Cuando le abrí me saludó con un movimiento de cabeza, bajó la escalera y se instaló en el escritorio. Busqué una silla para sentarme frente a él.

—¿Alguna novedad? —le pregunté.

No contestó. Kosong tenía esas rachas, en las que se pasaba horas con la cabeza apoyada en una mano y el codo sobre el escritorio. El sombrero de plumas se le había corrido a un costado, y se lo quitó con rabia.

—Tendremos que llevar armas —dijo un rato más tarde.

—¿Para qué? —pregunté.

Sacó un lápiz del bolsillo y se puso a hacer garabatos en el papel donde yo había estado escribiendo.

—Dos fusiles y algunas granadas —dijo—. Preferiría un lanzallamas, pero no sé dónde conseguirlo. ¿Se te ocurre algo?

—Todavía no sé para qué nos serviría —insistí.

Kosong dejó el lápiz sobre el escritorio y se echó hacia atrás en la silla.

—Los árboles son peligrosos —dijo—. Habrá que pasar por un bosque —explicó después, al ver que yo no había entendido.

Me quedé un rato pensando de dónde sacar un lanzallamas, y no se me ocurrió nada.

—Las armas no me gustan —dije.

—A mí tampoco —dijo Kosong—, pero los árboles las respetan. Hay que apuntar bien abajo —simuló tener un arma en la mano—, y no retroceder. Lo malo —arrugó la nariz— es el olor.

—¿Sí? —pregunté.

—Es que esos árboles no son como los otros —siguió Kosong—. No sé qué tienen en vez de madera, que despide un gas verdoso al chamuscarse. Pero cuidado. —Se puso de pie. —Si el árbol está muy cerca es inútil tratar de pararlo. En ese caso hay que disparar bien arriba, entre las hojas. —Mientras hablaba, representaba lo que decía. —Después hay que saltar a un costado, porque el árbol estará ciego y no sabrá por dónde va. Cuando están ciegos, los árboles siguen siempre en línea recta, y lo único que puede pararlos es otro árbol. —Kosong resopló, como si la batalla lo hubiera cansado. —Pero eso no es problema nuestro. Nuestro problema es correr lo más rápido posible. —Se dejó caer otra vez en la silla. —Y además conseguir el lanzallamas.

—¿Y si no lo tenemos? —pregunté.

—Habrá que usar granadas —dijo—, y casco. Pero las granadas sólo sirven si el árbol está a más de diez metros. A esa distancia el casco basta para protegernos de las astillas. Pero con el árbol más cerca, hay que recurrir al fusil. —Kosong estaba preocupado. —Es muy difícil acertarle justo al núcleo del árbol.

—¿Qué es eso?

—Está más o menos a esta altura —se puso de pie otra vez, y movió una mano frente a sus ojos—, aunque depende del tamaño del árbol. En general, con una sola bala se rompe en pedazos. Pero se necesita una puntería a toda prueba. —Volvió a sentarse. —La única señal es un punto oscuro en el tronco. De noche no se ve.

—Qué problema.

—Los fusiles, los cascos y las granadas se consiguen en el Centro —dijo Kosong—. Estuve averiguando, y sé dónde hay.

Nos callamos los dos. Luego, como de costumbre, le propuse jugar al dominó. Kosong se quitó el abrigo de piel y lo tiró al suelo. Fui a buscar las piezas. Cuando volví se había dormido. Esperé unos minutos, aprovechando el tiempo para revisar mis últimas notas, y lo desperté. Estuvimos jugando hasta muy tarde. Kosong debía pensar en otra cosa, porque se rascaba la barba y le gané todos los partidos.

Labra no apareció. Le tenía rabia a Kosong, y daba la impresión de saber que él estaba conmigo sin necesidad de asomarse al sótano.

La verdad es que Labra le tenía rabia a muchas cosas, y Kosong apenas ocupaba un lugar menor en la lista. Los primeros puestos le correspondían al Centro, al catálogo, al sótano y a mi trabajo. Cosas tan próximas a mí, que solía confundirme con ellas.

* * *

Cuando tenía veinte años no sabía nada del Centro, ni siquiera que existiese. Hasta que un día leí en el diario que celebraba su diezmilésimo aniversario. La noticia ocupaba dos columnas al pie de una página interior. Si llegué a leerla fue porque era uno de esos días en que no tenía ganas de hacer otra cosa que leer el diario. Me llamó la atención que algo durara diez mil años, y quise deducir de la información a qué se dedicaba el Centro, pero no lo conseguí.

Un rato después volví a oír el nombre en la televisión.

—De interés general —dijo un locutor—. El Centro inaugura hoy una nueva sede en esta ciudad. —Y siguió con la sección deportiva.

Al otro día, mi vecino dijo que pensaba buscar trabajo en el Centro.

—¿Qué es el Centro? —le pregunté, con la misma inocencia que ahora suelo envidiar en otros.

—No estoy seguro —dijo—. De todo un poco.

Mi vecino estaba apurado, así que ese día tampoco conseguí más información. Tres menciones consecutivas de algo que nunca antes había conocido eran muchas, pero el asunto siguió así durante varios días más. De cien fuentes distintas me llegaron datos sueltos, informaciones sin sentido, la mayor parte de las cuales no había buscado. Aparentemente era cierto que el Centro se dedicaba a hacer todo lo que uno pudiera imaginarse. Pero seguía sin saber nada concreto, hasta que me llegó una carta: “Preséntese de inmediato. Centro.” Y más abajo una dirección.

No entendía nada, pero me presenté porque sentía curiosidad. El lugar era un rancho en las afueras de la ciudad. Pensé en volver a casa, pero en cambio golpeé a la puerta. Ya que había llegado hasta ahí, no me costaba nada preguntar. Abrió un viejo que tenía los ojos húmedos y una barba tan escasa que a primera vista no se notaba.

—Usted es Seroscavar —dijo. Como no era una pregunta, no le respondí—. Pase.

Dentro del rancho había una mesa torcida y dos sillas. El viejo me hizo sentar en una que estaba junto a la puerta, ocupó la otra y levantó un papel del suelo.

—Le vamos a dar la oportunidad de su vida —dijo, y se puso a toser. Yo sonreí—. ¿Quiere una misión especial? —agregó en cuanto pudo hablar otra vez.

—¿Yo? —pregunté—. ¿Por qué?

—No soy quién para explicárselo —contestó—. Tome.

Me dio el papel, que además de pisoteado y roto estaba lleno de firmas y sellos. Las firmas eran de esas muy grandes con vueltas y adornos, de gente importante. Los sellos me parecieron ilegibles, pero después, en casa, con buena luz, vi que uno de ellos decía “Director General”, y otro “Representante de Computación”.

—¿Qué hago con esto? —le pregunté al viejo.

—Léalo —dijo—, y si le interesa llévelo a la dirección que figura ahí. Suerte, Seroscavar.

El viejo se levantó y abrió la puerta, de modo que salí sin hacer más preguntas. Durante el viaje de vuelta a casa leí el papel, a la luz del atardecer. Decía:

“Pensar en lo que se va a transmitir a continuación es uno de los problemas principales del momento. Tal vez no sea claro, tal vez lleve a confusión en el preciso instante en que se necesita conocer el rumbo de los acontecimientos. Por eso, siempre es preferible utilizar una o dos frases cortas, simples, directas, que integren al receptor con el pensamiento de quien envía el mensaje, porque una de las principales funciones de ese mensaje es ser comprendido. Basándose en estas consideraciones es que quien esto escribe termina su tarea diciendo, con toda la sencillez de que se siente capaz: preséntese de inmediato. Centro.”

Más abajo estaban las firmas y los sellos, y más abajo todavía la nueva dirección.

Es una broma, pensé, y quise reírme, pero no pude. Cuandpo llegué a casa encontré otra carta, que habían pasado por debajo de la puerta:

“Quien envía un mensaje necesita, aunque lo niegue cien veces, tener una respuesta. Proporcionar esa respuesta es tarea exclusiva del receptor, que en el sencillo acto de responder se transforma a su vez en emisor. Lo evidente de esto obliga al autor del mensaje original a descartar cualquier intención de recordarle al receptor su obligación. Sin embargo, la duda lo carcome. Por ese motivo es capaz de olvidar todo recato, y construir un segundo mensaje, refuerzo del primero. Por sus propias características, este segundo mensaje debe recurrir a formas un poco más complejas, y por eso es que, en este caso, resulta como sigue: si desiste de presentarse, le rogamos que nos informe a la brevedad. Centro.”

Pasé el resto del día entre divertido y preocupado, dando vueltas de acá para allá, sin saber qué hacer. Me acosté tarde, y no dormí en toda la noche. A la mañana siguiente fui a la nueva dirección.

Era otro rancho, muy parecido al primero. Tal vez no habría llamado a la puerta, pero antes de que pudiese elegir apareció una mujer baja y gorda, que se secaba las manos en el delantal. Había olor a lavandina.

—Esto es para usted, Seroscavar —dijo la mujer, sacando un sobre del bolsillo del vestido. Estiró el brazo, sosteniendo el sobre por una punta, entre dos dedos. Lo agarré. La mujer siguió secándose las manos.

Dentro del sobre había dinero y un papel. El papel decía: “Liquidación de viáticos correspondiente al período…”, y seguían los días pasados desde que leyera aquella noticia en el diario.

—Pero… —empecé.

—Yo no sé nada —dijo la mujer, mirándose las manos, tal vez para decidir si ya estaban secas—. ¿Por qué no pregunta en la dirección que está en el sobre?

Miré el sobre y vi la nueva dirección. Antes de que pudiera decir algo más, la mujer dio media vuelta, se metió en el rancho y cerró la puerta. Estuve a punto de llamar, pero no me atreví. Guardé el dinero en un bolsillo, el papel en el otro, y llevando el sobre en la mano caminé hasta la estación del ferrocarril.

La tercera dirección era el último piso de un edificio de oficinas. Me atendió una chica de quince o dieciséis años.

—El señor P. —dijo— vendrá dentro de un rato. ¿Quiere esperar?

Me senté en un sillón, de espaldas a la ventana. La oficina estaba sucia, y tenía las paredes descascaradas como toda oficina del Centro. Me puse nervioso. Un rato después caminé hasta la puerta, volví atrás, me senté de nuevo. A cada minuto tenía más ganas de escaparme, pero no me gustaba la idea de cruzarme con el señor P. en el ascensor o en la puerta del edificio, y quedar como un tonto, o algo peor. Al final las ganas de escapar pudieron más, y salí de la oficina. No me crucé con nadie. Tuve que llegar a casa y encontrarme con otra carta para darme cuenta de que había hecho una estupidez.

“Toda forma de comportamiento”, decía, “es también un mensaje. Establecida la primera conexión en un par emisor-receptor, la comprensión de los mensajes no deliberados, de los mensajes no escritos, de los mensajes aparentemente no dirigidos, se hace más completa. Esto lleva a conclusiones que en un comienzo no habrían sido posibles, a conocimientos que en otro contexto serían inalcanzables. La expresión de esas conclusiones y esos conocimientos obliga a utilizar formas cuya complejidad antes no se había siquiera sospechado. Por este motivo, el mensaje que se hace necesario transmitir por escrito toma ahora esta apariencia: si bien la evaluación inicial de sus aptitudes dio un resultado satisfactorio, el examen de sus reacciones posteriores nos induce a someterlo a una nueva ronda de pruebas. Preséntese de inmediato. Centro.”

Esta vez no me presenté. Esperé varios días, y entonces vinieron a visitarme. Los representantes del Centro eran un hombre alto y joven y una mujer mayor, ambos bien vestidos y con pose de señores.

—Estimado Seroscavar —dijo la mujer, cuando abrí la puerta—, queremos mantener con usted una conversación confidencial.

No hizo falta que dijeran de dónde venían. Los dejé pasar, y se sentaron juntos en el sofá. Ocupé uno de los sillones y esperé que hablaran. La mujer sacó un fajo de papeles del bolso, los sostuvo por una punta y los hizo correr por la otra con el pulgar, mirando al hombre.

—Es inútil —dijo, pero no supe a qué se refería—. ¿Vive solo?

—Sí —contesté, cuando me dí cuenta de que me hablaba a mí.

—Bien. ¿Trabaja?

—Estoy desocupado.

—¿Qué edad tiene?

—Veinte.

La mujer le pasó uno de los papeles al hombre.

—Anote —dijo—. Alto, delgado. Piel blanca. ¿Hace mucho que no toma sol?

—Sí, pero no sé para qué…

—Falta de ejercicio físico. Cabello oscuro, ojos castaños, uñas largas. ¿No se afeitó hoy? —Una pausa. —Ropa gastada. ¿Qué número calza?

—¿Para qué necesita eso? —pregunté.

La mujer alzó los hombros y los dejó caer con un suspiro.

—Nunca se sabe. —Le hizo una señal al hombre. —Con esto alcanza, me parece.

Volvió a guardar los papeles. Yo los miraba a los dos, esperando que hicieran algo comprensible.

—Usted no sabe a qué se dedica el Centro —dijo el hombre.

—No.

—Es lógico. Hay pistas, señales. —Los dos se rieron, como si fuera un chiste viejo. —Todos tenemos teorías.

—¿Pero no trabajan en el Centro, ustedes? —pregunté.

Esta vez los dos alzaron los hombros.

—Nunca se sabe —repitió la mujer—. Nos pagan.

Yo creía que la escena no tenía sentido, pero no se me ocurría nada para remediarlo.

—Está desaprovechando una oportunidad —dijo el hombre—. El Centro lo necesita, y le puede pagar muy bien.

—¿Por hacer qué? —pregunté.

—Es difícil de explicar. —El hombre se miró la punta de los pies, y la mujer salió en su ayuda.

—Yo se lo voy a decir. ¿Nunca le pasó que las cosas apuntaban en una dirección, y no supo por qué?

—No entiendo —dije.

—Yo tampoco —dijo la mujer—, pero entre todos podemos encontrar una respuesta.

—¿Cómo conoció el Centro? —preguntó el hombre, que de golpe se había entusiasmado.

Le conté lo del diario, el programa de televisión, mi vecino y lo demás.

—¿Ve? —Pero no me hablaba a mí sino a la mujer. —Ese es un buen ejemplo.

—Tiene razón —dijo la mujer, y se volvió a mí—. Si necesitaba que el Centro se pusiera en contacto con usted, ¿cómo lo rechaza ahora?

—Un momento —dije. Las cosas ocurrían con demasiada rapidez. —¿Por qué no explican lo que quieren?

—Los porqués no existen en el Centro —dijeron al unísono, y se miraron sorprendidos.

—Qué coincidencia —uno.

—Hay que anotarlo —el otro.

La mujer sacó los papeles y garabateó algo en el primero.

—Empecemos por el principio —dijo después—. Yo le hice una pregunta, y usted mismo encontró la respuesta, sin darse cuenta. Durante varios días le ocurrieron cosas que apuntaban hacia el Centro, tantas que a la fuerza debía llegar a él.

—Pero fue al revés —dije—, ustedes llegaron a mí. ¿Cómo hicieron para encontrarme?

—Era inevitable —dijo el hombre—. Usted estaba creando una especie de…

—De fuerza —la mujer.

—Una especie de fuerza que tenía que atraer al Centro. El Centro siempre responde a esos requerimientos.

—Claro —exclamó la mujer, como si acabara de hacer un descubrimiento—. Fíjese, Seroscavar. El Centro se dedica a ese tipo de cosas. Cuando los hechos confluyen en una misma dirección, ahí está el Centro para encaminarlos, para darles lugar. ¿Entiende?

—No.

—Usted sabe lo que son las casualidades, ¿no es cierto? Todo el mundo les busca un motivo, una razón de ser. Cuando dos personas piensan lo mismo al mismo tiempo, o se encuentran después de muchos años en un país lejano, ¿qué ocurre realmente? ¿Qué hay detrás de las casualidades?

—Excelente —interrumpió el hombre—. Ahora puedo verlo. La gente se queda con la idea de que hay algo sobrenatural, algo extraño. Piensa que las casualidades no se dan porque sí.

—Pero eso no es cierto —la mujer, otra vez—. Las casualidades no tienen explicación posible. Por eso mismo, la mayor parte de las casualidades muere inmediatamente después de producida. Nadie las aprovecha, ni procura que ocurran más casualidades. ¿Es justo eso? Dígame, ¿es justo?

—No —respondí, con un hilo de voz. Entre los dos, que ahora estaban gritando, me tenían atrapado.

—Ahí es donde aparece el Centro —dijo el hombre—, para no desperdiciar tanta energía potencial. El Centro reúne esas casualidades, les da forma, utiliza esa energía antes de que se pierda. Piense en su propio caso. No sabía nada del Centro, y de pronto le llueven datos de todas partes. Ni se le ocurrió pensar en la cantidad de energía que se junta en una situación con la suya. ¿Y qué habría sucedido, si el Centro le hubiera dado la espalda? Nada. ¿Se imagina?

—Yo…

—Pero el Centro jamás deja escapar una oportunidad como ésta —dijo la mujer—. Claro que si su caso fuera único, el Centro tendría muy poco que hacer. Pero no es único. Más aún, debe haber muchos casos que se puedan ensamblar al suyo.

—¿Ensamblar? —el hombre—. Eso no lo entiendo.

—¿Cómo que no? —la mujer—. ¿Para qué lo querría el Centro si no tiene nada que hacer con él? Seguramente hay otras series de coincidencias para las cuales Seroscavar hace falta, otros proyectos…

—Ahora lo veo —el hombre—. Qué casualidad, Seroscavar. Tantos años en esto y justo venimos a descubrirlo aquí, en su casa.

—Eso demuestra la fuerza que tienen las casualidades —la mujer—. Si no lo hubiéramos descubierto, no podríamos convencerlo de que venga con nosotros. En cambio, ahora…

—¿Para qué voy a ir con ustedes? —dije, pero no como una negativa, sino con un poco de miedo, como si todo estuviera resuelto.

—Pregunta para qué —el hombre a la mujer—. ¿Se le ocurre algo?

—Ya se lo dijimos —la mujer al hombre—. Para ganar dinero.

—Es cierto —el hombre a la mujer—. El mejor argumento de todos.

—No cabe duda.

Quedaron en silencio durante unos segundos. Yo esperaba. Después me dí cuenta de que ellos también estaban esperando.

—¿Tengo que contestar ahora? —dije.

—Sería lo mejor —el hombre.

—Estoy de acuerdo —la mujer.

—Pero quiero saber algo más. ¿Es un trabajo de oficina?

—Sí. —Pero la mujer dudaba.

—Sí, sí. —El hombre estaba más seguro.

—¿Y el horario?

—Eso se puede arreglar. —Ahora dudaba el hombre.

—Se arregla, se arregla —la mujer.

—¿Y el pago?

—¿Cuánto quiere ganar? —preguntó la mujer. Me armé de coraje y dije una cantidad bastante alta. —Diez veces más.

—¿Cómo? —salté.

—Diez veces más de lo que dijo. —La mujer miró al hombre, y el hombre movió la cabeza de arriba abajo.

—Bueno —empecé a decir, pero no quería que pareciera una aceptación—, tendría que ver el lugar, y hablar con alguien que…

El hombre sacó una tarjeta del bolsillo y me la dio.

—Vaya a esa dirección —dijeron los dos, nuevamente al unísono, y después tomaron nota de la coincidencia.

La tarjeta decía: “Con la contundencia de las cosas simples: preséntese de inmediato. Centro.” Traía más firmas y otra dirección de las afueras.

Por supuesto, en cuanto salí del trance no les creí nada, pero después volví a convencerme. Si seguí peregrinando por toda la ciudad, de rancho en rancho, de oficina en oficina, fue porque en cada uno de esos lugares me esperaba un sobre con dinero. En una ocasión me asustó la posibilidad de que hubiera algo ilegal de por medio, pero el dinero era tanto que no tenía ganas de pensar en eso. Por otra parte, si lo había me iba a dar cuenta, y siempre me quedaría tiempo para echarme atrás.

Finalmente llegué a este edificio, donde me esperaba el Jefe de Personal, o alguien que se presentó como Jefe de Personal.

—Está tomado, Seroscavar —dijo, mientras me daba la mano—. Su trabajo…

—Espere —dije yo. La peregrinación me había acostumbrado a preguntar cada vez que tenía oportunidad de hacerlo—. ¿Cómo que estoy tomado? Nadie me explicó nada.

—Todo a su debido tiempo, Seroscavar —comentó—. ¿Para qué piensa que estoy acá?

Tres horas más tarde estaba convencido de todo lo que el Centro quería que me convenciera. Tal vez el Jefe de Personal fuera un maestro en el arte de las relaciones públicas, tal vez lo que dijo fuera sensato y si yo no lo había entendido antes era por imbécil. Lo más probable es una mezcla de ambas cosas.

En realidad, él tampoco me explicó nada, y apenas recuerdo lo que dijo durante esas tres horas. Lo único que sé es que nadie volvió a hablarme en ese tono, y luego de la entrevista el Centro siguió siendo lo más parecido a una nebulosa: años luz de materia dispersa, corrientes opuestas, catástrofes en medio de regiones tranquilas, y al fin y al cabo sólo un montón de polvo y gas.

Así fue como me hice cargo del catálogo.

* * *

Mi lugar de trabajo es grande, oscuro y frío. Justo lo opuesto de Labra. Hay una escalera de madera, muy antigua, que sube a la planta baja. Tiene cuarenta y tres escalones, cada uno con distintas marcas dejadas por mis antecesores en el puesto, y por los diferentes modelos de zapatos que usé en mi vida. El quinto, contando desde abajo, cruje si uno lo pisa muy al borde. Hay que tratar de pisar el décimo octavo bien a la izquierda, porque en el centro se hunde, y a la derecha la madera está agrietada. Una noche, con la cabeza apoyada en el pecho de Labra, me entretuve describiéndole escalón por escalón, de memoria. Descubrí que no tenía nada que decir del vigésimo cuarto. Fui a mirarlo. Justo en el borde encontré una mancha pequeña que no había visto nunca, como si alguna vez se me hubiera caído ahí una gota de café. Ahora la mancha no está: muchos años después de que Labra se fuera por última vez, el escalón se partió en dos y tuve que cambiar la tabla.

La escalera ocupa una parte de la pared del fondo, la más alejada de la calle. Está situada de tal modo que, al subir, la pared queda a la izquierda. Hay que evitar apoyarse en esa pared, porque está descascarada desde hace mucho tiempo, aunque la arreglaron poco después de mi ingreso. Por encima del escalón número treinta se consigue una perspectiva de todo el sótano, bajo la luz de los tubos fluorescentes.

—Qué paisaje —solía decir Labra, parada en el escalón treinta y dos, antes de irse.

Al pie de la escalera hay que dar un cuarto de vuelta para no toparse con la pared del costado, y allí comienzan los estantes con libros de registro. Son paralelos a la escalera. La A empieza junto a la pared y llega al pasillo que está contra la pared opuesta, a catorce metros y pocos centímetros de distancia. Donde termina la A hay que rodear el extremo de la estantería y observar su dorso para descubrir el comienzo de la B. Los estantes de la B tienen dos metros y medio menos que los de la A, de modo que la C se reparte entre el tramo que queda antes de llegar otra vez a la pared y un buen trecho de la estantería siguiente. Hay solamente otra letra, aparte de la A, que cubre un tramo entero de estantes: la S. La más corta es la H, aunque hice lo posible durante mi vida para agrandarla. Conseguí, sí, desplazar la I tres centímetros. Dudo que alguno de mis próximos diez sucesores vuelva a pensar en la H. Y si lo hace, dudo que tenga más perseverancia que yo: aburre anotar siempre nombres con la misma inicial. De mis anotaciones, no más de un nueve por ciento fue a parar a la H.

Entre la primera estantería, donde están la A, la B y los comienzos de la C, y la que se apoya en la pared del frente, donde conviven la Z y parte de la Y, hay otras nueve, con estantes a ambos lados. El sótano tiene veinte metros de largo, y doscientos noventa metros de estanterías. Cada estantería es un mueble de madera oscuro y gastado por la edad, con tres metros de altura y siete estantes. Si hubiera un solo estante, largo y recto, abarcaría algo más de dos kilómetros.

Luego del último libro de registro, el que va de Zywyz— a Zzyxx—, hay casi un metro y medio de estantería vacía. Cuando yo era nuevo, me preocupaba pensar que un día no habría más lugar para agregar registros. Entonces quedaba un metro ochenta de espacio libre. Ahora sé que el problema aparecerá dentro de unos cuatrocientos años, si es que mis sucesores escriben al mismo ritmo que yo, y ya no me preocupo. El motivo principal de este desinterés es que me duele no haber llegado yo mismo al final de los estantes. Habría sido una buena ocasión para pasar a la historia, sin tener que buscar otros métodos mucho más inseguros. Ahora suelo soñar que dentro de cuatrocientos años, cuando alguien consiga incorporar el último registro posible, todo el edificio se vendrá abajo.

La puerta que da a la planta baja y el conducto de ventilación son las únicas aberturas del sótano. Sin embargo, se junta tanto polvo entre las estanterías y sobre los libros que tengo que limpiar casi todos los días. Ese trabajo me lleva una hora y media. Calculo que si no hubiera tenido que hacerlo nunca, los registros habrían avanzado otros cinco centímetros. Si el catálogo hubiera crecido siempre a la misma velocidad, y si ninguno de mis antecesores hubiese tenido que perder tiempo limpiando, los estantes se habrían agotado hace más de cincuenta mil años.

Por supuesto, el catálogo debe tener unos cuantos miles de años menos, lo cual me hace pensar que no siempre se usó el mismo método de trabajo. No conozco la edad del catálogo.

Bajo los escalones quince al veinte hay una puerta de metal, que sólo se abre si uno le pega un golpe en la parte de arriba. Casi siempre la dejo abierta. Da a una habitación larga y angosta, que ocupa el hueco de la escalera y todo el fondo del sótano. En la habitación, justo frente a la puerta, hay un mural hecho a partir de una fotografía que me tomaron poco después de mi ingreso al Centro. Luego, en este orden, aparecen una mesita, una cocina, una cama y tres armarios. En la mesita hay un teléfono antiguo que nunca funcionó. La cama es angosta y bastante nueva: reemplaza a la otra, más ancha, que hace tanto compartí con Labra. Sobre ella cuelga una lámpara que se quema cada dos o tres años. De los armarios, el primero es bajo y largo: encima están el tocadiscos y el televisor, y adentro los discos y algunas películas. El segundo es alto, y lo uso para guardar la ropa. En el tercero, el más grande de los tres, están las cosas que me regalaba Labra, algunos objetos de mi vida anterior al Centro, los recuerdos del viaje que Kosong no quiso llevarse y muchos sobres de sueldo que nunca abrí. En el fondo de la habitación hay una heladera, que trato de no dejar nunca vacía del todo.

Durante un tiempo llegué a pensar que esa habitación era mi casa. Pero mi casa es todo el sótano, un espacio de trescientos cincuenta metros cuadrados. Creo que, hasta mi muerte, tengo algún derecho de posesión sobre él.

Una de las estanterías, la que contiene el final de la G, la H, la I y parte de la J, es más corta que las otras: mide sólo once metros sesenta. En los casi tres metros que quedan, del lado opuesto al pasillo, está el escritorio. Comparte el lugar con un armario enorme, donde guardo los elementos que necesito para trabajar: algunos libros de registro vacíos, hojas de papel sueltas, lápices, lapiceras, artículos de limpieza. El escritorio me sirve también como mesa para comer.

Hay un tubo ancho y torcido que baja del techo y termina a veinte centímetros por encima del escritorio. A través de él bajan algunas órdenes, en cápsulas de plástico transparente. A veces quise seguir la trayectoria del tubo más allá del sótano, para ver quién las envía, pero sin suerte. En la planta baja el tubo está empotrado en una pared. Sale del edificio por la parte de atrás, y a diez metros de la pared exterior gira noventa grados hacia abajo. A tres metros de la superficie, la mayor profundidad a que llegué con un pico, una pala y la ayuda de Kosong, el tubo sigue bajando.

De todos modos, los mensajes que trae el tubo son los menos interesantes. Mucho más me gustan los que traen otras personas, que golpean a la puerta y conversan conmigo.

* * *

El sótano me aísla de las idas y venidas del Centro. No es que haya dejado de pertenecer a él: el sobre con mi sueldo que cada mes alguien pasa por abajo de la puerta, las cápsulas que llegan a través del tubo, las personas que de vez en cuando me saludan lo demuestran. Las reglas del Centro siguen siendo mis reglas, pero son tan elásticas y cambiantes que casi podrían aplicarse a cualquier cosa. La diferencia está en que no participo de las discusiones, los proyectos y las teorías de mis compañeros de edificio. Y mucho menos de lo que hacen otros miembros del Centro, más lejanos.

En otras palabras, puedo salir a comprar el pan sin caer en la metafísica. Saco la bolsa de un rincón del segundo armario, subo la escalera, abro la puerta y camino hasta la calle sin pararme a ver qué hace la máquina nueva que instalaron, o qué tiene que decir el hombre que tras saludarme se queda mirándome la nariz. Una vez afuera voy hasta la esquina, doblo a la izquierda y entro a la panadería. Allí hay gente que no pertenece al Centro, y siento algo parecido a una brisa fresca: la inocencia de quienes no conocen nada del Centro, aparte de ser increíble, me recuerda la infancia. El panadero me llama por mi nombre, pero nadie se da vuelta para mirar, nadie olvida lo que está haciendo para darle un codazo a su acompañante y decir:

—Ahí está el del catálogo.

Me siento como el ermitaño que una vez al día sale de la cueva a mirar el cielo. Todavía me queda algo de cielo para ver: casi todos mis compañeros permiten que el Centro les cubra el suyo con una losa.

A la vuelta tal vez encuentre a alguien que me espera. No me importa, porque en cuanto bajamos al sótano son mis normas las que valen. Hoy, por ejemplo, está Nidin, el portero del edificio. Sé que pasa la mayor parte del tiempo discutiendo con Calibares sobre la existencia de otros Centros, paralelos al Centro: la idea metafísica por excelencia. Pero antes de bajar al sótano deja sus teorías en un rincón, junto con la escoba, y mientras me acompaña por la escalera dice:

—Se me ocurrió algo para el catálogo, pero no sé si sirve.

—¿Por qué? —le pregunto.

—Porque no es un planeta, sino una isla —contesta.

—El catálogo incluye de todo —digo.

Dejo la bolsa del pan en la mesita de la habitación y lo invito a sentarse en la cama, mientras traigo la silla del escritorio. Hace tiempo descubrí que la gente explica mejor sus ideas cuando se sienta en la cama, y por eso no traigo dos sillas.

—Es un sueño que tuve anoche —dice Nidin, rascándose la cabeza—. Una isla sin principio ni fin.

—Entonces no puede ser una isla —digo.

—¿Por qué? —dice Nidin—. Está rodeada por un mar. Se puede recorrer toda la orilla en un día.

Me levanto y voy a buscar algo con qué tomar notas. Cuando vuelvo pregunto:

—¿Cómo se llama esa isla?

—No sé —dice Nidin—. ¿Es importante el nombre?

—Sí, pero ya le buscaremos uno. Siga.

—Me gustaría mucho que esa isla figurara en el catálogo. Sus habitantes me trataron muy bien durante el sueño.

—¿Ellos le dijeron que no tiene principio ni fin?

—Sí.

—¿Se lo demostraron?

—Creo que sí. Déjeme pensar.

Nidin hace una pausa, y yo aprovecho para inventar un nombre. Lurgan podría ser. Lo anoto.

—Cuando llegué a la isla —dice Nidin— un hombre me preguntó en qué dirección quería caminar. Hacia el Sur, le dije. ¿Cuánto?, preguntó. Diez kilómetros, le contesté. Desde el mar me había parecido que la isla no tenía más de cinco, de un extremo al otro.

—¿Y caminaron los diez kilómetros? —intervengo.

—Sí —dice Nidin—. Yo no podía creerlo. Le pregunté al hombre cómo era posible, y me pidió que mirara hacia atrás. A mi espalda había un acantilado, y más allá estaba el mar, igual que al empezar la caminata. —Nidin me mira a los ojos. —Quise volver, pero cuanto más caminaba hacia el mar, más se alejaba.

—Le creo —digo—. ¿Se enteró de alguna explicación al respecto?

—Sí, pero no la entiendo bien.

—Trate de repetirla.

—El hombre dijo que en esa isla las cosas cambian según la dirección en que avanza el observador.

—Muy interesante —comento, con toda sinceridad.

—Salvo en la orilla misma, que está fija para que la isla no invada otras regiones del planeta, uno puede caminar en línea recta todo lo que se le ocurra sin llegar nunca al mar. —Nidin empieza a sentirse cómodo con el relato. —Eso sí, como la isla es tan pequeña, resulta imposible alejarse del agua. Parece que el agua lo siguiera a uno: no importa cuánto camine, siempre tendrá a la espalda el ruido de las olas.

—Tengo una duda —digo—. Si uno encuentra siempre tierra por delante, ¿cómo puede volver a la orilla cuando quiere hacerlo?

Nidin sonríe, y se frota la cara con las manos.

—Despertándose, me parece.

Yo también sonrío.

—Me gusta su isla —digo—. La voy a llamar Lurgan. ¿Está de acuerdo?

Lo que Nidin no sabe es que antes de incorporarla al catálogo la voy a adaptar a mi estilo, le voy a quitar ambigüedades, le voy a agregar los elementos que me enseñaron tantos años en el oficio. El resultado de todo ese trabajo seguramente le sería irreconocible, pero nadie ve lo que pongo en el catálogo.

—Me gusta —dice Nidin—. Lurgan. ¿Sabe una cosa?

—¿Qué?

—Creo que el hombre de que le hablé dijo ese nombre. ¿Cómo lo supo?

Sonrío otra vez.

—Usted es el especialista en teorías —digo—, no yo. Gracias por la información.

Sin gente como Nidin, que es una fuente inagotable de ideas para el catálogo, hace tiempo que mi trabajo se habría convertido en un problema.

* * *

Escribo en el catálogo:

Lurgan: Prisión de máxima seguridad. Construida en una pequeña isla, tiene la ventaja de que los reos creen estar libres. Una ilusión inducida cuidadosamente les hace imaginar que la isla no tiene fin, que pueden internarse en ella tanto como quieran, y así alejarse de sus guardianes, de los otros reos y de todo lo que prefieran mantener a distancia. El único inconveniente es que si, por algún motivo, se hace necesario trasladar a alguien fuera de la isla, resulta imposible encontrarlo.

* * *

Labra y Kosong se vieron una sola vez. Kosong estaba en mi escritorio, mirando el techo mientras decía:

—Pienso llevar el martillo, por si nos topamos con los pigmeos. Dicen que no hay nada como romperles la cabeza de un martillazo. Tengo amigos que lo hicieron, y cuentan que el cráneo tiene la dureza necesaria como para no hundirse al primer golpe, y a la vez es lo bastante blando como para transmitir una sensación de poder a través de la herramienta. —Una pausa. —¿Nunca experimentaste el placer de romper cosas blandas, pero que no ceden de inmediato?

—Puede ser —dije—, alguna vez.

—No te creo —contestó—. Si lo hubieras experimentado no lo dirías con tanta indiferencia. Es como aspirar muy hondo, hasta sentir que los pulmones revientan, y después soltar el aire de golpe. —Entrecerró los ojos y puso las manos sobre el escritorio, con las palmas hacia arriba. —Pero no hay nada que se le parezca.

Entonces golpearon a la puerta. Subí a abrir, y era Labra. Cuando volvimos al escritorio, Kosong había cerrado los ojos del todo y se frotaba las manos suavemente.

Labra me miró intrigada. Kosong abrió los ojos.

—Él es Kosong —dije, mientras me acercaba al escritorio—. Te presento a Labra.

Kosong se paró de un salto, rodeó el escritorio y fue a darle un beso en la mejilla. Labra se apartó y le dio la mano.

—Kosong es un viejo amigo —expliqué.

—Y futuro compañero de viaje —dijo Kosong.

—¿De viaje? —Labra no sabía nada del asunto, porque yo no había encontrado el modo de contárselo.

—Estamos planeando una excursión —dije, alzando los hombros para quitarle importancia.

Kosong levantó un dedo y lo mantuvo en el aire, señalando algo que estaba más allá de las paredes. Esperó que los dos lo mirásemos, y lentamente volvió a mi silla, atrás del escritorio.

—Mucho más que una excursión —dijo después—. Necesitamos mochilas especiales, y un bote inflable para atravesar las cataratas.

—¿De qué habla? —me preguntó Labra en voz baja.

Le pedí silencio con un gesto.

—Es el único modo de pasar —siguió Kosong—. Algo más rígido que un bote inflable se va a romper contra las rocas. Algo más blando nos quitará el placer de desgarrarlo cuando ya no lo necesitemos. Y si no lo rompemos, tendremos luego la tentación de volver atrás cuando menos nos convenga.

—Muy interesante —dijo Labra—, pero yo tengo ganas de tomar un café.

Fui a calentarlo. Desde la habitación oí que Kosong seguía hablando. No podía entender las palabras, pero sí el tono. Estaba en uno de sus momentos de entusiasmo, cuando la perspectiva del viaje le impedía controlarse. A veces gritaba una o dos frases, y yo llegaba a captarlas:

—En el corazón —decía—. El único arco iris macizo. Corazas para los ojos.

La cocina tiene una llama pequeña, y el café tardaba en calentarse. Era uno de esos días en que prefería quedarme con Labra y no con Kosong. El viaje tal vez fuera lo más importante de mi futuro, pero yo no tenía la habilidad de Kosong para olvidarme del presente. Cerré los ojos un segundo, pensando en Labra y yo sentados en la cama, acariciándonos de a poco y con paciencia, al principio casi sin mover más que un dedo, luego con la mano entera, y más tarde con todo el cuerpo, a un ritmo tan lento que un solo latido nos llevara horas. De pronto la imagen de Labra se mezcló con la del martillo y los pigmeos, y abrí los ojos asustado. El café acababa de hervir. Le pegué un puntapié a la cocina, tiré el café por la rejilla y puse a calentar otro poco. Entonces oí un portazo y me dí vuelta.

Kosong apareció en la puerta de la habitación.

—Se fue —dijo.

—¿Labra? —pregunté.

—¿Quién, si no?

Dí un salto, lo esquivé con un movimiento de cintura y subí la escalera corriendo. Abrí la puerta y salí a la planta baja. Labra ya no estaba a la vista. Yo tenía un trapo de cocina en la mano: lo tiré al suelo, luego me incliné a levantarlo y me lo pasé por la frente. Volví al sótano.

* * *

Por entonces escribía estas cosas en el catálogo:

Coudini: Inspirador de la Reforma Retroactiva, no pudo evitar que sus ejecutores la aplicaran a él mismo. Pasó largos años huyendo de un lado a otro, para evitar que hicieran blanco en él. Escondió épocas enteras de su vida en cuadernos manuscritos que guardaba en una cripta subterránea. Al conocer profundamente los métodos de la Reforma, tuvo éxito en casi todas sus acciones, y los fracasos que soportó fueron mínimos. Sin embargo, llegó a perder meses enteros de su pasado, y hasta sufrió un cambio de nombre, porque había olvidado anotar el suyo en alguna parte. Cuando descubrían alguno de sus escondites, siempre tenía tiempo para llevarse su pasado con él. Sus perseguidores sólo encontraban recuerdos marginales, anécdotas sin valor, y atacaban esos restos con la furia que les daba la impotencia.

Tras su muerte, Coudini se transformó en una paradoja de la historia. Hay quienes preguntan si verdaderamente escapó de la Reforma, porque hoy en día es recordado casi únicamente por esa fuga. El resto de su vida, el pasado que guardó con tanto cuidado, se ha perdido, como se pierden todos los pasados sin necesidad de Reformas.

Péndulo corrector: Instrumento de uso común en Galnaip. Se mueve sólo cuando cambia el concepto de verticalidad. Los expertos de Galnaip jamás consiguieron explicar qué significa eso, y probablemente ellos tampoco lo sepan. De todos modos, la construcción, el arte de los equilibristas y los crucigramas son posibles en Galnaip exclusivamente por la existencia del péndulo corrector.

Sorinargo: En el país de Haf, dios de la corriente eléctrica. Según la leyenda, en el principio eran los electrones, que vagaban sin rumbo ni ley por los vacíos que no se pueden medir. Entonces, Sorinargo llegó al universo con su flauta mágica y tocó una melodía de la que hoy sólo se conservan ciertos gráficos en una máquina antiquísima. Al son de la flauta, los electrones iniciaron su marcha, siguiendo a Sorinargo por donde éste fuese. Cuando los electrones estuvieron bien orientados, Sorinargo entregó a los hombres versiones simbólicas de su flauta. Estos sustitutos, si bien no producían ninguna música exquisita, bastaban para encantar a toda partícula subatómica sensible a la belleza.

* * *

Me llevó treinta años comprender los misterios del catálogo, y no dudo que soy el único que los conoce. Ahora me doy cuenta de que el Jefe de Personal, cuando me explicó mis funciones, sólo sabía algo de la superficie.

Cuando bajamos por primera vez, el sótano estaba a oscuras. Se había cortado un cable en alguna parte, así que la luz no funcionaba. El Jefe buscó una linterna, y juntos descendimos por los escalones que crujían. La primera impresión fue desagradable: entre el pie de la escalera y la estantería de la A había una telaraña enorme y brillante. Los libros de registro estaban cubiertos de polvo. Se oía un ruido de goteo, que venía del otro lado del sótano.

El Jefe era alérgico al polvo, así que se puso a estornudar y tuvo que pasarme la linterna. Caminamos entre los libros, mientras las cucarachas y las arañas corrían a esconderse. El suelo estaba oculto bajo una capa de barro resbaladizo. Yo iluminaba los estantes, en parte para no saber qué estaba pisando, en parte pensando cuándo me iba a atrever a sacar alguno de esos libros oscuros y pesados, que parecían tener miles de años de edad.

—Por aquí está su escritorio —dijo el Jefe, cuando los estornudos le dejaron unos segundos de tranquilidad.

El escritorio estaba cubierto de cápsulas que habían salido del tubo. Formaban una montaña. Muchas habían caído al suelo y se desparramaban entre las estanterías. El Jefe pisó una, que se rompió con un estallido, y los dos pegamos un salto.

—Ordenes atrasadas —dijo el Jefe—. Hace años que nadie se ocupa de ellas.

Buscó en la montaña una cápsula un poco más limpia que el promedio y me enseñó a abrirla.

—Fíjese bien —dijo, mientras sacaba el papel del interior—. En este papel está la descripción de algún elemento que debe ser incorporado al catálogo.

—Entiendo.

—Su trabajo es copiarlo textualmente en el libro correspondiente. —Estornudó varias veces y siguió: —Los libros están distribuidos por orden alfabético, así que eso no le va a causar problemas.

—Me gustaría hacer una prueba —dije—, para estar seguro de aprenderlo bien.

—De acuerdo. Veamos qué dice este papel.

Leímos:

Gormin: Palacio del planeta Hamirabar, construido en un solo diamante. Se dice que la disposición de sus habitaciones reproduce la distribución de las estrellas de una galaxia distante. Afirmación que se puede apoyar en dos hechos indiscutibles: su constructor llegó de una galaxia distante; y habiendo tantas galaxias y siendo tantas las habitaciones del palacio, sería extraño que éstas no reprodujeran alguna de aquellas. Cada habitación dio origen a una leyenda, y se cree que todas las leyendas que existen o que existirán algún día tienen su fundamento en las leyendas del palacio Gormin.

A la luz de la linterna vi que el Jefe se rascaba la cabeza.

—Bien —dijo—. Hay que buscar la G.

Los lomos de los libros de registro no tienen ninguna indicación de su contenido, así que la búsqueda nos llevó un buen rato. Cuando encontramos el libro indicado empezamos a hojearlo, para ver dónde se debía intercalar la información sobre Gormin.

Ya estaba, escrita exactamente del mismo modo.

—Qué raro —dijo el Jefe—. Se supone que las cápsulas traen información nueva, seleccionada entre los últimos descubrimientos.

—¿Está seguro?

—Eso me dijeron. En cuanto llegan las primeras noticias de algo desconocido, se hace un resumen de los datos y se mete el resumen en una cápsula de éstas.

—Podríamos preguntarle al que hace ese trabajo.

—Nadie sabe quién es.

—En ese caso… —empecé, y no supe cómo seguir.

—Me imagino que esto ocurrirá a veces —dijo el Jefe—. No se puede pedir que todo sea perfecto, y menos en el Centro.

Los dos teníamos ganas de irnos del sótano, así que dejamos la cápsula donde estaba y volvimos a la superficie. Mientras nos sacudíamos la ropa, el Jefe trató de convencerme de que, una vez limpio y con luz, el sótano resultaría un lugar agradable. No le creí, y diría que él tampoco se creyó a sí mismo. Pero tenía razón. Con su ayuda arreglé la instalación eléctrica, y junto a otros voluntarios del edificio puse el catálogo en condiciones de funcionar. Después conseguí sentirme cómodo.

Cuando empecé a trabajar, ya estaba seguro de que no había nada raro en mi nuevo empleo. Tenía un horario fijo, dos días libres por semana, una credencial que me identificaba como agente del Centro, un número de jubilación, la promesa de vacaciones pagas, un contrato y todo lo que podía pedir. Al poco tiempo disponía de dinero para salir, divertirme, mejorar mi casa, comprar lo que quisiera y a la vez ahorrar para cuando el trabajo terminase.

Diez horas diarias encerrado en el sótano del catálogo no significaban un trabajo pesado, pero al principio me aburría. Tardé dos días en verificar que, de los cientos de cápsulas acumuladas, ninguna traía información nueva: todos los datos parecían copiados cuidadosamente de los libros. Después descubrí que la frecuencia con que aparecían nuevas cápsulas era realmente baja, no más de dos o tres por semana. Así que tenía poco que hacer. Empleaba dos minutos en abrir la cápsula y comprobar que no decía nada nuevo. Al poco tiempo empecé a pensar en no abrirlas, pero por suerte me arrepentí: si hubiera dejado de interesarme en ellas jamás habría comprendido cuál era mi verdadero trabajo. Un trabajo que nadie en el Centro podría explicar.

Pasaba una buena parte del tiempo leyendo, o durmiendo, o curioseando los registros. Cada diez minutos miraba la hora. El mejor momento del día era cuando terminaba el horario de trabajo y salía al mundo exterior. Mi mayor preocupación, que alguien descubriera la inutilidad de pagarme por no hacer nada.

La situación empezó a cambiar cuando me dí cuenta de que nadie me vigilaba, ni me pedía que hiciera algo en especial. Sintiéndome más libre, probé cosas nuevas: pinté cuadros, instalé un laboratorio de fotografía en la habitación que más tarde sería mi dormitorio, me puse a escribir poemas. Pero todo esto duró poco tiempo, porque cualquier nueva instalación me molestaba, dado el poco espacio que dejan las estanterías. Y cuando no hacían falta instalaciones, como en el caso de la poesía, lo que hacía falta era ingenio o ganas, y tarde o temprano me daba cuenta de que no tenía ninguna de las dos cosas.

Pero siempre encontraba algo con que pasar el tiempo. En parte por eso, y en parte porque me estaba acostumbrando a la situación, cada día me aburría menos, y pensaba más en la suerte que había tenido al encontrar un trabajo tan liviano.

No me hacían preguntas, ni pruebas de ninguna clase. Yo evitaba hablar de mis actividades, pero cada vez tenía más curiosidad por saber qué pasaba.

—¿No les importa cómo anda el catálogo? —pregunté una vez—. Les podría decir unas cuantas cosas.

—No nos interesa —contestó el Jefe de Personal.

—Pero no preguntan nada, no se fijan en lo que hago —insistí—. ¿Qué clase de trabajo es éste?

—Es un trabajo. Y ahora contésteme a mí: ¿está cumpliendo las órdenes, sí o no?

—Por supuesto —me defendí.

—Suficiente.

—Pero nadie se entera —dije.

—¿Nadie? —preguntó.

—Me entero yo.

—Suficiente.

En otra ocasión la charla fue más desconcertante, por lo menos para mí, que recién empezaba.

—Algún día tendrá que contarme cómo llegó hasta acá —dijo el Jefe—. ¿Fue un proceso largo?

—Bastante —dije—. Yo estaba en…

—No, ahora no. —Miró hacia el techo, con la misma expresión que años más tarde adoptaría Kosong. —Todos los procesos son largos. ¿Nunca se le ocurrió pensar cómo vino a parar el catálogo a este edificio?

—Sí —dije. Es un edificio viejo, de dos pisos, que seguramente fue un hotel hace mucho tiempo.

—Casualidad, como siempre —dijo el Jefe—. Creo que había algo en el aire que nos obligaba a unirlos, a usted y al catálogo.

—¿Algo en el aire?

—Es nuestra especialidad. Así como todo apuntaba a que el catálogo estuviera en este sátano, también apuntaba a que usted trabajara en él. No tengo la menor idea de la utilidad de este asunto. Tenía tanta energía que podría decir que se hizo solo.

—¿Por eso no me pregunta nada?

El Jefe cerró los ojos y se echó hacia atrás en la silla, con una expresión de felicidad. Estas también serían costumbres de Kosong.

—Es una buena explicación —dijo—. ¿Cómo se le ocurrió?

Lo sigo llamando Jefe, pero no lo era. O tal vez sí, no importa. En el Centro los jefes no existen, pero suele haberlos. Si uno se pone a pensar, no hay nada en el Centro que sea la misma cosa todo el tiempo, ni a todos los fines. Es posible que el Jefe fuera Jefe sólo para mí.

La segunda vez que bajamos al sótano, luego de arreglar la instalación eléctrica y antes de hacer la limpieza, se me ocurrió preguntarle si la escritura a mano de los datos en enormes libros de registro no era un método antiguo.

—Sí —contestó.

—Si el Centro es tan grande como parece —dije— debería tener un catálogo hecho por computadora.

—Lo tiene —dijo el Jefe—. Por eso este no se usa nunca.

Saqué un libro de su estante y lo abrí al azar.

—¿Para qué lo quieren, entonces? —pregunté.

El Jefe alzó los hombros, el mismo gesto de la mujer que había ido a entrevistarme a casa.

—Nunca se sabe —dijo—. Tal vez sea tradición, tener este catálogo. Tal vez estemos honrando la memoria de algún prócer que dio la vida por ponerlo en marcha cuando no se conocían métodos mejores.

Me quitó el libro amablemente y se puso a leer las páginas en que yo lo había abierto. Estaban escritas con una letra apretada y llena de palos que subían y bajaban. Mientras leía, el Jefe movía los labios. En cierto momento se rio a carcajadas, después inclinó la cabeza hacia adelante como si no entendiera algo, y al final volvió a guardar el libro. Yo lo seguía mirando. Sacudió la cabeza y dijo:

—Todo encuentra su sentido, tarde o temprano.

* * *

El Jefe murió hace muchos años. Con la edad se había vuelto sordo, y pasó un día entero en su oficina del segundo piso sin oír la cuadrilla de obreros que trabajaban junto a la puerta. Con picos y taladros, la cuadrilla se dedicó a hacer un agujero en el suelo, a través del cual se podía ver otra cuadrilla, que hacía el mismo trabajo en el primer piso. Terminados los agujeros, ambas cuadrillas se ocuparon de alisar los bordes y cubrirlos de azulejos color turquesa. Después juntaron los escombros, los cargaron en un camión y se los llevaron con las herramientas y todo otro rastro de su presencia. A las ocho de la noche, el Jefe abrió la puerta y dio un paso. Llegó a la planta baja dos segundos más tarde.

Sé que Kosong también murió hace tiempo, aunque no volví a verlo después del viaje. Se le había caído una moneda en una boca de tormenta. Metió el brazo para rescatarla, y oyó un extraño zumbido que venía de las profundidades. A partir de entonces empleó cada minuto de su tiempo en tratar de describirle el zumbido a todo aquel que se le cruzaba en el camino. Escribió un libro en cuatro días, sobre el zumbido. Gastó hasta el último centavo comprando abejas, ventiladores, radios, tocadiscos, taladros y todo lo que de un modo u otro fuera capaz de zumbar, sin encontrar nada parecido a lo que buscaba. Empezó a tratar de imitar el sonido con la boca y otras partes del cuerpo, haciendo raras contorsiones y enormes esfuerzos. Una semana después se le ocurrió que el zumbido debía tener un timbre acuático, por venir de donde venía, y se zambulló en un lago, donde terminó ahogándose.

De Labra no sé nada. Es probable que aún viva, de modo que no puedo decir si su muerte estará de acuerdo con su vida, o será una muerte vulgar, de esas que no informan nada sobre su propietario.

* * *

El baño está en la planta baja. Tengo que subir los cuarenta y tres escalones, abrir la puerta y salir de mi reino para llegar a él. En una época inicié los trámites para que instalaran uno en la habitación que está bajo la escalera, pero el resultado de esos trámites dependía tanto del azar que desistí. Al fin y al cabo, me convenía esperar que un día instalaran el baño sin mi intervención, y no perder el tiempo en idas y vueltas por las oficinas del Centro. Ahora el baño no me interesa: sería una invasión en el espacio conocido del sótano.

Estoy sentado frente a mi escritorio, con la lámpara extensible que compré hace muchos años apuntando al papel. La madera del escritorio tiene las marcas de todos mis lápices, y de los lápices de mis antecesores. Todavía se distinguen las quemaduras producidas por los cigarrillos que Kosong se olvidaba encendidos al dormirse. Varias veces pensé en comprar otro escritorio, pero no me atreví: cuando algo está tan estructurado, tan trabajosamente moldeado como los elementos relacionados con el catálogo, cualquier cambio puede provocar un desastre. La lámpara fue mi innovación más audaz, y estuve nervioso durante meses luego de instalarla.

Con la habitación me tomo otras libertades. De todo el sótano, es lo menos conectado con el católogo. Cambié los muebles tantas veces que perdí la cuenta, y hasta terminé sacando todas las cosas que había encontrado en su interior a mi ingreso.

—Tendrías que modernizar esto —recuerdo que decía Labra—. Es un lugar tétrico.

—Será que yo soy tétrico —contestaba.

—No, el problema viene de antes. —Labra recorría el sótano palpando los libros, los estantes y las paredes, y poniendo cara de asco. —¿Quién te dijo que la decoración no sea culpa de tu antecesor?

—Son cosas muy viejas —decía yo—. Tienen siglos.

—Podrías venderlas muy bien en un negocio de antigüedades.

—No son mías.

—¿De quién son, entonces?

Nunca pude explicarle mis sensaciones con el catálogo. Si ahora ella entrara al sótano, muchísimo más vieja, muchísimo más viejos los dos, tal vez nos entendiéramos mejor. Seguramente ella habrá acumulado sus propias antigüedades, mientras yo acumulaba más conocimientos sobre el Centro y sobre lo que nos ocurre a quienes trabajamos para él. En particular, podría decirle que trabajar para el Centro es como tocar un instrumento musical: hay tres etapas. Durante la primera uno ni se imagina cómo se lo hace sonar. Tampoco se preocupa por eso. Durante la segunda aprende muy rápidamente a sacar algunas notas, las suficientes para comprenderlo y para sentir una especie de complicidad con él. La tercera no termina nunca, y consiste en la tarea de acercarse poco a poco al virtuosismo.

A los pocos meses de mi ingreso ya creía estar en la segunda etapa. Tenía una idea vaga del funcionamiento del Centro, aunque no supiera cómo manejarlo. No es que hubiera encontrado una fuente de información directa, sino precisamente lo contrario: el Centro funciona a partir de intenciones, coincidencias, descuidos. La pareja que me visitó en casa y me convenció de entrar al Centro decía la verdad, salvo que no se trataba de un descubrimiento nuevo, porque todos sabían lo de las casualidades.

En esos meses conocí a varios empleados del Centro, no muchos. Algunos trabajaban en este edificio, otros venían a veces, otros aparecían y desaparecían sin motivos visibles. Podría pensar que me mentían cuando decían no saber más que yo, pero creo que decían la verdad. En todo caso, mentían cuando decían ignorar más que yo: para muchos, el modo de obtener prestigio es demostrar que comparten lo suficiente el espíritu del Centro como para actuar puramente al azar. Esta es su idea principal: la perfección está en reconocer estructuras en lo accidental.

Un ejemplo: en medio de una fiesta organizada casualmente me encontré con un matemático empleado por el Centro, cuya especialidad era los números aleatorios.

—Son maravillosos —decía—. Fíjese en esta secuencia.

Me mostró páginas y más páginas de números que aparentemente no seguían ningún orden, y me preguntó:

—A primera vista, ¿encuentra alguna ley en la distribución de estos números?

Yo estaba un poco aburrido y bostecé. Pero el matemático no se dio por aludido.

—Pues bien —se respondió a sí mismo—, en esta serie hay cinco veces cinco cincos seguidos. Casualidad, claro. También hay siete veces siete sietes seguidos, y si mira bien encontrará que el nueve aparece nueve a la nueve veces.

—Así es imposible que no haya leyes —dije.

—Es mi trabajo —dijo el matemático, y los ojos le brillaban de orgullo.

Sin embargo, hay mucho más que casualidades en el Centro. Si tardé tanto en descubrirlo fue, de todos modos, por casualidad: de haber trabajado en otro lugar que no fuera el sótano, de haber estado menos tiempo encerrado con el catálogo, de haberme cruzado antes con alguno de los que niegan le existencia de las casualidades, mi comprensión del Centro habría sido mejor, y más rápida. En cambio, tuve que esperar a la fiesta en que conocí al matemático: ahí me enteré de todo lo que necesitaba.

La fiesta se había armado sin que nadie se diera cuenta, en la planta baja. Me enteré cuando terminó mi horario de trabajo. Al salir del sótano encontré un montón de personas que comían y brindaban por cosas como la simetría, la asimetría, la suerte y la desgracia. Los muebles, las molduras del techo y las ventanas estaban cubiertos de guirnaldas que subían, bajaban y se perdían en el humo de los cigarrillos. Por momentos se oía la música que salía de unos parlantes, a pesar del estruendo de conversaciones, botellas que caían, risas, cantos improvisados y aplausos sin motivo.

Al parecer, un camión había descargado los comestibles por error, y la gente se había reunido accidentalmente. De ahí a inventar una fiesta no faltaba más que un paso, y lo dio alguien que traía un mensaje: “Festejen.”

Mi primera idea fue escaparme. Pero para llegar a la puerta de salida tenía que atravesar una multitud, y ni pensé en volver al sótano: en ese entonces vivía afuera. Me resultó más fácil integrarme a un grupo que estaba cerca, donde enseguida me invitaron con una copa de algo que tenía burbujas.

En el grupo estaba la pareja que había ido a casa. La mujer seguía llevando el mismo bolso, con el mismo fajo de papeles que sobresalía por un costado.

—Hola, Seroscavar —dijo la mujer—. Me alegro de verlo. Gracias a usted no quedan misterios para nosotros.

—Hicimos otro descubrimiento —dijo el hombre—, superior al primero.

Yo no estaba de buen humor, y tuve ganas de lastimarlos, tal vez porque no me habían tratado muy correctamente durante nuestro primer encuentro.

—Supongo que sabrán —dije— que el descubrimiento que hicieron en casa no fue nada original.

El hombre tosió y dio vuelta la cabeza. La mujer se miró la punta de los zapatos y contestó:

—Es que hacía poco que estábamos en el Centro.

—Antes dijeron que hacía años…

—Sí —la mujer trató de sonreír—, pero la visita a su casa fue nuestro primer trabajo.

El hombre hizo un esfuerzo para alejar la vergüenza, y atacó otra vez:

—Tiene que escucharnos —dijo—. Ni se imagina lo que descubrimos ahora.

—¿Recuerda que nos preguntó cómo hizo el Centro para encontrarlo? —empezó la mujer—. Nosotros le explicamos que usted había creado una fuerza, un campo, que atrajo al Centro.

—Lo recuerdo.

—Estábamos equivocados —el hombre—. Fue al revés.

—¿Al revés?

—Escuche bien —la mujer—. En primer lugar, el Centro tuvo la intención de encontrarlo, y las casualidades fueron la consecuencia de esa intención, no la causa.

Hice un gesto que significaba tanto que no entendía como que no me importaba entender. Se pusieron nerviosos.

—Si usted no nos presta atención —el hombre—, no sé quién podrá hacerlo.

—Por favor —la mujer—, déjenos explicarle.

Me gustó pensar que los papeles se habían invertido desde nuestro primer encuentro, y opté por escucharlos, sobre todo para disfrutar de esa sensación de poder, que era nueva.

—Está bien —dije.

—Vamos por partes —le dijo la mujer al hombre—. Esta vez tenemos que ser claros.

—Y convincentes —le dijo el hombre a la mujer.

—Hicimos averiguaciones —la mujer—. El que le enviaba las notas a su casa no sabía la dirección. Despachaba los sobres en blanco.

—Se da cuenta —el hombre— de que tanto podían llegar a destino como no.

—Pero llegaban —la mujer—. Es la fuerza que hubo siempre alrededor de usted. No sabe cuántas cartas del Centro jamás llegan a destino.

—No —intervine—, pero me lo puedo imaginar.

—Entonces nos preguntamos —el hombre—, ¿por qué llegan las cartas? Y nos contestamos, como antes: por casualidad. Pero esa respuesta no era suficiente. ¿A qué obedecía la casualidad?

—Si no me equivoco —dije—, ustedes me aseguraron que las casualidades no obedecen a nada.

Se rieron.

—Una ingenuidad —la mujer—. El Centro tuvo la intención de llegar a usted antes, mucho antes de que las casualidades empezaran a producirse. Lo cual nos llevó a la conclusión de que las intenciones, a veces, tienen tanta fuerza que provocan casualidades.

—Claro que entonces —el hombre— ya no son casualidades propiamente dichas.

—Tenemos que buscarles otro nombre —la mujer—, pero es lo de menos.

—Todavía no sé qué quieren decir —aclaré.

—A eso vamos —el hombre—. Las casualidades no son más que un medio, que permite llegar a un fin. ¿Y cuál es el fin? El cumplimiento de una intención. Esa es la auténtica ocupación del Centro: tener intenciones. ¿Qué le parece?

Los dos me miraron sonrientes.

—¿Qué quieren que me parezca? —contesté—. No me dice nada.

Las sonrisas desaparecieron.

—¿No? —preguntaron a dúo.

—No —insistí.

—Hay que convencerlo —la mujer.

—De cualquier manera —el hombre.

—Vea lo que ocurre cuando la intención falta —la mujer—. ¿Qué pensó de los ranchos y la gente que los recibía en ellos?

—Me dieron la impresión de que el Centro no era una organización poderosa —dije.

—Pero ahora sabe que es poderosísima —el hombre—. ¿Tampoco eso le dice nada?

—No.

—El Centro no tiene la intención de ocultar su verdadera importancia —la mujer—, pero tampoco la de darla a conocer. Lo deja librado al azar. En un caso así, cuando la intención falta, el resultado es imprevisible.

—Tengo otro ejemplo —el hombre—. Al Centro no le importaba que usted llegara directamente a este lugar —señaló la puerta que da al sótano—; pero tampoco le importaba que diera un rodeo. Si la dirección correcta le hubiese llegado al principio, usted se habría evitado tantas vueltas. Del mismo modo, podría haber seguido peregrinando por los ranchos eternamente.

—Lo que quieren decir —arriesgué— es que cuando algo sale bien es porque alguien quiere que salga bien. —En realidad no estaba seguro de nada.

—Más que eso —la mujer—. Ni siquiera se puede hablar de bien y de mal. Las cosas son. Cómo son, no importa. El mismo Centro existe, pero podría no existir. La única diferencia está en que hay una intención de que exista, y entonces existe.

—Pero eso se puede aplicar a cualquier cosa —protesté.

—No —el hombre—, hay una diferencia. Las intenciones del Centro se cumplen siempre, pero por casualidad.

—Eso es una contradicción —los atajé—. Si algo se cumple siempre, deja de ser casual.

—¿Por qué? —la mujer—. Si las casualidades no existieran, las intenciones no se cumplirían. ¿Le parece que no fue casual que los mensajes llegaran a su casa?

—Tal vez, pero…

—Podrían no haber llegado —el hombre—, y en ese caso la casualidad se habría producido en otra parte, de otro modo. Lo único seguro, lo único no casual, era que de alguna manera el Centro lo iba a encontrar.

—¿Ve? —la mujer—. El Centro persigue fines, y muchas veces ni siquiera sabe por qué medios llega a ellos. La sola necesidad de alcanzar esos fines produce los medios necesarios.

—Y los medios —el hombre sonreía otra vez— son las casualidades.

Pero yo no tenía más ganas de oírlos. Inventé una excusa y traté de acercarme otro poco a la salida. Luego me dí cuenta de que la excusa no había sido necesaria: ni se habían fijado en que yo me iba, y seguían charlando entre ellos.

A los pocos pasos me interceptó otro grupo, formado por cuatro hombres con barba.

—El Centro debería tener un edificio que unificara todos los departamentos —decía uno—, y donde todos pudiéramos estar cerca de la Computadora.

—¿Qué departamentos? —decía otro—. La Computadora no habla de departamentos.

—No olviden que nuestra tarea es identificar a la Computadora —decía el tercero—. Eso es más importante que todos los edificios del mundo juntos.

—Estoy de acuerdo —decía el último—. No podemos hacer nada mientras no encontremos la Computadora.

Yo jamás había oúdo hablar de una Computadora en relación con el Centro, así que interrumpí la conversación para preguntar de qué se trataba.

—¿No sabe? —dijeron dos o tres al mismo tiempo, y uno siguió—. La Computadora es quien ordena este caos. ¿Dónde iríamos a parar sin su guía?

—¿Acaso usted se opone a que le obedezcamos? —dijo otro.

—No, en absoluto —aclaré, por las dudas—. Pero quisiera saber algo más. Parece importante.

—No parece —me corrigió uno—: es. —Todos asintieron. —Lo que lamento es que no la conozcamos personalmente.

Debo haber puesto una expresión muy notable, porque uno de los barbudos hizo un gesto para pedir calma a los demás y dijo:

—Usted debe ser nuevo, o uno de esos que piensan que todo está librado al azar.

—¿No es así? —pregunté, asombrado.

—Para ellos sí —señaló a nuestro alrededor—, pero no para nosotros.

De haber podido conversar con uno solo de los barbudos, habría comprendido enseguida de qué hablaban, pero como eran cuatro, y los cuatro insistían en complicar las cosas, tardé más de una hora, y luego tuve que pasar por muchos grupos similares para hacerme una idea elemental de lo que ocurría en torno a mí.

Las cosas no eran tan simples como había pensado. En el Centro hay varias facciones, cada una de las cuales interpreta de un modo diferente las funciones y los procedimientos del mismo Centro. Además de los aleatorios están los computadoristas, que aseguran que el corazón del Centro es la Computadora, un nombre aplicado a algo o a alguien que produce órdenes. Estas órdenes son recibidas tarde o temprano por todos los empleados del Centro. Entre los computadoristas, aquellos que las reciben con mayor frecuencia se consideran a sí mismos elegidos, y pretenden obediencia de parte de los demás. Independientemente de que tengan razón o no, la Computadora existe, aunque nadie sabe dónde está ni cómo es.

Hay más facciones. Unos son partidarios del ordenamiento absoluto: según ellos, lo que aparentemente es aleatorio sigue en realidad un orden superior, que nosotros los mortales no podemos percibir. Para demostrarlo me enseñaron un objeto tallado en madera, muy complejo, con entrantes y salientes por todas partes.

—Este objeto —dijo uno— tiene miles de ángulos. Aquí donde lo ve, un modelo matemático que lo representara con exactitud ocuparía varios libros. De todos modos, su estructura cumple una propiedad muy simple: si lo iluminamos desde cierta distancia y en cierto ángulo con una vela, y proyectamos su sombra sobre una pantalla blanca dispuesta de cierta manera, la sombra es un cuadrado perfecto. Sin embargo, hasta ahora nadie encontró la combinación de distancias y ángulos necesarios para producir ese simple cuadrado. El Centro es como este objeto: una vez que consigamos iluminarlo como corresponde, su silueta quedará libre de irregularidades y todos comprenderán que el azar no existe.

—Tengo una duda —dije—. ¿Cómo saben que se puede obtener esa sombra cuadrada, si hasta ahora nadie lo consiguió?

—Partimos de la base —dijeron— de que todo es posible mientras no se demuestre lo contrario.

Otros niegan totalmente la existencia del Centro, dicen que es un espejismo. Su demostración me pareció poco elegante, porque se puede aplicar a otras cosas: la vida, por ejemplo, o la consciencia.

Hay también quienes aseguran que lo que llamamos Centro es el universo entero, que no hay nada fuera del Centro. Lo más extraño de esta facción es que consiguió desarrollar dos supuestas demostraciones: una para el caso de que el universo sea infinito, y otra para el caso de que no lo sea.

Por supuesto, hay algunos escépticos que no creen en nada. Para ellos, todas las explicaciones están en la teoría de las probabilidades. Llevan estadísticas, hacen gráficos. Demuestran que si una curva sube pronto tendrá que bajar. Son los más desprestigiados, porque a ellos nunca les sucede nada extraordinario.

Yo creo que todos tienen algo de razón. Por lo menos es una posición cómoda. Siento un poco de simpatía por los aleatorios, tal vez por ser la primera corriente que conocí, y también por los computadoristas, a pesar de lo mal que me cayeron los cuatro barbudos cuando supe que creían ser elegidos de la Computadora. Pensándolo bien, es algo más que simpatía; estas dos corrientes son las únicas que pueden responder a una pregunta esencial: ¿de dónde sale el dinero que utiliza el Centro? Los aleatorios dicen que el dinero llega por casualidad. Los computadoristas, que lo fabrica la Computadora. Mejores respuestas no se pueden pedir. Los otros, en cambio, hablan de cosas tan absurdas como que el dinero no existe, o que aparece porque así debe ser, o que es una anomalía aún no explicada, o que todo es dinero.

Más tarde me enteré de que la pareja que había ido a casa quería fundar una nueva corriente, la de los intencionalistas, nombrándome jefe e inspirador. Me negué, lo cual sirvió para que me dejaran tranquilo, pero también para que no volvieran a saludarme. Que yo sepa, no consiguieron alcanzar su objetivo, a pesar de que la teoría merecía ser tenida en cuenta: ¿qué puede hacer el Centro, o cualquiera, con tantas casualidades, sino explicarlas? ¿Y qué mejor explicación que la de suponer que las casualidades responden a la intención de que las casualidades existan?

Alguien me dijo, años después, que luego del fracaso se unieron a un sector de los computadoristas, con el cual compartían la idea de que todas las intenciones provienen de la Computadora. Por otra parte, algunos teorizadores del orden absoluto arrastraron consigo a muchos aleatorios, con un argumento que, en versión libre, se parece a éste: toda casualidad es causalidad con error tipográfico. De este modo fundaron la facción del ordenamiento aleatorio, la cual terminó siendo parte del grupo que considera que el Centro no existe, con una justificación que apareció en uno de sus panfletos: “Si todo está ordenado, y todo orden es aleatorio, entonces no puede existir algo que no tenga sentido de por sí, y se sabe que el Centro no lo tiene.”

Creo que ni siquiera ellos entienden lo que quieren decir. Este grupo de enemistó seriamente con el de los computadoristas, sobre todo porque nadie se dio cuenta de que el problema está en la nomenclatura: si los computadoristas hubieran aceptado hablar sólo de la Computadora y no confundirla con el conjunto del Centro, los partidarios de la no existencia del Centro podrían haber visto a la Computadora como un ordenamiento aleatorio especialmente eficaz.

Todo esto sucede en el ambiente más próximo a mí. No quiero ni pensar en lo que debe ser que a uno lo trasladen a otro sector del Centro: seguramente en cada sector hay ideologías diferentes, nuevas combinaciones, y cualquier idea que altere el equilibrio que uno consiguió a fuerza de paciencia puede desembocar en un desastre.

El Jefe, por ejemplo, me contó que en el puerto donde estuvo trabajando hace decenas y decenas de años hay una teoría muy arraigada, que pretende demostrar que todos y cada uno de nosotros, los empleados y agentes del Centro, tenemos en nuestro interior todos los elementos que forman el Centro. Dicho de otro modo, que cada uno de nosotros es, por sí mismo, el Centro. Por lo tanto, el otro Centro, el que está afuera y nos incluye, es pura fantasía: un espejo en el que podemos vernos a nosotros mismos. Las contradicciones, las casualidades, el caos que normalmente existe en todas las secciones del Centro, se explican como resultado de las diferencias que hay entre las imágenes que cada uno produce en ese espejo.

No es raro que el Jefe se haya caído por el agujero que hicieron frente a su puerta.

En cuanto llegó a este edificio, el Jefe se convirtió al aleatorismo. Lo convencieron de que fuera cual fuera la explicación que quisiera darles, las casualidades seguían siendo casualidades, y seguían siendo imprevisibles.

Cuando me enteré de la existencia de tantas teorías diferentes hice una pregunta tonta:

—¿Cuál es la posición oficial del Centro?

—¿Qué cosa? —dijeron varios que me habían oído.

Debía haberlo pensado antes: no hay posiciones oficiales. El Centro no es una institución orgánica, en la cual haya una cúspide que emita documentos y reglas. Lo más parecido a una reunión de directivos es la fiesta que hubo en la planta baja, porque nadie es directivo, y todos lo somos. Los sellos que había en algunos de los mensajes que había recibido antes de ingresar, los que decían “Director General”, “Representante de Computación” y esas cosas, podían ser una broma o significar que había personas que creían sinceramente ser Directores Generales y Representantes de Computación, así como el Jefe creía ser Jefe de Personal.

Los únicos que tienen una opinión diferente son los computadoristas, y en esto no estoy de acuerdo con ellos. Su idea es que la Computadora es la única voz autorizada del Centro, y que la posición oficial es la posición sustentada por la Computadora. Dado que ellos se consideran sus intérpretes, entonces su propia ideología debe ser la ideología oficial del Centro.

Si no estoy de acuerdo es por un motivo muy simple. La Computadora no ofrece jamás, que yo sepa, un conjunto ordenado de reglas, ni siquiera de orientaciones. Si uno profundiza por este camino, termina llegando a la ideología de los aleatorios, y puede pensar que en realidad ni siquiera existe la Computadora, sino una serie de accidentes, casuales o intencionales, que producen la ilusión de que hay una Computadora.

Otro tema espinoso es el origen del Centro. Nadie conoce documentos auténticos que prueben que haya sido fundado por alguien, o que describan cómo se inició. Los aleatorios opinan que surgió por casualidad. Los intencionalistas, junto a los computadoristas, que en el principio existía la Computadora, y que ella armó a su alrededor lo que ahora se conoce como Centro. Los partidarios de la no existencia del Centro no se preocupan por el asunto, y los partidarios de que el Centro es todo lo que hay son incapaces de aportar algo interesante. Por su parte, los partidarios del ordenamiento aleatorio sostienen una teoría muy especial: no se puede afirmar que el Centro tenga un origen determinado, desde el momento en que nada surge del vacío; por lo tanto, lo que todos llaman origen debió ser la simple reunión de ciertos precedentes, que en sí mismos llevaban todas las características de lo que luego sería el Centro; estos precedentes, a su vez, debieron reconocer la existencia de otros precedentes, y así hasta el infinito.

La cifra de diez mil años que vi en el diario la primera vez que tropecé con el Centro había sido elegida por los escépticos, promediando las opiniones de los demás.

En el catálogo no encontré nada al respecto. Lo primero que busqué fue la palabra “Centro”, y encontré esta anotación:

Centro: Este catálogo forma parte del Centro, por lo que describir al Centro llevaría a un problema sin solución. Una descripción completa debería describir también al catálogo, y a la descripción misma, que incluiría una descripción de la descripción, y así hasta el infinito.

Estoy seguro de que bajo otros títulos hay datos fundamentales sobre el Centro, pero renuncié a buscarlos hace muchos años. Leer todo el catálogo es imposible, y no hay otro modo de saber qué contiene.

La verdad es que yo también quise elaborar mi propia teoría, pero a causa de un problema concreto y privado: el sentido del catálogo. Tenía que encontrar una explicación para los miles de libros de registro y descubrir de qué manera se relacionaban con el mundo de las cosas reales. Hasta que la vejez me hizo más sabio y más crédulo, mi mejor conclusión fue ésta: es muy difícil decidir cuál es el mundo de las cosas reales, cuando uno habla del Centro.

* * *

Hace sesenta años escribí en el catálogo:

Computadora: Organismo de control que envía a este catálogo, en cápsulas transparentes, descripciones de entes cuya existencia se ha comprobado experimentalmente.

Sabía que era una hipótesis arriesgada, porque en el otro extremo del tubo puede haber cualquier bromista con una colección de cápsulas y nada mejor que hacer. Pero valía la pena ponerla en el catálogo. Con ese sencillo acto me aseguré de que la suposición fuera correcta.

* * *

Los sueños empezaron pocos días después de la fiesta. Fuera del Centro no habrían tenido importancia, pero yo estaba sumergido en las casualidades, las intenciones y los ordenamientos invisibles del Centro, y con los sueños cambió mi vida.

El primero fue así. Había llegado a un lugar vacío, tan vacío que flotaba en él como si no existiera otra cosa que yo y la falta de sensaciones. Pero estaba buscando algo, sabía que tenía que encontrar señales de alguna clase en ese lugar, que no estaba tan vacío como parecía.

Después de un tiempo distinguí un movimiento borroso, a mi derecha, donde apenas podía verlo, y una especie de cuchicheo en el que se mezclaban varias voces.

—Ahí está —decía una.

—¿Es ese? —decía otra.

No podía ver quiénes hablaban, pero me dí cuenta de que me señalaban a mí.

—Sí, soy yo —contesté.

—Qué desilusión —dijo una parte del cuchicheo, mientras el movimiento se hacía más intenso.

—Yo esperaba algo mejor —insistió otra.

—Pero es lo único que tenemos —dijo otra más.

—Con razón el catálogo está detenido —terminó otra.

—¿Qué quieren? —pregunté.

—Te vamos a mostrar algo —contestaron; el movimiento abarcó todo mi campo visual—. Aquí está.

Se abrió una especie de telón, y vi el paisaje. Era una llanura por la que se movían cosas que apenas llegaba a ver como puntos o manchas. La escena vibraba, como si hubiera columnas de aire caliente o estuviera mal sintonizada. En el Centro de la llanura, dentro de una especie de burbuja, había un animal enorme y feroz que cambiaba de color a cada momento.

—Esto es Liminaz —informó una de las voces.

—¿Y qué es Liminaz? —pregunté.

—Un planeta.

Miré con más interés, pero la llanura desapareció, y en cambio vi el interior de mi casa. El comedor estaba lleno de gente que me miraba.

—¿Ya volvimos? —pregunté.

—La verdad es que no fuímos a ninguna parte —dijeron—. Era un simulacro.

—¿Liminaz no existe?

—Está a punto de existir. Falta un pequeño detalle.

—¿Cuál?

En vez de responder, se rieron. Me dí cuenta de que no necesitaba que respondieran, porque yo ya sabía qué faltaba. Pero lo supe durante un segundo, y después lo olvidé.

Al despertarme, recordaba tan bien el sueño que pasé un rato echado en la cama, sin poder reaccionar. Después me levanté, y el día resultó igual a todos los otros días.

Por entonces ya pasaba mucho tiempo en el sótano, más de las diez horas reglamentarias, y a veces dormía aquí. Esto se debía a muchas razones, sobre todo a cambios en mis costumbres, de los que apenas me había dado cuenta. Al principio, los cambios habían sido lógicos: ahora que tenía dinero podía comer siempre en un restaurante, y no necesitaba cocinar ni lavar los platos; luego empecé a llevar la ropa a una lavandería, y más tarde contraté a una persona para que limpiara la casa.

Pero hubo otros cambios, que de haberlos notado antes me habrían llamado la atención: leía en el sótano, y luego tenía los ojos demasiado cansados para seguir leyendo en casa; me acostumbré a levantarme justo a horario para llegar al trabajo, y a traer el diario y el desayuno al escritorio; dejé de ducharme en casa, y empecé a hacerlo en el baño del edificio, porque la ducha me resultaba más cómoda. Con el tiempo fui trasladando mis cosas al sótano: los libros, el televisor, el cepillo de dientes; era más práctico tener la ropa aquí que en casa, y si compraba algo, ¿dónde lo iba a poner, sino en la habitación que está bajo la escalera?

El resultado, y ahí el cambio más importante, era que cada vez tenía menos cosas que hacer cuando terminaba el horario de trabajo, y éste se me hacía más corto. Llegué a confundir los viajes de ida y de vuelta: cuando salía del trabajo y viajaba a casa, ¿iba o volvía? Tenía tantas razones para llamar casa al sótano, o más, que a mi propia casa.

Cuando se organizó la fiesta ya había probado nuevas actividades afuera, ajedrez, mujeres, cursos, amigos, pero sin llegar a interesarme o a sentirme cómodo con ninguna: en parte porque los ajedrecistas, las mujeres, los compañeros de curso y los amigos preguntaban cuál era mi trabajo y, tarde o temprano, cuánto ganaba, y ambas cosas eran difíciles de explicar a quien no perteneciera al Centro.

Después de esa fiesta participé en algunas otras, organizadas por gente del Centro, porque daba la impresión de que era la única gente con la cual podía entenderme. Pero la charla continua sobre los orígenes, las modalidades, los objetivos del Centro me cansaba. Llegaba además el momento en que debía optar por una corriente, decidir cuál de las teorías o ideologías o metafísicas me convencía más, y no podía hacerlo, o no tenía ganas. Mi actitud de discutir con todos y dar la razón a todos empezaba a molestar, y las presiones se hacían cada vez menos disimuladas. Al final descubrí que, después de haber abandonado el mundo exterior, el mundo interior del Centro tampoco me gustaba.

De modo que cuando me rendí a la evidencia, la rendición fue placentera: el sótano era mi hogar, me pagaban por habitarlo, y dentro de él no tenía que dar explicaciones.

Fue entonces que empecé a dormir en la habitación que está bajo la escalera, y casi al mismo tiempo a soñar. Le pregunté al Jefe si había algún problema en que viviera aquí, y contestó:

—Qué notable, yo me hacía la misma pregunta.

Después los sueños empezaron a repetirse. Aparecía un hombre con cuatro brazos, que manejaba una máquina complicada, y las voces decían:

—Ese es Carmacon, el inventor de la Máquina de Mirar.

—Uno se sentaba en la Máquina, y podía ver lo que quisiera, sin que importara la distancia en el espacio o el tiempo.

—El problema era que Carmacon la había diseñado para su propio uso, y nadie que no tuviera cuatro brazos podía manejarla.

—Trataron de hacerla funcionar entre dos, pero requería tal coordinación de movimientos que no pudieron mirar ni siquiera sus propias narices.

—Carmacon había destruido los planos, y murió un día en que estaba mirando las ruinas de Fi.

—Ningún ingeniero consiguió entender el mecanismo que permitía mirar, así que la Máquina se fue deteriorando con el tiempo sin que pudieran sustituirla por otra.

Otro día se veía un punto brillante en medio del cielo. Las voces explicaban:

—Estamos viendo el planeta Bardalinok, donde se descubrió la mayor fuente de energía del universo.

—Una vez puesta en marcha, nadie pudo detenerla.

—Desde entonces, el planeta brilla más que cualquier estrella.

Cada tanto se oía un ruido extraño. Las voces decían:

—El canto de los violetas.

—Recorre el tiempo en sentido inverso, aunque nadie haya podido definir semejante cualidad.

—Si uno está lejos y lo oye, sabe que los violetas aún no han empezado a cantar, y tiene tiempo de acercarse lentamente para presenciar el espectáculo.

—Los violetas depositan sus cabezas en lo alto de las montañas y las conectan con varias centrales hidroeléctricas.

—Tras años de preparativos, el canto está a punto de comenzar. Falta un segundo, medio segundo, un cuarto de segundo.

—Un octavo de segundo.

—Y apenas llega el momento, el canto ya ha terminado.

A veces los sueños eran diferentes, y se referían a sí mismos.

—Seroscavar piensa que es casual que sueñe —decía una voz.

—También piensa que es casual que pase más tiempo en el sótano —decía otra.

—No se da cuenta de que todo tiene relación —decía otra más.

—¿Cómo? —preguntaba yo—. No entiendo.

—Nos alegra que cooperes —contestaban—. Así nuestro trabajo es más fácil.

—Pero sigue faltando algo —decían, y el sueño terminaba.

Todavía no había empezado a hacer mis propias anotaciones en el catálogo.

* * *

Labra y yo estábamos desnudos, en la habitación, acariciándonos. Hacía frío, pero no lo sentíamos. De pronto, Labra se puso a reír, y salió corriendo. La perseguí entre las estanterías, riéndome yo también, jugando a que había algo divertido en el mundo. Hacíamos cada vez más ruido, y no me importaba nada. Hubo un momento en que estuve a punto de atraparla. Para distraerme, Labra sacó un libro de registro de su estante, lo sacudió delante de mi cara, y sin dejar de reírse, sin que yo dejara de reírme, lo lanzó hacia arriba. El libro golpeó el techo, se abrió, saltaron las hojas y empezaron a planear lentamente, mostrando sus garabatos vacíos y solemnes. Labra se quedó quieta, mirándome. Por lo menos me imagino que hizo eso, porque yo estaba hipnotizado, contemplando el vuelo de las hojas, que parecía no terminar nunca. Entonces Labra corrió a la habitación, se vistió, subió la escalera y dio el último portazo.

Al día sigiente Kosong llegó temprano. Reunimos los elementos necesarios y empezamos el viaje.

* * *

Nota:

Escribí este cuento (¿esta novela corta?) en 1983. Cuatro años después apareció en Fase uno, una colección de relatos de varios autores publicada por Sergio Haut vel Hartman.

Primera página del episodio uno de la historietaHacia 1986, Douglas Wright y yo empezamos una serie de historietas sobre la temática general de “Páginas de un catálogo”. Hicimos dos episodios, de diez páginas cada uno (a la derecha, en miniatura, la página uno del primer episodio). Nunca salieron en papel, pero hace tiempo que están publicados en la Mágica Web, para ver en pantalla y también en PDF, para imprimir. El episodio 1 se titula “Kosong quiere ir de viaje”, el Episodio 2 se titula “Labra”.

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Galgalabaram

1. Caverna

—¿Dónde estoy? —creo que pregunté. Acababa de abrir los ojos y miraíba alrededor tratando de orientarme. El lugar era nuevo, húmedo, y más que nada inesperado.

Estaba boca arriba, así que lo primero que vi fue el techo, a diez metros de altura. Era como uno se imagina el techo de una caverna. Tenía manchas oscuras, grietas que iban de una punta a la otra, telarañas y una gotera que hacía contrapunto con los latidos de mi corazón. En cualquier momento se me iba a caer encima.

Bajé los ojos. Las paredes estaban hechas de piedras desiguales, apoyaídas unas sobre otras de manera que no quedaba un resquicio. Por la que estaba frente a mí corría un hilo de agua, y atravesando el agua había una inscripción, hecha con letras grandes y desprolijas en tiza blanca:

ESTA FRASE ES UNA LISTA
DE LAS PALABRAS QUE FIGURAN EN ELLA

Más arriba, escrito por otra mano, se leía:

ESTA FRASE NO LLEGA MAS ALTO
PORQUE MI ESCALERA ES CORTA

Me había despertado en una cama de madera, sin colchón, y tenía la caíbeza apoyada en algo duro: una de mis valijas, la de los papeles. Estaba desnudo. Sentía un poco de frío. Muy por encima de mis pies había una ventana, la única fuente de luz de la habitación. No tenía barrotes, pero era carcelaria. Más allá de la ventana, a pesar del grosor de la pared, se veía un retazo de cielo azul. Mientras miíraba pasó un pájaro.

La puerta era una abertura sin marco, a unos diez o doce metros a mi izíquierda, al otro lado de la gotera. Daba a un pasillo oscuro y angosto.

Tratando de cataílogar el lugar pensé en catacumbas, criptas, monasterios, pirámides, mausoíleos, pero lo único que deduje fue que no era un sitio conocido, y no tenía la menor idea de cómo había llegado ahí.

Todo esto alcanzaba para entretenerme un buen rato. Pero le presté poca atención, porque más interesantes eran quienes me acompañaban.

* * *

2. Monjes

Conté cuatro, los cuatro iguales. Llevaban capucha, y más abajo una túniíca gris que llegaba al suelo, anudada a la cintura con una soga. Como moníjes. Se movían de acá para allá, de manera que a veces parecía que buscaíban algo, a veces que esperaban, a veces que hacían ejercicio. A cada paso asomaban por debajo de las túnicas unos pies deformes, calzados con sanídalias. Cuando quedaban frente a la ventana me mostraban la mitad de la cara: todas las caras que vi tenían barba y una nariz larga. No estoy seguro de haber visto las caras de los cuatro, ni siquiera de que no se tratara de la misma cara repetida varias veces. Los cuatro tenían los brazos cruzados, cada mano metida en la manga contraria. De vez en cuando se oía un suspiíro, ahogado por las piedras, el aburrimiento y las telarañas.

Les podía haber preguntado dónde estaba el baño, y la pregunta me haíbría sonado lógica. Pero en cambio volví a preguntar:

—¿Dónde estoy?

Los monjes, si eran monjes, siguieron moviéndose y caminando como si no me hubieran oído. Uno de ellos habló:

—No es cualquier pregunta la suya.

La voz resonaba en la habitación como debió resonar la voz de los faraoínes. Miré el techo, preocupado por la estabilidad de tanta roca, y esperé. Un minuto más tarde el que había hablado continuó:

—Es una pregunta especial. Dónde estoy. Fue el tema central de nuestro congreso número doce mil ciento cuarenta y tres. El orador conmovió a toídos hablando de los infinitos planos de la existencia. Estoy aquí, dijo, y en medio de los aplausos preguntó: ¿qué es aquí?; ¿dónde es aquí?

Otro silencio. No estaba seguro de que fuera un solo monje el que hablaba. Era posible que se turnaran y yo no me diera cuenta. Todavía giraban como moscas, y de pronto había tanto eco que la voz parecía venir de las paredes.

—Se puede decir que aquí es la sede del congreso, el lugar donde estamos reunidos, dijo el orador. ¿Y dónde está la sede del congreso? En la isla, que a su vez está en el mar. Pero esto no define las cualidades que quisiéramos atribuir al aquí. Esta isla está en el mar, pero toda isla lo está. Esta sede está en la isla, pero toda sede lo está. El problema consiste en atribuir una localización a la sede o a la isla, sin recurrir a otras sedes o islas como puntos de referencia.

El discurso era bastante raro, pero acababa de darme algo en qué pensar: ¿yo en una isla? En ese momento debía estar en la ciudad que visitaba, a punto de levantarme para ir a desayunar con el amigo que me había invitado.

* * *

3. Nombres

Los monjes seguían hablando:

—Hay otros problemas a resolver, dijo el orador. La física nos enseña que el dónde es inseparable del cuándo. Así como me atrevo a decir “estoy aquí”, debería decir “estoy en el presente”. Pero esa última frase, que al ser pronunciada era verdadera, ahora no lo es, porque el preísente se movió hacia un nuevo instante y la relegó al pasado. No puedo deícir “estaba en el presente”, sino “estaba en el pasado”. Y en realidad eso tampoco lo puedo decir, porque en aquel momento estaba en el presente; pero el presente es ahora. He caído en una paradoja, lo cual resulta una ubicación bastante incómoda.

Silencio, y después:

—No, no es cualquier pregunta la suya.

La charla había terminado. Un monje, durante una de sus vueltas, pasó por la puerta y se perdió de vista. Me dio la impresión de que su salida había sido casual, como si una mosca hubiera encontrado un agujero en un vidrio. Quedaban tres.

A esa altura yo debía hacer algo. No podía quedarme indefinidamente en la cama, desnudo, con frío, esperando que el espejismo desapareciera de una vez. Tampoco podía levantarme de un salto y salir por el pasillo como si no ocurriera nada.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunté.

El revoloteo siguió. No hubo respuesta hasta que el monje que había saliído volvió a entrar. Esta vez llevaba un libro bajo el brazo, un enorme voíluímen encuadernado, con las esquinas dobladas y las tapas rotas. Se paró frente a la ventana, donde había más luz, y abrió el libro.

—Somos quienes escribieron este libro —leyó, o hizo que leía—, somos quienes lo encuadernaron, lo estudiaron, pasaron sus hojas una por una gastando el papel, aclarando la tinta.

La broma era simpática, y tomé nota mentalmente. Pero no debía perder tiempo en divertirme. Dije:

—Ese no era el sentido de mi pregunta.

Los monjes se detuvieron, todos al mismo tiempo, y no movieron un músículo. El que había leído cerró el libro.

—Notable —dijo uno. Estuve de acuerdo, porque todo era notable.

—Esto plantea una cuestión relevante —dijo otro. Ahora descubrí el camíbio de voz.

—¿Cuál era el sentido de su pregunta? —dijo el que había leído, mientras se daba vuelta. Pude verle los ojos durante una décima de segundo, cuando la luz de la ventana se reflejó en la humedad que los cubría. Tenía la cara de un viejo, con esa clase de vejez que suelen mostrar los mineros y algunos campesinos muy pobres: su edad podía estar entre los cuarenta años y los cien, y no me habría sorprendido si tenía veinticinco.

No se me ocurría cómo hacer la pregunta con otras palabras. Levanté las manos y me froté los ojos, todavía medio pegados por el sueño, mientras pensaba algo. En tanto, los monjes se mantenían quietos. Ahora eran ellos los que esperaban, y parecían capaces de esperar años.

—¿Cómo se llaman? —pregunté.

—Ang —contestó uno.

—Eng —contestó otro.

—Ing —dijo el que había leído.

—Ong —dijo uno más.

—Ung —dijo el último.

Cinco nombres. Parpadeé varias veces y volví a contarlos, pero seguían siendo cuatro.

* * *

4. Nervios

Esta pequeña mentira me hizo pensar con más seriedad en que todo poídía tratarse de un engaño. Aumentaron las esperanzas, no sé de qué. Seguí disparándoles, aunque fuera para no dejarlos tranquilos:

—¿Qué hacen aquí?

Empezaron a caminar de nuevo.

—Según el ordenamiento de actividades dispuesto por nuestro congreso número catorce mil setecientos doce —dijo uno—, estamos meditando.

—Sin embargo —dijo otro, pero tal vez fuera el mismo—, el congreso núímero once mil seiscientos noventa indicó que la interrupción de las actividaídes programadas a causa de acontecimientos imprevistos determina un nuevo ordenamiento. Eso significa que nuestra meditación, que sin duda ha sido interrumpida por acontecimientos imprevistos, carece de sustento.

Durante un momento el revoloteo se hizo más intenso, como si se hubieíran puesto nerviosos: uno de los monjes se golpeó contra una pared, y otro tropezó con mi cama. Sentí una ráfaga de mal aliento, olor a sudor y polvo. Después se tranquilizaron.

—Estamos contestando sus preguntas.

Evidentemente habían resuelto su problema, fuera el que fuese. Cosa que a mí no me convenía, como me hizo notar la intuición, aunque no comprenídiera el motivo. Insistí:

—¿Por qué?

Me dieron el gusto: se pusieron más nerviosos que antes. Uno de ellos separó los brazos y se golpeó las piernas con las manos. Para mí era un triunfo.

—Porque usted las hace —contestaron, y hubo una especie de suspiro general.

Se quedaron quietos, como si hubieran alcanzado un punto de equilibrio. Pasé a un tema más concreto:

—¿Ustedes me trajeron acá?

Esta sí que era una buena pregunta, pero la respuesta no hizo juego con ella:

—Nada nos lleva a pensar que fuimos nosotros.

—¿Quiénes fueron, entonces?

A caminar otra vez. Pero habían perdido coordinación: chocaban unos contra otros. El que llevaba el libro lo dejó caer, se inclinó a levantarlo, fue empujado por otro, cayó él también al suelo y se puso de pie con esfuerzo. De pronto, yo disfrutaba al verlos; sentía la misma satisfacción que el especítador de una película cuando ve que está ganando el bueno. No resolvía mis dificultades, no me acercaba ni un milímetro a la comprensión de lo que haíbía ocurrido ni de lo que iba a ocurrir, pero de alguna manera se hacía justiícia.

—Este tema no ha sido tratado en los congresos —oí que decían luego de varios choques más—. Ni siquiera en las sesiones de debate informales. Es imposible responder.

—¿Dónde…? —empecé, y lo pensé mejor—. En un sentido geográfico, estrictamente geográfico, ¿dónde está localizada esta habitación?

La forma en que hice la pregunta me pareció una delicia por lo absurda, pero la respuesta que recibí me indicó que era apropiada:

—En la isla de Galgalabaram.

Repasé mis recuerdos de geografía. En mi país, que yo supiera, no había nada que se llamara así. Por lo tanto, debía dar un salto mayor que lo plaíneado. El nombre podía ser, digamos, caribeño o asiático. Sin contar Oceaínía. Hay demasiadas islas en el mundo, y mis conocimientos no eran sufiícientes para identificarlas a todas. Me dí por vencido enseguida.

—¿En qué mar está la isla de Galgalabaram? —pregunté.

—En el único mar, el que es todo y todos, el que nos rodea por izquierda, derecha, pasado y futuro.

—Un momento —dije—. Todos los mares tienen un nombre. ¿Cómo se llama éste?

El silencio duró apenas cinco segundos.

—Ya lo dijimos.

Un monje pasó junto a mi cama. Noté que cerraba los ojos y tenía el cuerípo tenso, como haciendo fuerza hacia adentro. Fruncí la nariz y me corrí hacia el otro lado.

—¿Estamos en Asia?

—“Estar en” es un concepto tratado con éxito en nuestro congreso númeíro…

Me pareció que se aflojaban, y la intuición me seguía indicando que no debía permitirlo, así que interrumpí:

—¿Estamos en Oceanía?

—Nosotros no…

—¿Estamos en el Caribe?

—Nosotros no…

El que llevaba el libro volvió a caerse, y otro lo pisó. Se levantó con más trabajo que antes y empezó a caminar doblado por la mitad, como si se huíbiera olvidado de enderezarse. Dos de los otros tropezaron entre sí, y creí ver que se empujaban, como si cada uno ignorara la presencia del otro. No perdí un segundo.

—¿En qué parte del mundo queda el único mar, o como lo llamen?

—El único mar no está en el mundo. El mundo está en el único mar.

La voz sonaba aguda y entrecortada. Me apoyé sobre los codos, para verlos desde una posición más ventajosa.

—Díganme la latitud y la longitud de esta isla.

—No sabemos de qué habla.

Un monje se apoyó de cara en la pared y empezó a sacudir los hombros.

—¿Cómo que no saben? ¿Es una broma?

—Basta —gritó otro, agarrándose la cabeza con las manos—. Así no se puede pensar.

* * *

5. Optimismo

Me senté en la cama, con los pies sobre el piso de tierra, y recordé que estaba desnudo. En el calor de la discusión me había olvidado. Me puse enérgico:

—Quiero mi ropa.

No contestaron, pero me convencí de que ese tono era el adecuado para tratar con ellos. El que había gritado seguía agarrándose la cabeza. El de la pared seguía llorando. El que llevaba el libro parecía a punto de caerse otra vez. Uno estaba bajo la ventana, y miraba al techo. Al final, el otro que queídaba salió de la habitación.

Pegué un salto. Acababa de contar cinco.

El que había salido volvió a entrar, trayendo otra túnica igual a las que usaban ellos.

—No es mi ropa —dije.

—Sí —contestó, mientras estiraba el brazo para dármela. —Es suya. No tiene otro dueño.

A la luz de la ventana pude ver que él también estaba llorando. O tal vez fuera la gotera, que estaba justo sobre su cabeza y le regaba la capucha y la cara.

—Está bien.

Agarré la túnica con un gesto brusco, me puse de pie y me vestí con ella. Por lo menos estaba limpia. Más tarde podría exigir que me dieran la valija donde estaba mi ropa. Por el momento pedí sandalias. El monje salió otra vez, chorreando agua, y me dí cuenta de que en la habitación quedaban tres: una cantidad lo bastante pequeña como para no tener que contarlos conscientemente.

El que se había ido volvió con las sandalias. Me las puse. Después abrí la valija, comprobé que todos los papeles estaban en orden, la cerré y me la coloqué bajo el brazo. Los monjes no daban señales de haber visto que me movía. No se pusieron en guardia, ni sacaron revólveres de las túnicas, ni aparecieron hombres con cicatrices por la puerta. Esas cosas ocurren cuando uno tiene miedo, y yo seguía sin poder asustarme.

El del libro terminó cayéndose, como esperaba, y no trató de levantarse. Tuve un ataque de optimismo. Aunque no sabía dónde estaba, ni quiénes eran los monjes, no tenían apariencia de secuestradores profesionales: eran bastante más bajos de lo que había creído desde la cama; apenas me llegaíban a los hombros. También resultaban proporcionalmente flacos y desnutriídos.

Me dirigí al que había traído la túnica y las sandalias, que me seguía miírando.

—Quiero salir —le dije—. Necesito aire libre.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Lo seguí, esquivando a los otros, y nos metimos en el pasillo.

* * *

6. Laberinto

El constructor del edificio estaba loco: si la habitación tenía diez metros de altura, el techo del pasillo quedaba a pocos centímetros de mi cabeza, y tendía a bajar. Mi guía caminaba inclinado hacia adelante y lo imité, para no golpearme.

Igual que la habitación, el pasillo tenía paredes desiguales y un techo monstruoso por encima. Cada pocos metros giraba a la izquierda o a la deírecha, y de vez en cuando había escalones que subían o bajaban. Estaba muy oscuro, porque la única iluminación era la que llegaba de las otras habiítaciones: en todas había una ventana de prisión. A veces conté treinta o cuarenta pasos entre una habitación y la siguiente, y en el medio la oscuriídad era completa; me apoyaba en la pared y disimuladamente tocaba la túínica de mi guía para asegurarme de no perderlo.

Todo estaba húmedo, y una vez me cayó un chorro de agua en la cabeza. Las paredes goteaban. Cada tanto el piso se ponía resbaladizo, especialímente cuando había escalones. La piedra del techo estaba cubierta con algo gomoso, y colgaban filamentos de un material que parecía mejor no identifiícar. Apreté la valija contra mi costado y respiré lo menos posible, para no sentir el olor que llenaba el ambiente.

No era un solo pasillo, sino un laberinto de pasillos, cada uno con la proípiedad de aumentar mi impaciencia. Mi guía elegía uno u otro sin cambiar el paso, pero a mí me parecía que andábamos al azar. Más de una vez creí que pasábamos por un lugar ya visitado, pero no estaba seguro: las habitaíciones eran todas iguales, y los pasillos no se diferenciaban mucho; por otra parte, que un monje estuviera recostado en la misma posición que otro, en una cama igual, dentro de una habitación idéntica, podía no significar nada.

—¿A dónde me lleva? —pregunté después de un rato.

—A un sitio donde su deseo de salir se vea satisfecho —dijo mi guía, sin dejar de caminar y sin mirarme.

Seguimos andando.

—¿Falta mucho? —pregunté más tarde.

—El concepto de “mucho” fue considerado junto a otros conceptos afines en nuestro…

—No importa.

A veces un pasillo se iluminaba de golpe y salíamos a un patio interior descubierto. Los patios estaban llenos de inscripciones, algunas ilegibles, otras demasiado apretadas o largas para poder descifrarlas mientras pasáíbamos junto a ellas. Pero había una que decía:

ESTA FRASE ES SORPRENDENTE

Y otra:

LA ÚLTIMA Y LA ANTEANTEPENÚLTIMA
PALABRAS DE ESTA FRASE SON ESTA

El tamaño de los patios variaba, pero la altura de las paredes que los roídeaban me pareció siempre la misma: quince o veinte metros. No eran del todo verticales, ni rectas. A cierta altura aparecían las ventanitas, y allá arriíba se veía el cielo. Una vez creí ver que por el borde de una pared se asoímaba una oveja.

El paseo duró entre treinta minutos y dos horas, y durante ese tiempo nos cruzamos con muchos monjes, todos vestidos del mismo modo. Ninguno de ellos se detuvo a mirarme, a pesar de mi altura y de que no llevaba la capuícha puesta, como si supieran de antemano que yo estaba en su isla y que podían encontrarme en determinado recoveco de determinado pasillo, siíguiendo a determinado guía. En cambio, todos saludaban a mi guía, dándole una palmada en el hombro, que él respondía con un movimiento de cabeza lo bastante amplio como para que yo lo notara en la oscuridad y a través de la capucha.

Mi primera conclusión fue que había demasiados monjes. A menos que estuviera ante otro intento de engañarme, y que viera simpre los mismos, que corrían por otros pasillos para aparecer una y otra vez. Pero más que nada me preocupaba la posibilidad de que los pasillos no terminaran nunca, y ya me estaba cansando de resbalar, ensuciarme las manos, leer inscripíciones absurdas y estar pegado a mi guía.

* * *

7. Terraza

Los pasillos terminaron de pronto en una terraza que daba al mar. El sol, que veía por primera vez, me encegueció, pero peor fue el golpe de calor: la temperatura de afuera debía ser veinte grados mayor que la de adentro.

—¿Considera que hemos salido? —preguntó mi guía—. ¿O desea rectifiícar nuestra interpretación?

No respondí. La terraza era bastante amplia, tenía doscientos o trescienítos metros de ancho, y estaba sembrada de asientos de piedra en los que había monjes leyendo, o tomando sol, o durmiendo, o haciendo quién sabe qué.

Apreté un poco más las valija, hasta que me dolió el riñón. Cerré los puíños. El disparate se hacía demasiado largo, y demasiado complicado. Pero ni siquiera así pude conseguir que el miedo saliera de donde se había agaízapado.

Rodeando la terraza había una baranda de piedra, que debía llegarme a la cintura. Quería acercarme a ella, para mirar más allá, pero no sabía si mi guía iba a ir conmigo, y no tenía ganas de perderlo. Dí un par de pasos en la dirección en que la baranda quedaba más cerca, y miré hacia atrás: el guía se movió junto a mí. Entonces caminé un trecho más largo y volví a mirar. Evidentemente, el guía estaba dispuesto a seguirme.

Era hora de retomar la conversación. Pregunté:

—¿Usted es Eng, o Ing?

—Ang —dijo.

—Es cierto —simulé reconocerlo. Sonreí y seguí caminando hacia el borde de la terraza. —Así que este es el único mar.

—No hay otro.

Nadie se fijaba en mí. Llegamos a la baranda y me apoyé en ella. Al otro lado había una pendiente de muchos metros, que bajaba hasta el mar y teríminaba en un grupo de rocas donde rompían las olas. El olor del mar era fuerte, y corrían ráfagas de viento que me golpeaban el pelo contra la cara. Por lo menos el aire se notaba limpio.

A ambos lados también se veía el mar, lo que me hizo pensar que realímente estábamos en una isla. Más allá había otras islas, demasiado lejanas para que pudiese distinguir algo que no fuese una mancha gris. La más próíxima quedaba justo frente a mí: una masa alargada con un par de columnas en el centro. Habría pensado que era un barco, pero parecía demasiado grande. Calculé que las columnas no podían tener menos de un kilómetro de altura, si los puntos confusos que veía más abajo eran casas.

—¿Qué son esas columnas? —le pregunté a mi guía.

—Planeamos celebrar un congreso al respecto —contestó después de pensar durante un rato—. Mientras tanto, sólo podemos manejarnos en torno a hipótesis, ninguna de las cuales es lo bastante sensata como para conforímar una respuesta.

—Así que no sabe.

—El conocimiento, tal como fue definido brillantemente en nuestro conígreso número ocho mil novecientos uno, consiste en extraer del ser interior lo aplicable al ser exterior, de manera que ambos estados de lo existente confluyan en uno solo.

—¿Cómo no van a saber nada, si son vecinos? —protesté.

—No hay tráfico entre las islas.

Con esto, el triunfo que venía preparando cuidadosamente recibió un golpe serio, y no porque no pudiera enterarme de qué eran las columnas. Si el guía decía la verdad, tal vez me fuera difícil salir de ese lugar; y si mentía, el solo hecho de negarme la posibilidad de viajar a otra isla significaba que no querían soltarme. Era el momento de liberar el miedo, pero alguien me lo seguía impidiendo. Entonces hice la pregunta decisiva:

—¿Cuándo me van a dejar libre?

* * *

8. Libertad

—Nunca —contestó—, porque usted ya es libre.

—¿Sí? —me dí vuelta para observarlo. El monje miraba hacia el mar, con la vista fija en un punto vacío—. ¿Así que me puedo ir cuando quiera?

—Nuestro penúltimo congreso definió la libertad como la capacidad de disponer de uno mismo sin otras trabas que las que imponga el orden natuíral. En su intervención final, Ung preconizó una…

—Me voy, entonces —interrumpí—. ¿Qué tengo que hacer?

El monje levantó la cabeza. Me dio la impresión de que sonreía.

—Una ambigüedad curiosa, digna de ser planteada en un congreso.

—¿Cuál es la ambigüedad?

—El sentido que usted da a la palabra “irse”.

Había trampa, después de todo.

—¿Qué sentido le puedo dar? —protesté—. Me quiero ir, salir de aquí, ¿no me entiende?

Gritaba. El monje se tomó su tiempo antes de volver a hablar. Otros dos monjes pasaron junto a nosotros cargando uno de los bancos de piedra. Vaírios metros más allá se les cayó al suelo y se partió en varios pedazos. Los monjes siguieron de largo.

—Usted se puede ir de muchos modos —dijo mi guía—. Se puede ir de la vida, de la terraza, de la conversación. Esto tiene relación con la dificultad que se presenta al definir el “aquí”. Recordemos nuestro último congreso, cuando…

—Está bien —interrumpí—. Me quiero ir de la isla. Quiero volver a casa. ¿Le parece bastante claro, o tengo que repetirlo?

—La claridad es un concepto que no hemos tratado con usted hasta ahora. Me agradará inmensamente discutirlo, pero prefiero que antes de enítrar en él agotemos nuestra conversación presente.

Me distrajo un monje que pretendía sentarse en el banco roto. El asiento había quedado inclinado, de modo que el monje se apoyaba, resbalaba y terminaba en el piso. Sin embargo volvía a intentarlo una y otra vez. Mi guía esperó a que me cansara de mirar sus vueltas antes de seguir hablando:

—Acaba de mencionar dos opciones diferentes. ¿Qué quiere? ¿Irse de la isla o volver a su casa?

—¿Acaso las dos se excluyen?

—Es probable, aunque no dispongo de una respuesta definitiva.

El que trataba de sentarse en el banco roto se cansó, y empezó a arrasítrar los pedazos hacia la baranda, con la intención de tirarlos al mar. Pudo hacerlo con los más pequeños, pero el grande se resistía. El monje hacía fuerza, y no conseguía levantarlo.

—Muy bien —dije—. Quiero volver a casa. ¿Me quiere decir cómo puedo hacerlo sin salir de la isla?

—No puede.

—Estamos de acuerdo, entonces. Para volver a casa tengo que salir de la isla. Ahora…

—Eso no es cierto.

La rapidez con que el guía me interrumpió fue asombrosa: ya había supeírado antes el ritmo de tortuga propio de los monjes, pero ahora se mantenía en un nivel parejo con el mío.

—Tampoco saliendo de la isla podrá volver a su casa.

* * *

9. Casa

—Entonces me tienen preso —grité—. ¿Por qué no lo reconoce de una buena vez?

—Nadie lo tiene preso. —El monje me miró a los ojos asombrado. —Su lógica es muy especial. Podría escribir un tratado.

—No se haga el tonto.

De pronto me dí cuenta de que mi guía estaba a punto de ponerse a llorar otra vez. Su ímpetu era una ilusión.

—Es una lógica diferente —dijo, ahora con lentitud—. Tal vez resulte proívechoso que esa sabiduría pase a integrar la nuestra.

—Como quiera —dije—. Si usted habla en serio, yo también. Le voy a esícribir el tratado y lo que se le ocurra, pero primero explíqueme por qué no puedo volver a mi casa.
Se apoyó en la baranda, frunció los labios y se dedicó a pensar. El que quería tirar el banco al mar dejó de hacer fuerza, sacó una tiza de alguna parte de la túnica y se puso a escribir en el suelo:

HAY DADIVAS QUE EL MAR NO ACEPTA

Guardó la tiza y se fue a sentar a otro banco. Mi guía dijo:

—No puede volver a su casa porque no hay nada que pueda ser llamado su casa.

Ahora fui yo quien quedó mudo. Varias veces abrí la boca para decir algo, pero no había palabras adecuadas. Al ver que yo no hablaba, el monje siíguió:

—A partir de nuestro congreso número mil ochocientos doce, llamamos casa, u hogar, que es el sentido que usted le da a la palabra, al sitio que se habita durante cierto tiempo, al lugar que es propiedad de uno, o sobre el cual uno tiene algún derecho de posesión, natural o adquirido. Esta es mi casa, por ejemplo —señaló todo lo que nos rodeaba, excepto el mar—. Usíted no tiene casa.

—¿Cómo está tan seguro? —pregunté.

—Todo lo que le diga a partir de ahora es a cuenta de mejores conclusioínes, a obtener en nuestro próximo congreso —dijo—. Con esta salvedad, puedo afirmar que usted no habitó en ningún lugar durante ningún tiempo, salvo aquí. Y Galgalabaram todavía no es su casa, porque usted no tiene ninguna propiedad sobre ella, ni ha permanecido en ella durante el tiempo necesario.

Aspiré hondo.

—Escuche —dije, conteniendo la furia para que se me entendieran las palabras—. Hace dos noches yo estaba en mi casa, donde viví muchos años. A menos que la hayan echado abajo, ahí es donde quiero ir. Y si la echaron abajo también. Y si eso no es posible, entonces quiero volver al hotel donde estaba anoche mismo, para exigirle explicaciones al encargado.

No era un discurso de los mejores, pero a mí me convenció. El monje emípezó a mover la cabeza lentamente, de arriba abajo.

—Entiendo —dijo.

—Entonces lléveme, o déjeme ir por mi cuenta.

—Imposible.

Pegué un puñetazo en la baranda, con tanta fueza que creí que la mano se me rompía en pedazos.

—A mí no me va a ganar —amenacé—. Si me tienen preso…

El monje abrió los ojos muy grandes, y no pudo evitar que se le escapara una lágrima.

—Increíble —dijo—. Es necesario que escriba un tratado, absolutamente necesario. No podemos permitirnos el ignorar una lógica tan particular.

—Basta de vueltas. Vaya al grano, y hable claro.

Había dado la historia del banco roto por terminada, pero tres monjes roídearon el pedazo grande, leyeron la inscripción que había hecho el otro, se asomaron por encima de la baranda para mirar los restos pequeños, y emípezaron a discutir entre ellos. Mi guía habló con lentitud, midiendo cada palabra:

—Usted dice haber vivido cierto tiempo en cierto lugar, al cual, por lo tanto, llama su casa. Es libre de creer que eso es verdad, aunque no lo sea. ¿Esto es lo que usted llama claridad?

—Está loco —dije.

Iba a seguir protestando, pero el guía se echó a mis pies, llorando a griítos. Los que discutían sobre el banco roto no le hicieron caso. Se nos acercó otro monje, que había estado sentado muy cerca de nosotros, pero en vez de ayudar a su colega se dirigió a mí:

—Le ruego que me disculpe. Oí accidentalmente la conversación, por llaímarla así, y creo que tengo un elemento de interés para aportar.

* * *

10. Multitud

Mi guía levantó la cabeza del suelo y dijo entre lágrimas:

—Lo mejor sería esperar a nuestro próximo congreso para tratar el tema.

—Estoy profundamente de acuerdo —dijo el recién venido—, pero sugiero que abramos ahora mismo una sesión de debate informal, para…

—No tanta charla —dije. Había apoyado la valija en el suelo, entre las piernas, me había cruzado de brazos y adoptaba una imagen de dictador. —¿A dónde quiere llegar?

—Estimado Ang —volvió a intervenir mi guía—, quisiera advertirle que…

—¿Cómo? —le dije—. ¿Ang no es usted?

—Yo soy Ong —contestó.

Ignorándolo todo, el recién llegado empezó con su teoría:

—Usted dice que tiene casa, y está convencido de ello. Pues bien, yo también lo estoy.

—Pero no es cierto —dijo Ong, mi guía.

—No es cierto en cualquier plano de la existencia —dijo Ang, el recién llegado—, pero ¿por qué no puede ser cierto en algún plano de la inexisítencia?

—Hermosas palabras —dijo mi guía, sonándose la nariz en una manga de la túnica—. Tiene razón, querido amigo.

—Hablen de modo que yo entienda —dije.

—Hasta hace muy poco tiempo —dijo Ang— usted pertenecía a cierto plano de la inexistencia. Si lo que usted llama su casa pertenece al mismo plano de la inexistencia…

—¿Qué significa eso?

Ang quedó mudo. Ong se puso de pie y habló en su lugar.

—La existencia es todo lo que es —dijo—. Lo que no es, en cambio, es la inexistencia. Cito las conclusiones de nuestro…

—No importa —interrumpí.

—Lo que no es forma un conjunto —dijo otro monje, que se unió al grupo—, o muchos conjuntos que no tienen por qué ser diferentes del coníjunto de la existencia, pero sí separados de este.

—¿Y usted quién es? —pregunté.

—Ung.

—Lo que Ung sugiere —seÑaló mi guía, aunque tal vez fuera Ang—, es que cuando usted no existía, su casa tampoco existía, lo cual es un buen arígumento para suponer que usted tenía una casa, del mismo modo en que nosotros la tenemos.

—Gracias a la excelente interpretación que acaba de hacer Ing —dijo otro, que había salido de quién sabe dónde—, puedo darle un ejemplo. Como ve, ahora no hay ninguna tormenta. Si suponemos que la tormenta que no hay ahora es de la clase de tormentas que tienen rayos y truenos, no incurrimos en ningún error lógico. Entonces…

—No diga tonterías —interrumpí.

Pero no bastaba con interrumpirlo. Alrededor de nosotros, la densidad de monjes por metro cuadrado había aumentado notablemente, y enseguida se nos unió otro que siguió el hilo de la conversación:

—Entonces, tanto los rayos y los truenos como la tormenta pertenecen a la misma categoría, no se contradicen entre sí.

Sin duda los monjes habían vuelto a tomar la iniciativa, y se las ingeniaíban para envolverme con sus palabras. Además habían encontrado un méítodo para contrarrestar mis ataques: cuando uno quedaba fuera de combate, otro lo reemplazaba, sin darme tiempo para atacar otra vez. Siendo tantos, calculé, jamás conseguiría vencerlos.

—Ahora su situación está clara —decía uno, y le daba igual que yo no estuviera de acuerdo.

—Cuando usted no existía tenía una casa, la cual tampoco existía. Pero ahora que usted existe su casa sigue sin existir, de tal modo que le es imposible volver a ella, a menos que usted recupere su ineíxistencia.

De pronto mi posición ya no era como para andar con sutilezas: estaba atrapado contra la baranda, inclinado sobre el precipicio, sin espacio para moverme. Los monjes empezaban a hablar de a dos por vez, o de a tres, y en la marea de cabezas encapuchadas se formaban varios grupos que disícutían por su cuenta. Junto a mí había tres o cuatro Ang, varios Eng, un núímero impreciso de Ing y Ong, y no menos de ocho Ung. La presión de tanta gente se hacía cada vez más fuerte, y tuve que agarrarme de la baranda para no caer.

Grité algo, rescaté mi valija del bosque de piernas, dí un par de puntapiés y algunos empujones, me abrí paso entre la multitud y salí corriendo.

Nadie me siguió. Llegué a un extremo de la terraza y me detuve. ¿Qué podía hacer? Una huída no es huída sin perseguidores, ni tampoco si no hay dónde ir. Me apoyé en una roca enorme que habían dejado en la terraza, como si la hubieran olvidado ahí, y traté de pensar de un modo diferente. No sé si lo conseguí, pero volví al grupo de monjes, que seguían discutiendo como si yo no me hubiera ido, y dije:

—Me cansé.

Dos o tres se dieron vuelta. Seguí hablando.

—Ahora quiero que me den un barco, o algo para salir de la isla. También necesito comer.

La mayoría de los monjes me ignoró, tal vez porque no llegaba a oírme, o porque en la “sesión de debate informal” ya no había lugar para mí. Sin emíbargo mi guía, o algún otro, me hizo una seña con la mano, y los dos entraímos de nuevo al laberinto de pasillos.

* * *

11. Ovillo

Mi guía, que dijo llamarse Eng, me llevó a una habitación en la que había una mesa, y junto a la mesa un monje de cuclillas en el suelo, contra la paíred, tejiendo con dos agujas grandes. Un enorme ovillo de lana daba vueltas a su alrededor a medida que tiraba de él. Otro monje apareció de la nada con algo de comer, lo puso frente a mí y se fue. Sentado ante un tazón de leche y unas galletas dulces y crocantes, descubrí que las novedades no me habían quitado el apetito.

Había apoyado la valija sobre la mesa, cerca del tazón, y miraba el cielo por la obligada ventanita mientras masticaba. Sentado al otro lado de la mesa, mi guía me observaba en silencio; él no tenía tazón ni galletas, y esítaba demasiado tranquilo para mi gusto.

—¿Cuánto hace que me secuestraron? —le pregunté con la boca llena.

—No entiendo lo que dice —contestó.

—Vamos —dije—. Me sacaron de donde estaba y me trajeron aquí. ¿Cuándo fue?

El monje metió la mano trabajosamente por debajo de la capucha y se rascó la cabeza.

—Un rato antes de que se despertara.

—Así está mejor —admití—. ¿Cómo hicieron? ¿Me drogaron?

El que tejía pegó un tirón demasiado fuerte del ovillo, que salió rodando a través de la habitación. Dejó su tejido en el suelo y fue a buscarlo, gateando.

—Me es imposible responder, desde el momento en que no hemos sido nosotros quienes lo trajeron a la existencia.

—¿Cómo vine, entonces? ¿Volando? ¿Caminando dormido?

—No sabemos. En un momento dado no existía, y en el siguiente sí. Empezó a existir echado en la misma cama en que se despertó. Siguiendo el ordenamiento de actividades apropiado fuimos inmediatamente a meditar sobre el asunto.

Lo miré.

—¿Espera que le crea?

—No. Se le ha informado que es libre. Si yo esperara algo de usted, su liíbertad se resentiría.

Inútil insistir. Terminé el desayuno y volví a mirar por la ventana. Cada vez era más urgente salir de ese lugar absurdo. Mi amigo ya habría pregunítado por mí en el hotel, y a esa altura estaría empezando a preocuparse. Pronto llamaría a mi casa, asustaría a todos, haría intervenir a la policía, y las cosas llegarían a un punto en que no fuera fácil volver atrás.

—Recuerde que quiero un medio de transporte para salir de la isla —dije.

El monje cerró los ojos y pensó durante un rato. Hubo un momento en que se tambaleó y tuvo que apoyarse en la mesa para mantener el equilibrio. En tanto, el tejedor seguía con su trabajo. Era muy rápido. Entre sus manos se iba formando una túnica, a tanta velocidad que me costaba creerlo. El ovillo giraba y giraba: ahora lo sostenía entre los pies, para que no volviera a esícaparse.

—Tendremos que fabricarlo —dijo finalmente mi guía.

—¿Cómo? —pregunté—. ¿No tienen ni siquiera una lancha?

—No. Ya sabe que no hay tráfico entre las islas.

Una imagen me pasó por la cabeza: el mar, sin un solo buque a la vista. En la terraza no le había dado importancia a ese dato. Ahora me preocuípaba.

—Está mintiendo —dije, porque no podía decir otra cosa—. De algún modo me trajeron, y del mismo modo puedo volver.

—Es curioso que piense así —dijo mi guía—. Si no sabemos cómo pasó de la inexistencia a la existencia, por lo tanto desconocemos cómo devolíverlo a la inexistencia.

Apoyé los codos en la mesa y la cara en las manos. El tejedor tenía en sus manos una túnica completa, y actuaba como si realmente hubiera podido tejerla en tan poco tiempo: no llegué a percibir el truco que había usado para engañarme. Se quitó la túnica que llevaba puesta y se puso la nueva.

* * *

12. Muelle

—¿Cuánto tardarán en hacer un barco? —pregunté, al borde de sentirme derrotado.

—Un día o dos —dijo el monje—. Tenemos poca experiencia.

Más engaños. ¿Era poca la experiencia necesaria para construir un barco en uno o dos días? Pero no pregunté cómo iban a hacerlo:

—Háganlo —ordené.

El monje se puso de pie, inclinó la cabeza y salió de la habitación. Me apuré a seguirlo, valija en mano. Así atravesamos nuevamente los pasillos, un camino que empezaba a resultarme familiar, y volvimos a la terraza, donde todavía quedaban algunos monjes discutiendo. Caminamos hacia un extremo y bajamos a la orilla del mar por una escalera angosta y empinada, la más empinada que recuerdo de toda mi vida. Entre las rocas había un muelle de piedra, muy gastado por las olas. El agua me salpicaba la cara.

—¿Cómo es que tienen un muelle, si no navegan nunca? —pregunté.

—Es muy antiguo —dijo mi guía—. Nuestro congreso número once mil doscientos tres introdujo la hipótesis de que en tiempos remotos había barícos y navegantes. Fue Ung quien, con su gran poder de convicción, razonó acerca de la variabilidad de las leyes físicas.
Junto al muelle había un grupo de monjes, que caminaban en ronda denítro de un círculo de cinco o seis metros. Mi guía se acercó a ellos y les habló en voz baja. No oí lo que decía, pero vi que hacía gestos amplios, como si quisiera darle forma a algo en el aire. Me dí cuenta de que les explicaba qué era esa cosa rara que yo quería. Los otros repitieron los gestos, movieron las cabezas, y subieron por la misma escalera por la que nosotros habíamos bajado.

—Son ingenieros —explicó mi guía—. Se van a encargar de cumplir con su pedido.
Después bajó la cabeza y se ruborizó.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté.

—Yo —dijo—, nosotros… —Hablaba en un susurro, tan bajo que apenas se oía.

—¿Qué?

—Pedimos disculpas —dijo en el mismo tono—, porque sabemos que es una intromisión en su libertad, pero…

Me puse en guardia. El monje recobró parte de su serenidad, y agregó:

—Se le habló de un posible tratado de lógica que usted estaría en condiíciones de escribir, sin medir las consecuencias. Eso significa que esperamos algo de usted, lo cual condiciona su libre albedrío, pero…

—¿De veras quieren que lo escriba? —Estaba sorprendido.

El monje se ofendió.

—No dije eso. Jamás vamos a pretender que usted haga algo. Tal vez, sólo tal vez, podríamos sugerir la posibilidad de que si a usted se le ocuírriera espontáneamente escribir ese tratado, yo…, nosotros… podríamos enítregarle papel y lápiz para hacerlo.

* * *

13. Tratado

Se calló, por si le daba alguna respuesta. Yo empezaba a comprender que la construcción del barco, aún dentro del imposible plazo prometido, significaría una demora importante. A pesar del miedo ausente, mis pensaímientos me provocaban angustia: la idea de pasar una noche en ese sitio, o dos noches; la perspectiva de seguir oyendo los discursos de los monjes, entrando poco a poco en sus círculos viciosos; la seguridad de que mi amigo no dejaría pasar tanto tiempo antes de avisar a todo el mundo sobre mi deísaparición. Necesitaba algo a qué aferrarme, algo que ocupara los engranaíjes de mi cerebro que ahora tendían a girar en vacío, construyendo nuevas demoras, nuevos imprevistos, nuevos engaños de los monjes.

Le dije que sí, y me sentí mejor. Era bueno responder al absurdo con más absurdo. El monje demostró su alegría batiendo palmas. Hasta es posible que haya sonreído, pero movió la cabeza de tal modo que la capucha le cuíbrió la boca y no pude verlo bien. Luego subimos a la terraza, entramos a los pasillos, y me condujo a una habitación donde había un escritorio bajo la ventanita de cárcel. Encima del escritorio estaban los elementos necesarios para que hiciera mi trabajo. Me senté, y el guía empezó a alejarse.

—No se vaya —le grité. No tenía intención de estar solo en ese sitio. El monje se quedó donde estaba, mirando hacia el pasillo. No volvió a moíverse.

Un tratado de lógica. Sin duda, debía tomar el encargo de modo figurado. En todo caso, sería la excusa para pensar en cuestiones divertidas mientras dejaba pasar el tiempo. Repasé mentalmente lo poco que había aprendido de lógica en el colegio, lo deseché por aburrido, y empecé a escribir: la actiívidad más natural en mí, un descanso, un recreo.

Al principio traté de mantenerme dentro del sentido común, o por lo meínos en sus proximidades, pero pronto recordé que los monjes no se caracteírizaban precisamente por su sentido común, y anoté cosas como esta:

Una afirmación puede ser verdadera por omisión o por comisión. Si bien ambas posibilidades riman entre sí, y también con conceptos como ablución, caparazón o erupción, hay profundas diferencias entre una y otra. La verdad por omisión se caracteriza por la ausencia de falsedad, mientras que la verdad por comisión puede incluir cierto porícentaje, a condición de que sea necesario para el entendimiento real y pleno de la verdad. Un método adecuado para distinguir entre ambas clases de verdad consiste en lo siguiente: según los últimos trabajos en la materia, la c de comisión ha sido agregada recientemente; en su origen, entonces, ambas verdades eran llamadas verdades por omiísión; por lo tanto, basta con precisar la antiguedad de la c en cualquier pretendida verdad por comisión para distinguir las auténticas de las falsas (es sabido que en las verdades por comisión falsas, la c tiene siempre la misma antiguedad que el resto de la palabra).

No tardé mucho en descubrir que el ánimo para armar cadenas de razoínamiento como esa, donde aún quedaban rasgos de coherencia, se agotaba pronto, y opté por otro camino:

Si p es verdadero y q es falso, entonces las cucharas crecen en el interior de las flores. Si p es falso y q es verdadero, las que crecen son las flores (en el interior de las cucharas). ¿Cómo determinar el valor de verdad de p y q, sin viviseccionar flores ni cucharas? En primer luígar, se elige un edificio de proporciones adecuadas, y se mira en diírección a la ventana central del segundo piso con intenciones homiciídas. Si alguien se asoma a la ventana, se arroja el cuchillo. En caso contrario, se mide con una vara de mimbre la longitud de la nube más alta que corra por el cielo, utilizando como unidad el deseo de crecer. Hecho esto, la veracidad de p y la veracidad de q habrán pasado al teírreno de lo indiferente.

Pero también me cansé de eso. Durante un rato estuve haciendo una lista de palabras de cinco letras con tres vocales, después anoté treinta palabras que empiezan con zeta, y más tarde una lista de seres mitológicos.

Por supuesto, me dediqué a hacer un trabajo prolijo y lo más amplio posiíble. Sólo así podía contener las corrientes oscuras que había en el sótano de mi imaginación. De modo que escribí muchas hojas, lo cual me llevó vaírias horas, y después volví a sentir hambre.

* * *

14. Antorchas

Mientras caminaba hacia el comedor detrás de mi guía vi que en una paíred habían hecho esta inscripción:

SI P ES CIERTO Y Q ES FALSO,
ENTONCES LAS CUCHARAS CRECEN
EN EL INTERIOR DE LAS FLORES

—¿De dónde salió esto? —le pregunté a mi guía.

—Fue hecho en los últimos minutos —contestó—. Lo consideramos un concepto particularmente interesante.

Comimos en silencio, mi guía y yo, cada uno con su propio tazón y sus galletas. No había tejedores, ni gente luchando con bancos rotos. Mi guía no decía nada, y yo no tenía ganas de discutir sobre existencias e inexistencias. Sólo hice un descubrimiento menor: en Galgalabaram los baños pertenecían al terreno de lo inexistente; después de comer le pregunté a mi guía por un baño, y me señaló las paredes. Comprendí, por lo menos, de dónde proveínía la humedad del suelo.

Más tarde seguí escribiendo, agregando al tratado un resumen de las reíglas del ajedrez en términos astronómicos, una lista de verbos irregulares, la descripción de mi escritorio, un método para desarrollar calendarios a partir de los ciclos de la mosca de la fruta. De este modo el resto del día pasó tan rápido que apenas me dí cuenta. Volví a comer, y ya era de noche. Un corteíjo de monjes recorría las habitaciones colgando antorchas encendidas de las paredes.

El laberinto de pasillos no era peor de noche que de día: sólo cambiaba la disposición de las sombras. Mi guía me llevó al lugar donde me había desípertado esa mañana, o a otro muy parecido, y me acosté sin quitarme la túínica. El aire estaba espeso por el humo de las antorchas. Di vueltas y vuelítas antes de dormirme.

* * *

15. Idea

A la mañana siguiente me ardían los ojos, tenía sed y estaba de mal huímor. Cuando me desperté tuve que ver a mi guía junto a la puerta para darme cuenta de que Galgalabaram no era un sueño. La ventana seguía en su sitio, dejando pasar los rayos del mismo sol del día anterior. Esta vez no había pájaros, pero a modo de compensación el hilo de agua que surcaba la pared parecía más caudaloso. Mi guía conservaba la cara de viejo, las maínos metidas en las mangas de la túnica, los pies deformes. Las inscripciones de las paredes me hacían burla. Me senté en la cama, estiré los brazos y dije:

—¿Todavía estoy acá?

El monje empezó a pensar una respuesta, pero no le di tiempo. Pedí agua, y me trajo una cazuela llena de un líquido en el que nadaban cosas oscuras. Lo tiré, me puse la valija bajo el brazo y salimos hacia el comedor.

No pensé en lavarme, ni en buscar un baño, ni en mirar al otro extremo del pasillo esperando ver una alfombra, un equipo de aire acondicionado, un vidrio que me separara de la calle. Tampoco recordé a mi amigo que espeíraba. Lo conocido empezaba a resultar lejano no sólo en el espacio sino también en el pensamiento. El haber pasado una noche en la isla me hacía sentir parte de ese otro mundo, donde me pedían tratados de lógica y consítruían un barco para mí. Las paredes eran reales. Los pies del monje que me guiaba se apoyaban en la tierra y los míos seguían sus huellas. No había otro suelo que pisar, ni otro techo que el que me rozaba la cabeza. Tal vez había aprendido a tener paciencia, ya que no miedo. El miedo seguía oculto.

Después del desayuno me dejé guiar a la habitación del escritorio. No me quedaban ganas de escribir, y decidí resolver el problema de otra manera. Apoyé la valija en el escritorio, la abrí, busqué unos borradores descartados de mi última novela y los agregué al supuesto tratado de lógica. Tal vez los monjes los apreciaran más que cualquier editor. Junté todo, lo alisé, le quité el polvo que no tenía y se lo di a mi guía con una reverencia. No dijo nada, pero lo guardó entre los pliegues de la túnica.

—¿Y ahora qué? —dije.

—No comprendo —contestó.

—Qué hacemos.

—Mis actividades consisten en cumplir con sus requerimientos y aprender la nueva lógica. No sé en qué consisten las suyas, ni tengo el derecho de saberlo por anticipado.

—¿Falta mucho para que terminen el barco?

—La respuesta depende de cuál sea para usted el límite entre mucho y poco. En nuestro congreso número doce mil ciento catorce, el tema central giró en torno a…

Me senté y eché la cabeza hacia atrás. El día prometía ser un desastre. Ya no había nada que me llamara la atención en Galgalabaram, y, para colmo, ni siquiera dependía de mí el momento de la partida.

¿O sí?

Tuve una idea:

—Quiero recorrer la isla.

Me puse de pie, otra vez ansioso por hacer algo. Si el sector conocido de Galgalabaram ofrecía pocas oportunidades, era posible que en otros sectoíres ocurriera lo contrario. Tal vez en alguna parte hubiera una ciudad como la mía, otra clase de habitantes menos divertidos pero más razonables que los monjes. Tal vez Galgalabaram ni siquiera fuese una isla.
Pero mi guía, como de costumbre, estaba poco dispuesto a facilitar las cosas.

—La acción de recorrer una isla —dijo—, según qué acepción del término se adopte, puede ofrecer serios problemas.

—¿Qué problemas?

—Si recorrer significa caminar por cada uno de sus puntos, inspeccionar cada rincón, la tarea…

—Eso no es una respuesta. ¿Por qué no puedo conocer la isla? ¿Qué tienen que ocultar?

Aspiró hondo, y estuvo a punto de caer de espaldas.

—Desearía que fuera tan amable como para hacer sólo una observación por vez. No es que pretenda entrometerme con su libertad, pero si usted esípera que le responda con cierta solvencia…

—Está bien, olvídese de lo que dije y continúe.

—Lo lamento muchísimo, pero soy incapaz de olvidar algo.

Me correspondió a mí aspirar hondo, y decidí que lo mejor era empezar otra vez.

—Oiga bien, y no me interrumpa. Quiero conocer algunos lugares de la isla. En lo posible, me gustaría ir hasta el otro extremo, o por lo menos camiínar hasta donde haya algo que pueda interesarme. Por eso necesito que usted me guíe, y espero, por su propio bien, que no tenga inconvenientes para hacerlo. ¿Entendió?

—¿Terminó de hablar? —dijo con timidez—. Si le contesto, ¿considerará que lo interrumpo?

* * *

16. Excursión

Con bastante paciencia conseguí que la discusión sólo durara unos minuítos más. Finalmente resultó que no tenía objeciones para guiarme.

—¿Prefiere ir por los pasillos o por el exterior? —preguntó.

Casi ni pensé la respuesta, y así fuimos por tercera vez a la terraza, donde el monje me llevó hasta un sitio donde la pared tenía muescas en las que se podían apoyar pies y manos. Subí con trabajo, por culpa de la valija, mientras el monje saltaba de muesca en muesca como un gato. La pared debía tener treinta metros de altura: cuando llegamos arriba me eché al suelo para recuperar el aire.

El paisaje que vi no tenía relación con lo que esperaba. Si a un lado estíaíba la pared, cayendo a pico, al otro había un bosquecillo de tilos. Junto a mí corría un arroyo de agua clara que se acercaba al borde, volvía a alejarse y se perdía entre los árboles. Metí la cabeza en el agua, tomé un poco y me lavé la cara y las manos. Mi guía cruzó la corriente de un salto, y lo seguí.

Recién entonces entendí cuál era el sistema de construcción de los moníjes: hacían agujeros bajo tierra, y levantaban paredes en su interior. Los pasillos y habitaciones que había visto eran parte de una caverna artificial. El verdadero suelo de la isla, que ahora pisaba, se había transformado en techo, y estaba sostenido por las sólidas paredes de los monjes.

Cada veinte o treinta metros había un agujero en el terreno. Eran los paítios que ya conocía. Allí abajo estaban las ventanas, y al fondo andaban los monjes, algunos escribiendo en la pared. Parecían animales caídos en una trampa.

Tras el bosquecillo aparecieron plantaciones de cereales, campos cercaídos en los que pastaba el ganado, otros arroyos, fuentes y manantiales. El toque de irrealidad lo daban los monjes que brotaban de la tierra: había vaírias salidas, pozos angostos y oscuros en los que a duras penas se llegaba a ver una escalera o unas muescas como las que habíamos usado para suíbir desde la terraza.

Me atrajo una puerta situada en medio de un prado, y me acerqué a ella. Era la primera puerta que venía en Galgalabaram, y no daba a ninguna parte. Un grupo de ovejas pastaba a su alrededor. El picaporte estaba aseígurado con un candado.

—¿Para qué sirve? —le pregunté a mi guía.

—Para recordar que hay cosas prohibidas.

—¿Cómo?

—Es imposible abrir esta puerta. Quienes lo intentaron terminaron reconociendo su fracaso.

—¿Y para qué querían abrirla?

—Para demostrar la relatividad de los dogmas.

Más adelante apareció un monolito, que según mi guía señalaba el centro de la isla. Sin embargo, estaba bastante cerca de la costa, y se lo dije.

—¿Acaso usted no toma en cuenta el estado emocional como elemento geométrico? —respondió—. Nuestro corazón siente profundamente que el centro de la isla está aquí, como lo determinó nuestro congreso número tres mil cuatrocientos treinta y uno, y no creemos que haya argumentos válidos en contra.

No volví a hacer preguntas.

A medida que avanzábamos me fui haciendo una idea mejor de la distriíbución de Galgalabaram. No sólo era una isla, como decían los monjes, sino que se trataba de una isla pequeña. Casi siempre se veía el mar a ambos lados, y a poco de caminar lo vi también al frente. La ciudad ocupaba todo el subsuelo, sin interrupción.

El paseo de un extremo al otro de la isla nos llevó sólo una hora. Más allá había otras islas sin señales de vida, a varios kilómetros de distancia, y un islote más pequeño a cien o ciento cincuenta metros. El islote era una montaña escarpada, sin vegetación, que salía del mar como una pared.

Mi guía notó que lo observaba, y me preguntó si también quería visitarlo.

—¿Nadando? —dije.

—No —contestó—. Forma parte de Galgalabaram. Tenemos habitaciones bajo la superficie del mar. Caminando por ellas llegaríamos enseguida.

No acepté. Tras el fracaso de la excursión sólo me interesaba volver a la terraza y al muelle, a esperar mi barco. El guía protestó por el error que constituía semejante empleo restrictivo del término recorrer. Levanté una piedra, pesada y dura como la cabeza de un monje, y la tiré al agua con toídas mis fuerzas. Apenas hubo un chapoteo en el único mar. Empezamos el camino de regreso.

* * *

17. Barco

El barco estaba terminado.

Más que barco era una lancha grande, con motor. Bajamos al muelle y la miré con ojo crítico. Estaba hecha con maderas sin pulir, y tenía el casco reícubierto de brea. Mientras la observaba la echaron al agua. Flotó, lo que no era un mal indicio. Los constructores parecían orgullosos de su obra, porque se señalaban detalles mutuamente y comentaban en voz alta el ingenio desplegado en la solución de tal o cual problema.

Yo también tenía una sensación de triunfo, pero los monjes aún podían tenderme una trampa, y decidí mantenerme en guardia.

Para empezar, era dudoso que hubieran fabricado la lancha en las últimas horas.

—¿De dónde obtuvieron el motor? —pregunté. Era un aparato grande, viejo y oxidado.

—Del esfuerzo creador de Ung —contestó un ingeniero.

—¿Y cómo funciona el esfuerzo creador de Ung? —insistí.

—Elevo mis aspiraciones —dijo otro, sin duda el propio Ung—, hasta que alcanzan el grado de realidades. En general, es necesario que Ong adapte esas realidades a los usos específicos a que están destinadas.

—Pero esa es una tarea sencilla —intervino uno más, probablemente Ong—. Me basta con aplicar una dosis de selección natural. Las creaciones no prácticas, en general, duran poco tiempo.

Mientras, yo seguía estudiando la lancha.

—¿Tiene combustible, por lo menos?

—Hay un tanque, bajo la línea de flotación, con ciento cincuenta libros.

—Litros, querrá decir.

—Libros. El generador de energía por plegado de papel fue uno de nuesítros mayores éxitos en la construcción de este vehículo marítimo.

No tenía mayores motivos para confiar en ellos, pero tampoco ganaba nada con echarme atrás y negarme a usar la lancha. En todo caso ya tenía un plan para asegurarme de que la lancha funcionaba bien. Sin embargo, antes de aplicar mi plan debía resolver otro detalle, y me dirigí a mi guía:

—Ahora deme la valija con mi ropa.

—No sé de qué habla —contestó.

—Es una valija como ésta —señalé la que llevaba bajo el brazo—, que en vez de papeles tiene ropa. La necesito.

—No conozco la existencia de ningún objeto que responda a esa desícripción.

—Pregúntele a los demás —propuse.

—Nadie conoce un objeto así —dijo mi guía, muy seguro de sí mismo—. Debe haber quedado en el terreno de lo inexistente, junto a su casa y el resto de su entorno.

Me dio rabia, porque estaba convencido de que mentían.

—Recurra al esfuerzo creador de Ung, entonces —dije.

El que debía ser Ung me había oído. Se puso rígido y cerró los ojos. Estuívo así durante unos segundos, y volvió a relajarse.

—No puedo hacer nada —dijo después—. Ese objeto no forma parte de mis aspiraciones —sonrió—. Mucho menos puede llegar a ser una realidad.

* * *

18. Rehén

Opté por no insistir. Considerando la situación, perder un par de camisas era el menor de los males. Lo importante era escapar de Galgalabaram, acercarme a casa, explicar a todos lo que había ocurrido para compartir el asombro. Miré el mar, sintiendo cómo el viento me despeinaba. Las olas saícudían la lancha con cariño, como si se dieran cuenta de lo frágil que era.

—Me voy, entonces —dije, poniendo mi plan en marcha: en vez de subir a la lancha me acerqué al que había sido mi guía y lo agarré del brazo—. Pero usted viene conmigo.

El monje dio un salto hacia atrás, y estuvimos a punto de caer al agua.

—No puedo —gritó.

—¿Por qué? ¿Quién se lo prohíbe?

—El orden natural de las cosas —intervino un ingeniero. Mi rehén estaba demasiado nervioso para hablar. —No podemos salir de la isla. Es una imíposibilidad tan cierta como que las cosas caigan hacia arriba.

—¿No será que esta lancha es pura utilería? —pregunté.

—De ninguna manera, cualquiera sea el sentido que usted dé a la palabra utilería.

—Si es así, vamos —le dije a mi rehén, arrastrándolo hacia la lancha.

—Si lo desea haré un intento —respondió dejándose llevar—, para deímostrarle lo que no necesita ser demostrado.

Subió a bordo sin necesidad de que lo empujara, y lo seguí. El se sentó a popa y yo a proa, donde estaba el mecanismo que permitía maniobrar con la lancha. Ordené que soltaran las amarras, pero en ese momento vi que otro monje bajaba la escalera, agitando algo que traía en la mano.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté.

—Esto es para usted —dijo el monje cuando llegó al muelle. Se acercó a la lancha y me arrojó lo que traía: una carpeta de cuero. La tapa decía, en letras doradas:

NUEVO TRATADO DE LOGICA

Era una copia de mi trabajo.

—Pero… —empecé a decir, y la frase terminó en esa sola palabra. Estaba seguro de que el tratado seguía dentro de la túnica de mi rehén. ¿Cómo haíbían hecho para copiarlo?

Pensé en preguntarles, pero no era la curiosidad lo que me movía con más fuerza. Guardé el regalo en la valija, sin pensar más en el asunto, y volví a ordenar que soltaran las amarras. Encendí el motor siguiendo las instrucciones de un ingeniero y crucé los dedos: si la lancha era poco conífiable, yo, como navegante, lo era menos. Además, el mecanismo que tenía ante mí era un tanto arbitrario: una palanca, que según me explicó otro inígeniero estaba conectada al motor; empujándola a la derecha, la lancha avanzaba en línea recta; moviéndola hacia la izquierda, viraba a la derecha; y llevándola hacia adelante viraba a la izquierda. Parecía que el esfuerzo creador de Ung hubiera descubierto el concepto de timón mientras construía la lancha, y la selección natural de Ong lo hubiese interpretado de una maínera retorcida y estúpida.

Cuando partimos levanté un brazo para saludar, pero los monjes no miraíban: subían por la escalera, dándonos la espalda, como si no ocurriera nada. Mi guía estaba encogido en su asiento, inmóvil, con la cabeza baja y las manos entre las piernas.

Ya sabía a dónde ir: a la isla de las dos columnas gigantescas. Era el sitio más cercano, y las columnas el único objeto artificial que se veía en los alreídedores de Galgalabaram. Donde había algo artificial podía haber gente, y la gente seguramente iba a ayudarme. De modo que puse proa en esa diírección, y pronto nos alejamos lo suficiente de Galgalabaram como para abarcarla con una sola mirada.

Mantenía la vista al frente, para no perder el rumbo, y con el ruido del motor apenas oí el chapoteo. Cuando me dí vuelta vi que mi rehén ya no estaba a bordo.

Se había echado al agua, y nadaba a toda velocidad hacia Galgalabaram.

* * *

Nota:

Escribí la primera versión de este cuento en 1981, y por entonces era el primer capítulo de una novela que se iba a llamar Juegos imposibles. En años siguientes hice muchos cambios, agregué, quité, y de a poco se fue convirtiendo en una entidad autónoma. Mientras tanto, Juegos imposibles pasó a ser el título de un cassette de música mayormente instrumental que se puede escuchar (y bajar) acá. En 1989, la revista Cuasar publicó una versión de “Galgalabaram” bastante parecida a la que ahora reproduzco acá. No recuerdo cuándo hice las últimas correcciones, pero calculo que habrá sido hace unos diez años.

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F 31-35

No sabía hasta qué punto los guardianes que había al otro lado del teclado eran capaces de leer entre líneas, pero en los momentos de pesimismo llegaba a temer lo peor.

*

Tuvo ganas de estornudar, tal vez a causa de los detalles insólitos de la situación, pero se contuvo.

*

La araña volvía a asomarse y a meterse adentro: se veían dos patas, luego ninguna, luego tres y la cabeza, luego una sola.

*

Las ventanas abiertas y las ventanas cerradas de los otros edificios daban un ejemplo ideal de distribución aleatoria.

*

Un poco antes del fondo se abría otro agujero, perpendicular al primero, que corría hacia la izquierda.

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El lugar está lleno de gente

El lugar está lleno de gente. Todos de pie. Conversamos. De vez en cuando suena una risa por encima del murmullo. Dos camareras pasan con bandejas de canapés. Con cierta frecuencia alguien se desprende de un grupo y va a la deriva hasta que otro grupo lo absorbe. En ambos extremos del salón hay ventanas por las que nadie mira. La gente se divide entre quienes se meten la servilleta usada en el bolsillo y quienes la dejan en una de las mesas repartidas por el lugar. Junto a la puerta por donde entran y salen las camareras hay un ascensor, pero hace tiempo que no funciona. Algunos, los más antiguos, recordamos el sonido de la campanilla que anunciaba su llegada. Sin embargo, el ascensor ya no es tema de conversación. Ahora lo que nos preocupa es que un día dejen de llegar los canapés.

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Tres cuadritos

La tira está en blanco y negro y tiene tres cuadritos. En el primero se ve un personaje, no está claro si hombre o mujer, que viste una túnica oscura. La cámara está en el piso y apunta hacia arriba, de manera que casi todo es túnica, y allá a lo lejos hay una cabeza recortada contra el cielo. Mira hacia abajo, con seriedad. Lleva un gorro cónico, también oscuro. El pelo se abre hacia los lados en varios tirabuzones que sobrepasan los hombros. En el cielo hay una variedad de nubes, rechonchas, con bordes rizados. Una de las nubes tiene patas, y parece una oveja.

En el segundo cuadrito la cámara se ha movido a la altura de los ojos del personaje, que sigue mirando al lector y de pronto sonríe. El personaje tiene los ojos estrechos y anchos. La túnica es más clara que en el primer cuadrito: ahora la cubre una trama apretada de líneas cortas, horizontales y verticales, que en algunos sectores se entrecruzan y en otros no. A espaldas del personaje, más bien lejos, asoma una ciudad de rascacielos, todos terminados en punta, con una forma que recuerda al gorro. En uno de los rascacielos las ventanas son redondas. En otro, triangulares. Por una de las muchas ventanas cuadradas que adornan los demás asoma alguien con los brazos extendidos. Apenas se lo ve, es casi una ilusión allá en el fondo, muy pequeño, y también podría ser un error del dibujante, un trazo descarriado, una falla en el papel. Pero de verdad parecen brazos extendidos, como los de alguien que pide auxilio, y está muy alto, en uno de los últimos pisos, y es posible que otro trazo, otra falla del papel que aparece a su lado sea una voluta de humo, el comienzo de un incendio.

En el tercer cuadrito la cámara ha seguido subiendo, y ahora muestra al personaje desde arriba. El personaje no deja de mirar al lector, mientras la sonrisa se ha convertido en una carcajada de dientes oscuros y desparejos. La túnica, ahora blanca, forma un círculo casi perfecto alrededor de la cabeza que ríe. El resto del cuadrito muestra el suelo cubierto de cráteres pequeños, redondos, de bordes quebrados. La tierra es negra, y los detalles están dibujados en blanco. En uno de los cráteres brilla algo, como si a través de un agujero estuviéramos viendo una luz subterránea. En otro hay un animal casi microscópico: el lector debe acercarse mucho al papel para descubrir que tiene muchas patas y parece asustado. Junto al animal se repite, ahora en negativo, la voluta de humo del cuadro anterior. Y ahora que uno está tan cerca del papel, tan atento a los detalles, puede ver que en cada cráter hay un ojo, y que en cada ojo habita un gusano, y que cada gusano tiene dos brazos largos que extiende hacia el lector como pidiendo algo, siempre pidiendo.

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La llamada

—¿Hola? ¿Hola? ¿Me oye?

Es casi todo ruido, pero estoy seguro de que hay una voz al otro lado. No le entiendo ni una palabra. Sigo hablando:

—Mire. Llamo por… Lo que necesito… Llamo desde un celular. Tengo poca batería.

El ruido parece tomar forma de “escucho”, de “siga”, de “hable”. Me alcanza. Tal vez debí ensayar lo que diría, antes de hacer la llamada. Pero no se me ocurrió. Improviso:

—El tema es que me acabo de despertar y no sé dónde estoy. Parece un campo. Mucho no veo porque estoy acostado en el suelo, panza abajo, con la cabeza de costado. El sol me da en la nuca.

En el teléfono, el ruido disminuye por un momento y luego vuelve a crecer. Al otro lado hay una mujer, lo sé por el tono agudo de la voz, pero sigo sin estar seguro de que me entienda.

—Lo primero que veo es pasto. Lo tengo casi pegado a la cara. Un poco más allá hay un balde azul, de plástico. Sobre el balde hay una canilla oxidada, que sale de un caño que a su vez sale del piso. Oigo el viento en los árboles, pero árboles no veo. Pájaros tampoco. El pasto no se mueve. La canilla goteó una sola vez, pero no oí el ruido de la gota. Hace mucho calor.

Tengo el teléfono apretado contra el lado derecho de la cara, el que apunta hacia arriba. La posición es incómoda, y la mano que sostiene el teléfono me tapa una parte del poco panorama que hay desde aquí. La mujer que está al otro lado de las ondas podría estar hablando en otro idioma, o ser un perro pequeño, de esos que ladran como pájaros.

—No me puedo levantar, ni dar vuelta. No siento el cuerpo, de la cintura para abajo. No sé qué pasa. ¿Me entiende?

Ruido, ruido, ruido. Trato de aspirar hondo, pero me lo impide algo que se me clava en el pecho, tal vez una piedra. El celular está húmedo, resbaladizo, seguramente por la forma en que transpiro.

—Más allá del balde hay una casa con techo a dos aguas. Estará a veinte metros. O quince. La veo más chica que el balde. Tiene techo de chapa, pintado de verde aunque bastante descascarado. Hay dos ventanas, una a cada lado de una puerta. Seguro que esto les va a servir para encontrarme, ¿no es cierto? Las ventanas están cerradas, con la persiana baja. También la puerta está cerrada. Las paredes son blancas. Las persianas y la puerta son verde azuladas.

No, no es un perro pequeño. La mujer ahora suena como uñas en un pizarrón. Hay un momento que se parece a “entiendo”, hay un momento que se parece a “más”.

—Hay un hierro apoyado en la pared, junto a la puerta. Trato de darle todos los detalles, porque no sé qué puede ser más útil. No hay cerco. Aunque ahora que lo pienso puede ser que el cerco esté atrás de mi nuca. No puedo dar vuelta la cabeza para mirar, aunque me gustaría porque me está doliendo el cuello.

La voz del teléfono imita esas muñecas que chillan al apretarlas. Una vez, tres veces. Podría decir “qué”, o “ya”. O “ajá”. El calor del sol en la nuca se ha convertido en un dolor intenso, profundo. Me imagino un taladro lento y silencioso que penetra por el centro exacto de ese hueco que está bajo el hueso. Quisiera desconectarlo.

—Mire, no sé qué más decirle. Esto es bastante difícil para mí, ¿se da cuenta? No se me ocurre nada, me cuesta pensar. Sería más fácil si usted me hiciera preguntas.

Recuerdo que tengo otro brazo, el izquierdo, allá lejos, y me esfuerzo por llegar a él. Recorro mentalmente el hombro, tenso apenas los músculos, arrastro un poco la piel por el suelo y llego a la mano. El dorso de la mano está apoyado en el piso. Muevo los dedos en el aire. Es como haber encontrado un tesoro.

—Ah, mi nombre. Me gustaría saberlo. Mi edad. Mi domicilio. No sé nada. También sería bueno recordar qué hice anoche.

No sólo tengo calor, además tengo sueño. Son muchas cosas, así que estoy obligado a abandonar la mano recién encontrada. Entrecierro los ojos, juego a que mis pestañas son el pasto, o el pasto mis pestañas. Luego me cuesta abrirlos. El ruido del teléfono me hace pensar en un caracol gigante que tuve de chico, de esos que reproducen el mar. Detrás de las olas, la mujer que me escucha es el llamado de una gaviota.

—Mande a alguien, por favor. No, claro, no sabe dónde estoy. ¿No me pueden encontrar a través del teléfono? ¿No pueden seguir mi voz? Está bien, ya sé que no. Claro que no. Pero debe haber otra cosa que sea posible. Por favor, haga algo.

Una luz pequeña se abre paso entre el sueño y el calor, hasta llegar al foco de la consciencia: no recuerdo a qué número llamé. No recuerdo siquiera el momento en que apreté el celular contra la oreja, o cuándo pulsé las teclas para hacer la llamada, o cuándo saqué el celular de su soporte en el cinturón. Quisiera saber quién es esa mujer a la que no entiendo, que tal vez no me entienda. Mientras, el teléfono suena a tormentas en otro país, a gente abandonada en un edificio en llamas, a un bebé que empieza a tener ganas de llorar durante la noche.

—Mire, no tengo más fuerzas. No puedo seguir hablando. Voy a dejar el celular abierto, para ayudar a que me encuentren.

Pero antes de hacerlo todavía espero una respuesta. La mujer podría estar diciendo “sí”, “no”, “bueno”. Algo en el ruido suena a “ya estamos en camino”, aunque tal vez lo esté soñando.

—Los espero. La espero.

Ahora sí. Empiezo por cerrar los ojos. Luego dejo salir el aire. Entonces, sin soltar el teléfono, separo la mano de la mejilla y la dejo caer al suelo. En mi oído, el ruido sigue igual que antes.

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Parecía que esa mujer me saludaba

Parecía que esa mujer me saludaba, allá en el octavo piso del edificio de enfrente, pero estaba limpiando los vidrios de las ventanas.

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El fondo del pozo – 3

El fondo del pozo

3

“Todo se mueve. Si usted se queda quieto, verá pasar su propio cadáver. Elija. Seguir la corriente no es lo mismo que dejarse llevar.”
(Consejero, 0:23:57)

Con más experiencia hubiéramos tenido otra actitud, pero era nuestra primera expedición, y había que aprender sobre la marcha. Hasta entonces habíamos llevado una vida tranquila de empleados administrativos, copiando números a mano porque las computadoras estaban ocupadas en otra cosa, barriendo pisos porque el personal de maestranza no tenía tiempo, manejando planillas según procedimientos establecidos siglos atrás, sin conocer su sentido ni importancia. Algo muy diferente de lo que enfrentábamos ahora, con otra clase de riesgos y otra clase de respuestas posibles.

En aquella época ingenua lo único que pedíamos era que todo siguiera igual. La mayor parte del tiempo la oficina era un lugar suficiente para contenernos, un rincón protegido para que Sabrasú edificara sus teorías, Calibares planeara excursiones que nunca llevaría a cabo, y Gadma registrara todo en su memoria de papel. Consultábamos cada día al Consejero, meditábamos sobre sus recomendaciones, y volvíamos a zambullirnos en la marea de formularios a medio llenar.

Cuando la oficina no bastaba salíamos a los pasillos del edificio, un universo tan grande como lo que se puede esperar de cualquier universo, a reunirnos con habitantes de otros rincones iguales al nuestro. Todos aparecíamos con un paquete de planillas bajo el brazo y la cabeza llena de ideas. Nos encontrábamos por casualidad en un salón del Centro o en un bar del Centro y discutíamos sobre el azar y la Computadora Central, sobre nuestros trabajos y sobre los trabajos desconocidos que estarían haciendo otras personas en otras sucursales del Centro. Esas discusiones eran tan capaces de ponernos a prueba como la más audaz de las expediciones que diseñaba Calibares y que jamás llevábamos a la práctica, o por lo menos eso creíamos. Cuando surgía una teoría realmente nueva sobre el funcionamiento del Centro, que se oponía a todas las conocidas, el revuelo sacudía hasta los cimientos del edificio, y salíamos disparados en todas las direcciones a buscar pruebas para confirmarla o refutarla. Nunca encontrábamos nada definitivo, porque el Centro sabe guardar sus secretos, pero el simple deporte de buscar era suficiente. No nos preocupaba si la nueva teoría seguía el camino de las viejas, perdiendo brillo y consistencia con el paso de los días, hasta que otra teoría venía a reemplazarla, del mismo modo en que no nos preocupaba dejar de lado cada proyecto de Calibares. Era parte de las reglas del juego, y en esa época, antes de convertirnos en exploradores, mucho antes de caer en este lugar donde un loco se pone a hablar de las gotas vivas, creíamos que ese juego era el único posible.

No sabíamos para qué servía nuestro trabajo, pero si lo hacíamos estaba claro que el Centro lo necesitaba. El Centro no suele dar explicaciones. Es inútil buscar un sentido a las pequeñas acciones, los deberes cotidianos; en el organismo del Centro cualquier agente es una enzima ciega que sólo sabe catalizar la conversión de algo en otro algo apenas distinto, sin enterarse jamás de que esa transformación tenga consecuencias. Como dice el Consejero, 9:44:85: “El tamaño es el mensaje. Lo pequeño habla de cosas pequeñas. Lo grande de cosas grandes. Mídase. Los centímetros que cuente en su cuerpo son lo que usted comunicará durante toda su vida.” Pero confiábamos en que nuestro papel ayudaba al Centro a mover las estrellas y los planetas. En todo caso, ahora, en Guirnalda, no estábamos mejor, porque tampoco comprendíamos la utilidad de sumergirnos en el pozo, y sin embargo íbamos a hacerlo.

Por encima de todo, en la oficina nos sentíamos seguros. Teníamos techo, nos daban de comer, había lugar para nuestros pensamientos de enzima. Y de pronto nos había llegado una orden para presentarnos en el puerto más próximo. Ese día, por primera vez en muchos años, dejarnos el trabajo sin terminar, cambiamos la rutina establecida, salimos del edificio aunque era lunes y subimos al tren que lleva al puerto haciendo cálculos e hipótesis distintas de las que nos habían ocupado hasta entonces. Conociendo algo del Centro como creíamos conocer, lo más liviano que debíamos esperar era un traslado imprevisto. Quedaba por saber qué clase de traslado, y si se debía a un alza de nuestro karma o a una baja. Por de pronto, y como medida de precaución, supusimos lo peor. Si las mutaciones biológicas son casi siempre desfavorables, es muy probable que una mutación en el Centro resulte fatal.

—La culpa es de Sabrasú —dijo Gadma en el tren—, que anda siempre haciendo preguntas, buscando explicaciones, como si el Centro tuviera que justificarse, o una hormiga reclamara el derecho de cuestionar al hormiguero.

—No —dijo Sabrasú—. La culpa es de Calibares, que pasa el tiempo pensando en pasillos que no le pertenecen, metiendo la nariz en los rincones, planeando excursiones a lugares a los que nadie lo invitó.

—No —dijo Calibares—, la culpa es de Gadma, que no sabe hacer nada mejor que poner por escrito nuestros pensamientos y nuestros descubrimientos, para que nada se pierda, sin darse cuenta de que todo se transforma y sus papeles nos pueden comprometer.

En realidad, la culpa podía ser de Dindir, que también se las había ingeniado para apartarnos de la rutina, entrando en nuestro mundo como un elefante enloquecido y saliendo de nuevo sin dejarnos siquiera la posibilidad de descubrir qué se había roto. O tal vez no hubiera culpa, sino un fluir de acontecimientos que no sólo no podíamos prever sino que pertenecían a un nivel de existencia inalcanzable para nosotros.

Así llegamos al puerto, sin ponernos de acuerdo, y una vez allí nuestra comprensión de lo que ocurría no mejoró. En cuanto nos vieron llegar, nos hicieron firmar el contrato sin darnos tiempo para leerlo, nos metieron en la nave y nos lanzaron a un universo desconocido, mayor y al mismo tiempo más pobre que el otro.

Sabíamos que ése es uno de los métodos favoritos del Centro, si se puede hablar de métodos, pero no habíamos imaginado que nos pudiera tocar a nosotros. Durante los primeros días a bordo sólo fuimos capaces de mirarnos las caras y rogar para que la broma terminara pronto. Ni siquiera pudimos consultar al Consejero, porque en el apuro lo habíamos olvidado: un error grave, que nos privaba del apoyo más importante.

Mientras tanto, la nave seguía su curso a toda velocidad. No podíamos influir en ella, porque estaba programada de antemano, y en todo caso no hubiéramos sabido cómo hacerlo. Era nuestro primer viaje fuera de Varanira. Más todavía, era la primera vez que veíamos una nave espacial. Nos amontonábamos ante la consola de mando, donde se encendían y se apagaban luces pequeñas y alarmantes, oíamos los suspiros y los crujidos que cada tanto delataban el funcionamiento de la maquinaria, mirábamos las estrellas en la superficie de la pantalla y las estrellas no nos decían nada.

Después empezamos a leer y releer el contrato, lleno de cosas nuevas y sorprendentes, y a revisar la biblioteca de la nave, de donde surgían datos que nunca habíamos soñado. Y así fuimos descubriendo que el Centro nos había cambiado de categoría. Éramos auténticos exploradores, incluidos en el Sorteo, y un planeta llamado Guirnalda con un pozo lleno de leyendas nos esperaba al final del viaje.

—Lo que no dicen en ninguna parte —observó Sabrasú—, es si se trata de un premio o de un castigo.

—Para el Centro ambas cosas pueden ser lo mismo —dijo Gadma.

—Entonces pensemos que es un premio —dijo Calibares.

A partir de ese momento la travesía se dividió en dos etapas: durante la primera pasamos el tiempo estudiando el material de la biblioteca, aprendiendo de memoria las leyendas sobre el pozo de Guirnalda y nuestros nuevos deberes; durante la segunda terminamos de convencernos de que habíamos tenido suerte, de que una situación tan absurda no podía responder sólo a lo que decían los pápeles. Y así habíamos llegado a Guirnalda creyendo que el Centro nos había favorecido graciosamente, como si eso pudiera ocurrir alguna vez. Tras un aterrizaje automático y perfecto, habíamos comprado el equipo más inadecuado que existía: ropa de verano, anteojos de sol, crema para las manos; y habíamos pasado los mejores momentos que podíamos recordar, hasta que el mismo pozo nos hizo ver quién se había equivocado en realidad. Nuestra única excusa era que no teníamos al Consejero para que nos ayudara a ver mejor.

Ahora estábamos junto a la boca del pozo, y teníamos que poner en práctica nuestra supuesta habilidad de exploradores.

—Pero es un pozo como cualquier otro -dijo Calibares, alejándose de la valla—. Tal vez lo exploremos en un par de horas.

Sabrasú puso una mano sobre el hombro del poblador.

—¿A cuánto dijo, la soga?

Volvimos a la puerta del depósito, decididos a comprar el equipo necesario, y esperando que los pobladores nos asesoraran. Pero no tuvimos que decir nada, porque estaban ansiosos por vender. Además, daba la impresión de que se turnaban, porque en cuanto pagamos la soga y el vendedor se encerró en su casa, salió una mujer con otra llave de madera y un cuenco en la mano.

—Prueben —dijo, acercándonos el cuenco.

—Buenas tardes —dijo Calibares, que a pesar de todo no dejaba de saludar—. ¿Qué es?

—Mi especialidad —dijo la mujer—. Prueben.

El cuenco estaba lleno de un líquido gomoso, parecido a la savia. Al ver que dudábamos, la mujer se lo llevó a la boca y tragó una parte del líquido. Primero vimos dos dientes amarillos, y luego una lengua roja que lamía los labios con placer.

Calibares era nuestro guía y tenía que mostrarse decidido, así que antes de pensarlo dos veces agarró el cuenco y probó su contenido.

—Muy bueno —dijo después, poniendo una cara a la que había que creerle.

—Cinco tragos por día bastan —dijo la mujer—. Lo más liviano en alimentos —volvió a mostrar sus dientes amarillos—. Diez kilos les alcanzarán para treinta días, y los van a necesitar. Muy barato, además.

La amenaza de pasar un mes dentro del pozo no nos gustó, pero la mujer tenía la misma habilidad del hombre para convencernos, y compramos. La mujer trajo del depósito un par de odres, cada uno con cinco kilos del líquido, y se fue corriendo con el dinero. Apareció un chico, sin llave, con la cara sucia y los ojos entrecerrados, como si hubiera estado mucho tiempo en la oscuridad.

—Tengo el plano —dijo.

—Buenas tardes —dijo Calibares, mientras Gadma se empezaba a reír—. ¿El plano de qué?

—Del pozo —el chico estaba sorprendido de nuestra ignorancia—. ¿De qué otra cosa se puede tener un plano?

Gadma había cambiado la película de su cámara, y estaba otra vez sacando fotos. Sabrasú se inclinó junto al chico y le pidió que nos mostrara su plano.

—Lo tengo que dibujar —dijo el chico—. Le vendí el último ejemplar a la expedición de ayer.

Nos miramos.

—No sabíamos —dijo Sabrasú.

—Que ayer hubo otra expedición —siguió Gadma.

—¿De dónde venía? —preguntó Calibares.

—Todos los días hay expediciones —dijo el chico—. A veces tres juntas. Yo qué sé de dónde vienen —hizo una pausa para pensar—. Supongo que del Centro.

La información era importante, seguramente más de lo que el chico podía imaginar. Sabíamos, por Dindir y por relatos dispersos que nos habían ido llegando, que el Centro jamás envía dos expediciones al mismo lugar. De algún modo, las distintas sucursales parecen ponerse de acuerdo para no encimar sus regiones de influencia: sin duda, es una tarea de la Computadora Central, aunque Dindir preferiría hablar de la ley del mínimo esfuerzo, y hacer algún paralelo con la biología. Tal vez el chico estaba equivocado. Si no, debía haber algo en el pozo que justificara ese interés extraordinario. En todo caso, nos sentíamos un poco molestos por la noticia.

—El Centro —dijo Gadma.

—Debió informarnos —siguió Calibares.

—Que no somos los únicos —terminó Sabrasú.

—¿Y ustedes por qué hablan así? —dijo el chico.

No era momento para ponernos a explicarle. Finalmente, fue Calibares quien nos sacó del dilema, con un pensamiento suyo, no compartido por los tres.

—Está bien —dijo—. Tampoco sabíamos que la montaña estuviera habitada —alzó los hombros—. Si el Centro no lo puso en el contrato ni en la biblioteca es porque no debía ponerlo. Ya veremos a qué se debe todo esto.

—Bien dicho —aseguró el chico, alzando los hombros como Calibares—. Y por lo que veo, no siempre hablan así.

Hacía un rato que Gadma había dejado de reírse.

—¿Dónde está la expedición de ayer? —le preguntó al chico.

El chico volvió a alzar los hombros.

—Ahí abajo, me imagino. Donde están todas.

—¿En el pozo? —preguntó Sabrasú.

Antes que el chico pudiera contestar se oyó un silbido que venía de las casas.

—Esperen un segundo —dijo el chico, y se metió corriendo en una construcción pequeña y sin ventanas. Nos llegó el ruido de un golpe y un grito. Después el chico volvió a salir, agarrándose la cabeza con las manos. Había cambiado de actitud. Cuando llegó donde estábamos nosotros parecía a punto de llorar—. ¿Quieren el plano o no? —dijo.

—Primero queremos que contestes nuestras preguntas —insistimos.

—Lo único que sé es vender planos —dijo el chico—. ¿Me voy, o piensan comprar?

—Compramos —aceptó Calibares en nuestro nombre.

El chico levantó una ramita del suelo y nos la mostró.

—Con esto puedo dibujar en la tierra —dijo—. Pero ustedes tienen que pagar primero.

Un rato más tarde nos habían convencido de dejar los burros en el interior de un corral, y teníamos cantimploras compradas a los pobladores, una linterna comprada a los pobladores, y un hueso muy raro en forma de X, enhebrado con cuentas de colores en un collar que Gadma se colgó del cuello, comprado a los pobladores con la promesa de que lo íbamos a usar en el momento menos pensado. El plano había sido el único gasto inútil, porque no habíamos entendido nada, y el chico había desaparecido de la vista antes de que pudiéramos pedirle más explicaciones. El collar, por lo menos, le gustaba a Gadma.

Cuando terminaron de vendernos todo lo que quisieron, salieron uno tras otro de sus casas y se reunieron alrededor de la boca del pozo. Tuvimos la impresión, al verlos juntos por primera vez, de que habíamos sido víctimas de un operativo comercial planeado cuidadosamente. Algunos todavía estaban contando el dinero que habíamos pagado por sus artículos.

—Menos mal que el Centro cubre los gastos —dijimos.

En realidad, aunque nuestro nuevo equipo iba a servirnos, no era lo que habíamos imaginado. Ante la posibilidad de un descenso largo y difícil nuestra fantasía galopaba, y nos hubiera gustado tener mochilas autopropulsadas, cinturones antigravitatorios, cabinas inflables, computadoras, radar, cascos de entretenimiento, trajes monomoleculares, y un montón de otros artefactos que no sabíamos si existían o no, pero que seguramente resultarían útiles. De todos modos no podíamos quejarnos, porque las condiciones de nuestro trabajo anterior habían sido las mismas: rodeados por la tecnología más moderna, estábamos condenados a usar elementos prehistóricos. Y la costumbre nos había hecho creer en la justificación del Centro para ese estado de cosas: cuanto más complejo es el instrumental que se usa, más componentes pueden fallar: un lápiz es más confiable que una máquina de escribir electrónica.

Junto al pozo, las madres trataban de alejar a sus hijos de la valla, mientras los hombres nos miraban y un par de viejas hacían gestos complicados con las manos, que debían tener algún significado religioso, como todo acto incomprensible de una cultura primitiva. Todos llevaban puesta la misma sonrisa, hasta los chicos, como si los hubieran entrenado en algún curso de ventas.

Era evidente que esperaban que empezáramos ya mismo a descender por el pozo. Nos acercamos a un viejo con cara de sabio y una cicatriz en la frente.

—Bajaremos mañana al amanecer —le dijimos—. ¿Dónde podemos pasar la noche?

El viejo sacudió la cabeza y movió las manos en un gesto de pesadumbre.

—Lo lamento —dijo—, pero no podemos hospedarlos. Deberán partir ahora mismo, antes que oscurezca.

—No tenemos por qué apurarnos —contestamos—. Preferimos dormir entre las rocas, si es necesario, con tal de empezar la tarea bien descansados.

—Encontrarán mejores comodidades en el pozo —dijo el viejo. Al ver nuestras caras de asombro, agregó: —Hay lugares ideales para dormir, protegidos de las inclemencias del tiempo.

Nos tocó a nosotros sacudir la cabeza.

—Mañana —insistimos.

El viejo con cara de sabio nos miró uno por uno, y no pudimos dar media vuelta para juntar nuestras cosas y ver dónde pasaríamos el resto de la tarde. Con su mirada y su sonrisa a medias, le bastaba para obligarnos a escucharlo un poco más.

—Un momento para cada cosa, y cada cosa en su momento —dijo—. Si hay algo que todos debemos respetar, es la correspondencia precisa entre el transcurso del tiempo y el transcurso de nuestras acciones —dejó de sonreír y miró hacia el pozo—. El pozo está abierto, dispuesto a recibirlos. Nos ha dado señales, y pronto llegará la señal decisiva. Ustedes mismos la presenciarán. No osen desafiar al orden universal ni al espíritu del pozo rechazando su invitación.

Nos quedamos unos segundos en silencio. El viejo volvió a mirarnos, y el pozo seguía eructando su olor metálico y caliente.

—Hay algo parecido en el Consejero —dijo luego Sabrasú—. 29:18:43: “Un reloj bien ajustado está en armonía con el universo. Se mueve al compás del equilibrio cósmico. No actúa de más ni de menos. Sea un reloj bien ajustado. Actúe en el momento exacto. Ni antes, ni después.”

Silencio, otra vez. La acción correcta en ese momento preciso hubiera sido dar media vuelta, correr montaña abajo, atravesar los sembradíos hasta la ciudad, aprender el modo de poner en marcha la nave y escapar de Guirnalda para siempre. Pero no podíamos saberlo. El Consejero no lo prohibía, pero, como siempre, se podía interpretar de distintos modos. Y el viejo de la cicatriz en la frente nos tenía bajo su control.

Juntamos nuestros bultos y los arrastramos hasta la valla.

—Lo mejor es que se vayan de a uno —dijo el viejo—. El primero se ata a la soga y…

—Y los demás lo bajan de a poco —siguió Calibares, que parecía ofendido por la repentina intromisión del viejo en su papel de guía—. Después se recupera la soga, y le toca a otro.

El viejo movía la cabeza de arriba abajo, sin dejar de sonreír. La cicatriz se le puso roja. Pero la tensión de un momento antes había desaparecido: ahora teníamos una tarea precisa por delante, y todo lo que importaba era dar los pasos necesarios para llevarla a cabo.

—Los bultos van al final —agregó el viejo, y esta vez Calibares optó por ignorarlo—. Luego soltamos la soga, para que puedan usarla de nuevo.

Calibares dijo algo que nadie llegó a oír, y ató una punta de la soga a la valla.

—Como guía —dijo, pronunciando con cuidado la palabra “guía” y señalándose a sí mismo—, el primero será Calibares.

Armó una especie de arnés con la otra punta de la soga, según la técnica aprendida en la biblioteca de la nave, se lo calzó alrededor de los hombros y la cintura, y se asomó al borde.

—Cuando llegue —dijo—. Calibares les avisa con un grito.

Gadma no tenía apuro, y Sabrasú tampoco, así que no dijimos nada. Nos pusimos los guantes que también habíamos comprado a los pobladores, agarramos la soga y nos preparamos para descolgar a Calibares.

—No, todavía no —gritó una de las viejas que habían estado haciendo gestos.

—Escuchen —dijo el viejo de la cicatriz—. La señal anunciada.

Nos quedamos todos quietos, los aldeanos también, y prestamos atención. Se oía la brisa entre las rocas, y a nuestros burros que no conseguían habituarse al corral. . Gadma estaba tensa, esperando otro trueno. Sabrasú, que de golpe tenía cara de estar muy preocupado, abrió la boca para decir algo, pero el viejo de la cicatriz le pidió silencio. Pensábamos juntos, pero lo que preocupaba a Sabrasú no pertenecía a nuestro pensamiento común: debía depender de su memoria personal, o tal vez fuera algo que los otros dos rechazábamos en algún nivel por debajo de la conciencia.

Nuestro pensamiento común estaba ocupado en otra cosa. De pronto comprendimos qué era ese elemento extraño que habíamos encontrado en el poblador que nos vendió la soga, y que luego habíamos visto repetido una y otra vez en el resto, incluidos el chico del plano y el viejo de la cicatriz. Era algo que estaba aparte de su capacidad como vendedores, e incluso del control que el viejo parecía ejercer sobre nosotros. Se trataba de una contradicción, que nuestros nuevos conocimientos, adquiridos en la biblioteca de la nave, nos permitían detectar. Por un lado, los aldeanos daban la impresión de estar aislados de toda cultura que no fuera la suya; sus productos tenían un sello distintivo, algo que los diferenciaba de otros productos, incluso los que provenían de otras aldeas de Guirnalda; sus caras, sus cuerpos y sus ropas también eran característicos: rostros de piedra y madera, brazos macizos, polleras largas de cuerda trenzada. No se habían mezclado ni siquiera con sus vecinos más próximos, desde hacía mucho tiempo. Y sin embargo, por otro lado, hablaban el Idioma sin ningún acento, sin deformaciones. O, mejor dicho, con el acento y las deformaciones propias de Varanira, nuestro propio planeta. El Idioma, gracias al Centro, es de uso corriente en todos los mundos conocidos, o por lo menos eso se suele creer. Pero cada pueblo, cada rama de cada pueblo, le da su toque particular, su pronunciación, sus palabras especiales. Que los aldeanos hablaran exactamente igual que nosotros era una casualidad inconcebible hasta para las normas del Centro, o el indicio de alguna otra cosa, tal vez igualmente inconcebible.

Tratábamos de pensar una explicación razonable, con poca colaboración de Sabrasú, que seguía preocupado por sus propias razones, cuando empezaron a sonar los violines: la señal prevista por el viejo.

Aparentemente estaban en algún lugar del pozo, tal vez a miles de metros de profundidad, y tocaban una música solemne, excepto por algún acorde grotesco que de vez en cuando jugaba entre las notas. La brisa dejó de soplar, y los burros de dar coces. Los violines eran lo único que se oía, y fueron ganando nitidez hasta que nos pareció que estábamos en la pantalla de un cine: el único lugar donde la música reemplaza a los ruidos habituales. El paisaje inmóvil, la boca del pozo abierta en medio de la escena, la ronda de aldeanos, todo tomó un color rojizo. La situación hubiera sido más lógica si en vez de estar dentro del cuadro nos hubiéramos encontrado de pronto en las butacas de alguna platea guirnaldesa.

Esto no figuraba entre las leyendas que conocíamos. Los pobladores habían cerrado los ojos, y se balanceaban al compás de la música. La tentación de imitarlos se hizo cada vez más fuerte, pero nos resistimos: había algo indigno en que un grupo expedicionario del Centro, por poca que fuera su experiencia, se balanceara al compás de unos violines en la cima de la montaña mas famosa de Guirnalda.

Un rato después los violines empezaron a alejarse, como si alguien moviese el control del volumen, y a los dos minutos ya era imposible oírlos. Las cosas recobraron su color normal, y la ilusión terminó. No había ningún cine, ni plateas, ni pantalla, ni empleados esperando el intervalo para vender golosinas. Aspiramos hondo, mientras el viento empezaba a soplar, más suave que en las leyendas pero más fuerte que la brisa anterior. Los burros tardarían un poco más en salir del hechizo.

Los pobladores abrieron los ojos y aplaudieron.

—El pozo les da la bienvenida —explicó el viejo de la cicatriz, inclinando la cabeza—. Ahora pueden continuar. El espectáculo nos había sorprendido, pero podía haber sido de mejor calidad. Los pobladores también debían tener su tecnología escondida, y se complacían en engañar a los visitantes simulando fenómenos mágicos. Nos imaginamos al sonidista y al iluminador escondidos en alguna de las casas de ventanas cerradas, los parlantes ocultos dentro del pozo, las luces disimuladas entre las piedras. En el Centro habíamos visto audiovisuales parecidos. Seguramente los pobladores querían justificar los precios altos de sus productos dando algún servicio adicional.

Lo que habían conseguido, en realidad, era tranquilizarnos. Se nos ocurrió que el aparente aislamiento de su cultura era una pantalla, un disfraz de los que se suelen usar para atraer a los turistas. En ese caso era más comprensible que hablaran el Idioma, y en una versión similar a la nuestra. Quedaban algunos detalles por justificar, pero la explicación nos bastaba por el momento. Tal vez, si hubiéramos profundizado un poco más, nos hubiésemos dado cuenta del error. Es probable que aún entonces nos quedara una última oportunidad para escapar.

Empezamos a movernos, pero Sabrasú se quedó donde estaba, rascándose atrás de una oreja. Nuestra preocupación conjunta había desaparecido, pero todavía quedaba la suya, la privada, que no conocíamos. Lo miramos para que nos dijera qué le pasaba. Los aldeanos también lo miraron.

—Sabrasú tiene una pregunta —dijo al final—, y no sabe la respuesta —se rascó un poco más—. La soga nos permitirá descender, pero ¿cómo vamos a subir otra vez?

Los pobladores sonrieron y se aflojaron, como si algo los hubiese aliviado.

—Más abajo encontrarán otras salidas —dijo una mujer.

—Es cierto —dijo el viejo de la cicatriz—. No necesitarán subir.

Pero Sabrasú no estaba conforme.

—Lo que piensa Sabrasú —dijo— es por qué no entramos al pozo más abajo, si hay otras entradas. Por qué debimos venir hasta la cima.

—Lo dice el contrato —aseguró un chico, que no era el del plano.

—Sí, pero… —empezó Sabrasú, y se detuvo—. ¿Cómo lo saben?

Los aldeanos se movieron inquietos, y algunos tosieron. El viejo de la cicatriz miró enojado al chico que había hablado. Luego se dirigió a nosotros y volvió a sonreír.

—Ustedes son muy desconfiados —dijo—. Todos los contratos dicen lo mismo. El de ustedes no puede ser una excepción.

—Tiene razón —dijo Calibares, moviendo la cabeza de arriba abajo—. Todos los contratos se parecen en algo.

—Y además debemos obedecer al nuestro —intervino Gadma—, aunque no nos guste.

El viejo aplaudió.

—Una sabia reflexión —dijo.

Sabrasú dejó de rascarse, sonrió, y los tres, plenamente conectados, nos palmeamos mutuamente los hombros.

—No ganamos nada —nos dijimos a nosotros mismos— cuestionando lo que el Centro sabe hacer mejor que nosotros.

—Bien dicho —confirmó el viejo con cara de sabio.

—Sin embargo —agregamos, ahora menos alegres—, debimos haber traído una copia de nuestro contrato.

—No la necesitarán —dijo el viejo, impaciente—. Y ahora sigan con su tarea, que todos tenemos mucho que hacer y el pozo se cansa de esperar.

—Una sola pregunta más —pidió Sabrasú—, que no molestará a nadie. ¿Cuánto tiempo nos llevará explorar el pozo?

El viejo de la cicatriz pensó un momento antes de responder.

—No son buenos exploradores —dijo después—, si antes de empezar se preocupan por el final.

Le dimos la razón una vez más, y así terminamos de caer en la trampa. Gadma le sacó una foto a Calibares, que posaba con el arnés recién construido, y empezamos la maniobra de bajarlo.

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El fondo del pozo – 6

El fondo del pozo

6

“Los sueños son verdades. Confíe en sus sueños. Son la segunda posición de su conmutador interno. En la primera usted está despierto, y mira hacia afuera. En la segunda también está despierto, y mira hacia adentro.”
(Consejero, 92:5:81 )

El loco termina su relato sobre las gotas vivas, afloja los músculos de la cara, baja los brazos y cae agotado a un costado de la piedra, en medio del otoño de fragmentos de humo que se agitan, se desprenden del aire que los sostiene y caen con él. Tal vez no descubra que le falta la manta hasta los primeros fríos, cuando no queden fuegos y el huracán se lleve todo menos los prisioneros. Una parte de su público se dispersa, buscando lugares más limpios y secos donde pasar el invierno. El resto se deja vencer por el cansancio, y espera alrededor del loco lo que tiene que venir.

Todavía queda un rato de calor, y no sabemos cómo aprovecharlo. A esta altura del verano Gadma suele estar ocupada escribiendo, mientras Calibares afila y limpia las armas y Sabrasú medita sobre los acontecimientos del día. Pero la historia del loco y la batalla nos distrajeron, terminamos recordando a Dindir, el tiempo pasó y ahora no vale la pena que empecemos nada.

Finalmente sacamos las flautas y atacamos la primera danza de una suite antigua. Es una actividad que no requiere preparativos, y que podemos suspender en cualquier momento. Gadma toca la flauta contralto, que está de acuerdo con su temperamento: es la que más brilla en los solos, pero en el conjunto su voz suele ser la más opaca, la más difícil de diferenciar. Sabrasú, en cambio, se siente a gusto con la tenor: oscura y grave, poco llamativa por sí misma, sostiene el conjunto y muchas veces decide la armonía. Calibares bailotea con cada trino de su soprano: casi siempre lleva la melodía, pero pierde fuerza si no tiene el apoyo de las demás.

Encontramos las flautas hace un tiempo, en algún rincón del pozo, y en cuanto las sacamos de la caja en que estaban nos convertimos en virtuosos capaces de interpretar cualquier obra que recordáramos, y también obras que no habíamos oído jamás. Son uno de los misterios que probablemente nunca consigamos resolver, porque ninguno de nosotros había soñado siquiera con ser músico.

El único inconveniente es que sólo podemos tocar a trío. Si uno de nosotros se pone a tocar solo, o a dúo con otro, salen unos silbidos horribles. Tenemos mal oído. Los dedos, gastados por el trabajo pesado, nos impiden tapar correctamente los orificios de las flautas. Nuestros intentos de aprender fracasaron, y tenemos que conformarnos con la técnica adquirida inconscientemente. No hay otro remedio, entonces, que ponernos de acuerdo y dejar que la música fluya de algún modo por nuestras manos, que los pulmones se llenen y se vacíen por su cuenta según las exigencias del fraseo, y que una partícula de magia inexplicable contamine nuestra visión racional de las cosas.

—De cualquier manera —suele empezar Sabrasú.

—La música es —sigue Calibares.

—Muy poco racional —termina Gadma.

La gente que a veces se acerca a escuchar no se da cuenta de nuestra situación más bien pasiva, y nosotros tampoco nos ponemos a explicarla. Tenemos bastante éxito con el público, cuando el ambiente está tranquilo, de la misma manera en que tiene éxito el loco. La diferencia está en que nosotros sabemos cuidar nuestras mantas. En las malas épocas, cuando nos sentimos más solos que nunca y necesitamos un poco de calor, llegamos a canjear un concierto por un sitio junto a las brasas y un par de sonrisas de quienes un minuto más tarde volverán a ser enemigos: es un trabajo como cualquier otro, en un lugar donde la vida se hace difícil.

Ahora tocamos para nosotros mismos, a una hora en que todos se ocupan de sus propias cosas, sentados en torno a las posesiones que todavía conservamos. Hace unos minutos los fuegos se agitaron, el humo comenzó su danza de muerte, y una brisa fresca vino desde lo que llamamos el Norte. Es el primer anuncio del fin del verano.

Estamos en la cuarta danza de la suite cuando Calibares se pone a toser, así que tenemos que interrumpir la música y guardar las flautas. Ya empezamos a sentir frío. Los gritos que nos rodeaban un rato atrás, durante la lucha, se han ido convirtiendo en conversaciones a media voz, y ahora sólo se oyen suspiros. En este lugar, el ruido, el movimiento y la violencia parecen proporcionales a la temperatura, por lo menos cuando dependen de los prisioneros. Desplegamos las mantas. Alguien pasa corriendo a pocos metros, levantando una ola de protestas tímidas.

La sucesión de inviernos y veranos en la noche perpetua es una experiencia más de quienes nos mantienen encerrados aquí, una muestra insignificante de las pruebas a que nos someten. Tal vez su intención sea obligarnos a dormir todos a la vez, para tener tiempo de hacer sus ajustes y de limpiar la prisión.

Nos damos cuenta de que las últimas conversaciones terminaron, y ahora estamos quietos, callados v esperando. Pasan los minutos, mientras algunos fuegos empiezan a apagarse. El viento se anuncia con ruido de puertas y ventanas que se golpean: una ilusión, porque no hay puertas ni ventanas cerca. Apenas tenemos tiempo para envolvernos en las mantas y apretarnos unos contra otros, antes que el huracán helado nos sacuda.

Un rato más tarde, cuando la tormenta amaina y el frío consigue atravesar los abrigos, asomamos la cabeza otra vez. El aire está limpio: de algún modo los carceleros se llevaron las cintas, las espadas y los fantasmas de humo. Los fuegos están apagados, pero hay una luminosidad azulada que baila en forma de copos entre el piso y el techo. Arriba de todo las corrientes de aire arrastran los copos de luz para construir caras gigantes: primero la de un hombre de anteojos y bigotes, con pico de águila; luego la de una mujer con garras en las mejillas, que empiezan a crecer; después la de un viejo con dos bocas, una encima de la otra. Son personajes conocidos, que nuestros carceleros nos presentan una y otra vez.

—Todavía están acá —dice el pico de águila con voz de trueno, mirando a la multitud amontonada en los escalones. Nadie se mueve.

—Te dije que no pueden escapar —contesta la boca de arriba del viejo, mientras la de abajo escupe. Su saliva cae sobre nosotros en forma de llovizna.

La mujer no habla. Sus garras siguen creciendo, y ahora llegan a los escalones superiores. Desde donde estamos no se ve lo que ocurre, pero un grito amplificado por la acústica del lugar nos indica que cobraron la primera presa.

—Tengo ganas de pronunciar un discurso —anuncia el pico de águila.

—¿Otro más? —protesta la boca de abajo. Su voz aguda nos hace doler los oídos.

—Adelante —dice la boca de arriba—, me gustan tus discursos.

Las garras acaban de meter su presa entre los dientes de la mujer, y una manta cae planeando desde las alturas. Cuando llega al suelo se ve un bulto que se mueve; alguien decidido a arriesgar su vida por un nuevo abrigo.

—Todos ustedes quieren salir de este lugar —dice el pico de águila con su mejor tono de orador—. Y además quieren salir vivos. Pues bien, tengo una buena noticia para darles. Existe una salida, y estoy dispuesto a explicarles cómo encontrarla.

Nuestros vecinos empiezan a murmurar, pero nosotros seguimos observando en silencio. En momentos como éste lo mejor es no olvidar que, si hay entidades más poderosas que nosotros que nos usan como animales de laboratorio, lo que ocurre es sólo otra de sus experiencias, y debe tener su explicación lógica. Si algo nos diferencia de esos animales es nuestra capacidad para pensar, y para no tomar lo que ocurre demasiado en serio.

Cada vez que nos visitan las cabezas de luz, nuestro recurso para conservar la calma consiste en imaginar las máquinas capaces de crearlas: aparatos formidables, ocultos más allá del techo o al otro lado de las paredes, con grandes proyectores y amplificadores de sonido. Si hacemos un esfuerzo conseguimos, por ejemplo, que las garras de la mujer se transformen en un par de largos brazos telescópicos disfrazados. La saliva de la boca de abajo puede surgir cuando alguien igual a nosotros, con un mejor karma, abre una válvula. Y si hace falta una prueba de que las caras no están realmente vivas, la tenemos en la sincronización del sonido de sus voces con el movimiento de sus bocas. a la distancia a que están, justo abajo de la capa de nubes, debería haber una diferencia de varios segundos. Por lo tanto, lo que vemos y oímos es un espectáculo montado cuidadosamente por nuestros carceleros, y dirigido por alguna computadora cuyo corazón consiste en una pastilla de silicio que podríamos romper de un puntapié.

En teoría, por lo menos, nuestro recurso tiene que ser útil. En todo caso, estamos seguros de que nuestro terror no es tan pronunciado como el de los vecinos.

La boca de arriba se ríe, y la de abajo murmura algo incomprensible. El pico de águila hace una pausa esperando aplausos, y cuando se convence de que no los habrá sigue hablando.

—Todo lo que deben hacer es oír con atención, y el futuro tendrá un nuevo sentido. Podrán regresar a sus lugares de origen —una tos—, si es que todavía recuerdan dónde están. Podrán reencontrarse con sus parientes y amigos —otra tos—, si es que aún viven. Podrán ser felices como antes —una sonrisa—, si es que alguna vez lo fueron.

Las garras de la mujer han vuelto a bajar, y están sobrevolando los cuerpos tendidos en el suelo, buscando dónde atacar de nuevo.

—Pero no quiero demorar el instante de la revelación —dice el pico de águila, poniéndose solemne—. La salida que los llevará a la libertad está en…

El resto de la frase queda tapado por el grito de una nueva víctima de las garras, que los dueños del espectáculo amplifican más de lo normal. Una vez más, la sincronización es perfecta, y ahora se ríen las dos bocas del viejo, y también el pico de águila. Las garras se llevan su segunda presa, pero antes de que lleguen a la boca de la mujer las corrientes de aire cambian y las tres caras se convierten en nubes sin forma. La víctima cae como una piedra entre los copos de luz.

Todas las funciones que ofrecen nuestros carceleros terminan igual, y ya hemos aprendido a no ilusionarnos. En este lugar, cada promesa encierra una trampa.

Los copos de luz azul se gastan pronto, y en pocos segundos la oscuridad es completa. Ahora el único enemigo es el frío, y lo mejor que podemos hacer es apretarnos todavía más unos contra otros en la incomodidad de los escalones, abrazarnos las piernas contra el pecho echados sobre la piedra y tratar de dormir para que el mal momento pase rápido.

Gadma se duerme enseguida, y sueña que es Calibares. En el sueño, Calibares anda con una linterna por caminos que nadie recorrió nunca, y detrás de él caminan un Sabrasú y una Gadma soñados, incapaces de orientarse sin su ayuda. De vez en cuando se da vuelta para verlos, especialmente a Gadma: una figura borrosa, salvo la cara llena de pecas, los pechos agitados por corrientes interiores, y las piernas que se juntan y se separan de un modo tan atractivo que es difícil dejar de mirarlas.

Gadma, soñando, se da cuenta de que la Gadma que ve con los ojos de Calibares es diferente de la Gadma a que está acostumbrada. No es lo mismo que verse en un espejo, y no son los espejos quienes la han engañado hasta ahora.

En realidad es difícil saber dónde está el Calibares soñado por Gadma. El suelo que pisa puede ser una parte del pozo, uno de los tantos suelos diferentes que conocimos durante nuestra expedición. Pero también puede ser un pasillo del edificio de oficinas del Centro, sucursal Varanira. Al Calibares soñado le sorprende un poco, pero no demasiado, darse cuenta de que casi no hay diferencias entre un lugar y otro. Si llamamos prisión al sitio que ahora habitamos, también pudimos llamar prisión a los laberintos del pozo, o a los pasajes intrincados del edificio del Centro. Que no lo hayamos hecho es, como se dice en el Centro, pura casualidad.

Al Calibares soñado por Gadma la duda le da sueño, así que se acuesta para dormir y sueña que es Sabrasú, que ve a una Gadma y a un Calibares fantasmales que se duermen a su lado.

Mientras Gadma se observa a sí misma de esta manera propia de los sueños, Calibares, el auténtico, que ha tardado un poco más en dormirse, sueña que es Sabrasú. Durante un tiempo interminable le pasan por la cabeza citas del contrato y de varias Ordenanzas Generales que no creía haber leído nunca. La preocupación del Sabrasú soñado es demostrar que el Centro no actúa sólo por azar; mejor dicho, que la cantidad de azar presente en las acciones del Centro disminuye con el tiempo, en vez de aumentar. Sabrasú siempre necesitó una base sólida para apoyar sus teorías, y por eso su mundo está formado por Ordenanzas y Reglamentos. Si esas Ordenanzas y esos Reglamentos no están a su vez dictados por motivos racionales, y no sirven para arrinconar progresivamente el azar, entonces toda la estructura se vendrá abajo, arrastrando a Sabrasú con ella. Pero cuanto mas piensa el Sabrasú soñado en el asunto, más profundas son sus dudas.

El Sabrasú soñado por Calibares está echado en una terraza del edificio de Varanira, mirando las estrellas. Pero no ve las estrellas, sino la red de poderes e influencias del Centro, que abarca el universo. El Sabrasú soñado imagina unos hilos finísimos que recorren el espacio como una telaraña, y cada uno de esos hilos es una Ordenanza, un Reglamento o un Organigrama del Centro. La araña que construyó todo es la Computadora Central, y su tela atrapa personas, naves, planetas y estrellas sin fijarse en el tamaño, con la misma facilidad, como parte de una rutina invencible. En esas condiciones, al Sabrasú soñado le es imposible demostrar que hay algo más que azar en los procedimientos del Centro: en semejante estructura, llega el momento en que la estadística pierde interés. Si se arroja una moneda un trillón de veces, dará lo mismo haber apostado por cero ó por uno, porque un lado habrá salido tanto como el otro. Por más que cada pequeño accidente quede librado a la suerte, el resultado final será el mismo,

y así es como el Centro consigue cumplir sus objetivos, sean los que sean.

Un ejemplo de esto que preocupa al Sabrasú soñado es el método con que, según dicen, se confeccionan las Ordenanzas. Cuenta la leyenda que en algún lugar del Centro, en una sucursal lejana cuyo nombre nadie sabe, hay una computadora increíblemente poderosa e increíblemente estúpida, que ocupa su tiempo y su velocidad infinitos en combinar letras, puntos y espacios al azar. A cada minuto imprime miles de hojas con su palabrerío informe. De vez en cuando, casualmente, surge un párrafo con sentido, que atraviesa los filtros que otras computadoras interponen. Ese párrafo puede ser parte de una novela inexistente, de un poema escrito miles de años atrás, de un artículo periodístico que se publicará al año siguiente. O puede tener el tono preciso de una Ordenanza. En este caso, una computadora especializada lo archiva, a la espera de otros párrafos que se le puedan unir. Cuando esos párrafos llegan, si llegan, la nueva Ordenanza queda terminada, y lo más probable es que se contradiga a sí misma, o que sea imposible cumplirla. Pero hay millones de Ordenanzas compitiendo y equilibrándose entre sí, luchando por sobrevivir en el camino que va del archivo natal al conocimiento de los agentes del Centro, un camino lleno de más filtros, trampas y callejones sin salida. Las pocas Ordenanzas que sobreviven son las más aptas, las más seguras, y a partir de entonces guían la conducta de la gente.

Al Sabrasú soñado le gustaría saber si este proceso es suficiente para que la entropía disminuya en el Centro, para que haya mas energía que se pueda transformar en trabajo, para que el nivel de azar se reduzca hasta desaparecer en un futuro remoto pero posible. Pero el Consejero no habla de estos temas. Y la Computadora Central, origen de todo, responsable de la creación de esos mecanismos, no da indicios sobre sus intenciones.

De pronto el Sabrasú soñado se da cuenta de que fue Dindir quien le transmitió esas dudas. Antes confiaba ciegamente en la Computadora Central, en el Consejero y en la capacidad de las Ordenanzas para regular todo lo imaginable y lo demás también. Dindir no pudo convencerlo de que la Computadora Central no existe, pero le hizo ver la fragilidad del sistema.

Si estuviera con él, Dindir preguntaría:

—¿Por qué tiene miedo Sabrasú de que aumente el nivel de azar?

—Porque nuestras acciones irían perdiendo sentido —contestaría Sabrasú.

—Yo creo que el nivel de azar se mantiene en equilibrio —opinaría Dindir—. Que no sube ni baja.

—Eso tampoco le gusta a Sabrasú —diría Sabrasú—. Si es así, cada vez que alguien hace algo, otro está deshaciendo algo similar. Cuando uno avanza, otro retrocede. El único objetivo del Centro es, en ese caso, permanecer. Conservarse a sí mismo.

—¿Qué tiene de malo? —preguntaría Dindir.

Después algo distrae al Sabrasú soñado por Calibares, y descubre que es un Calibares soñado y gritón que da vueltas alrededor, hablando de sus descubrimientos. Tiene la espalda encorvada, unos kilos de más repartidos del peor modo posible, y una voz aflautada que estira las palabras hasta romperlas. La visión le resulta molesta al Sabrasú soñado por Calibares. Prefiere volver a concentrarse en las Ordenanzas, pero le da sueño y se duerme.

El Sabrasú soñado y dormido sueña que es Gadma. Sin embargo, esa Gadma está dormida y sueña que es Calibares, que mira la cara, los pechos y las piernas de otra Gadma fantasmal. Así, el auténtico Calibares sueña que es Sabrasú que sueña que es Gadma que sueña que es Calibares. Completado el círculo, el auténtico Calibares ya no duerme tranquilo.

Sabrasú, el verdadero, en cambio, no consigue dormirse, pero se le ocurre pensar cómo sería el mundo si él fuese Gadma. Para empezar, se le cruza por delante un Sabrasú que parece un palo de escoba, con pelos en la frente, la nariz y las orejas, que da la impresión de estar metido en su propia exploración, recorriendo túneles y abismos interiores. Pero para esa Gadma imaginada es más importante descubrir por qué el universo es tan complicado, por qué no puede haber sólo un par de cuestiones fundamentales que, una vez comprendidas, expliquen todo. La Gadma imaginada por Sabrasú quisiera que alguien se sentara frente a ella y contestara a sus preguntas con unas pocas palabras sencillas.

Por eso, Gadma anota todo lo que ocurre a su alrededor, todo lo que piensa ella y lo que pensamos nosotros, y también lo que pensamos juntos. Por eso saca fotografías. Por eso registra los acontecimientos y los guarda en carpetas bien cerradas, para olvidarlos inmediatamente. Es posible que alguna vez su colección de datos guardados y olvidados tome forma propia y pueda explicarle algo. De este modo, Gadma complementa nuestros métodos: mientras Calibares busca y Sabrasú interpreta, ella copia y deja constancias.

Pero además la Gadma imaginada por Sabrasú está pensando cómo sería el mundo si ella fuese Calibares. Y ese Calibares pensado por Gadma está imaginando que él es Sabrasú. La cadena sigue de esa forma durante horas, y al final le resultaría muy difícil al Sabrasú verdadero describir sus conclusiones.

Más tarde, Calibares se despierta sudando. Otra vez hace calor.

—Sabrasú —llama, sacudiendo a Gadma.

—Gadma —llama Gadma, inquieta por las sacudidas.

—¿Calibares? —pregunta Sabrasú, que al final ha conseguido dormirse.

La gente que nos rodea también se está despertando. Podemos ver lo que ocurre porque los más madrugadores ya han encendido los primeros fuegos. Gadma-Sabrasú abre los ojos y se sienta. Sabrasú-Gadma se resigna a no dormir más. Calibares-Calibares se mira las manos, sorprendido de reconocerlas a través de tantos ojos distorsionantes.

—Ojalá el contrato siguiera en vigencia —empieza a decir Sabrasú-Gadma.

—Para tener algo concreto en este caos —sigue Calibares-Calibares.

—Algo contra lo cual protestar, y que no sea en vano —termina Gadma-Sabrasú.

Por lo que sabemos, nuestros sueños deben ser otra experiencia de quienes nos tienen prisioneros. Tardamos un buen rato en deshacer el nudo.

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Firefox 1.0

Acaba de salir Firefox 1.0. Ahora no queda ninguna razón para seguir usando Internet Explorer.

No se trata de una cuestión ideológica, ni “anti Microsoft”. Firefox es un programa mucho mejor, y además gratis.

Algunas ventajas:

  • Bloquea los popups. Basta de ventanas intrusas con avisos indeseados. (Pero si uno los quiere permitir para un sitio en particular, ningún problema.)
  • “Tab browsing.” Se puede abrir varias páginas en una misma ventana (u optar por ventanas separadas cuando convenga). Difícil de explicar como virtud hasta que se lo experimenta, y luego completamente indispensable.
  • Trae Google (y otros buscadores) incorporado a la barra de herramientas. También es mejor la función “Buscar” dentro de una página. Hay que verla para apreciar la diferencia.
  • Incluye un administrador de bookmarks (favoritos) que por fin da ganas de usarlo.

Hay más, incluyendo cuestiones importantes como la mayor seguridad (que no detallé arriba porque es un tema que no puedo describir con precisión).

La desventaja es que hay sitios que están hechos para Internet Explorer, y no funcionan del todo bien con Firefox. Por ejemplo, el diario Clarín. Pero esto debería ir cambiando a medida que Firefox se difunda.

Es en serio. Para muchos de nosotros, el navegador es de lejos el programa que más usamos. Firefox significa una mejora importante en nuestra calidad de vida.

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Otros 20 cuentos muy cortos

1

Sale el sol una vez cada veinticinco años. Brilla un minuto y se va. Medio enceguecidos, se quedan todos discutiendo sobre lo que vieron o lo que les quemó los ojos. La discusión declina (o crece en profundidad, según el punto de vista) durante los siguientes doce años y medio. Luego empieza la cuesta ascendente de otros doce años y medio, hacia el próximo destello: que las leyendas, que las teorías, que antes era distinto, que ahora será distinto, que alguien lo va a fotografiar, que alguien ya lo ha fotografiado, que todo es falso, que no me va a volver a pasar lo mismo.

* * *

2

El primer aviso decía: “Con calma que hay tiempo.”

El segundo aviso decía: “Ahora a paso normal.”

El último aviso decía: “Por tu culpa llegamos tarde.”

* * *

3

Camina sin pisar las rayas. Cruza las calles en línea recta. Se sienta con las manos en las rodillas. Se guarda la basura en los bolsillos. Pide perdón. Pide permiso. Da todos los vueltos. Habla en voz baja. Se acuesta temprano. Tiene documentos. Cierra la puerta cuando va al baño. Cae con gripe una vez por año. Usa edulcorante. Mira las chicas de reojo. Mira libros usados, pero compra nuevos. Usa zapatos. Usa medias. Se afeita. Dejó de fumar. Conoce los nombres de muchos vicios. Puede leer en inglés. Mira televisión. Viajó una vez. Se casó dos veces. Olvida los sueños. Olvidó los sueños. Cierra las cortinas antes de desnudarse. Lleva monedas para el colectivo. Guarda los boletos capicúas. Se ducha. Se corta las uñas. Usa desodorante en aerosol. Silba cuando nadie oye. Habla por teléfono con voz gruesa. Se ríe con todos los chistes. Lee el diario. Llora cuando va al cine. Le gusta el rock. Le gustan las milanesas a la napolitana. Le gusta la primavera. Tiene vergüenza. Va al gimnasio tres veces por semana, dos semanas por año. Le gusta que se acuerden de él. Tiene dos hijos. Los quiere. Tiene cinco dedos en cada mano. Tiene un ombligo que nadie más ve. Tiene poco pelo. Tiene dos peines, uno de ellos en el bolsillo. Tiene un manojo de llaves. Se muere.

* * *

4

Cada día acomoda las macetas del balcón en distinto orden. Desde la ventana de enfrente, sin ser visto, hago un croquis con cada nueva distribución.

Un día, furioso, la llamo por teléfono (ella no sabe que tengo su número, no me conoce).

—Te repetiste —digo con voz tensa.

Al otro lado hay un silencio largo. Finalmente, suspira.

—Idiota —responde—. Ahora tengo que cambiar el código.

* * *

5

Si tuviera que abrir esa puerta empezaría golpeando para saber si alguien responde, y ante el silencio seguiría apoyando la mano en el picaporte, girándolo con suavidad y empujando hasta que el barniz, que debe estar pegado luego de tanto tiempo, se desprenda y permita que el panel de madera barata, un poco arqueado por la humedad, empiece a revelar el aire estancado del interior, muy lentamente porque puede haber cosas que se despierten o, peor aún, que no se despierten, y cuando las bisagras hayan chirriando lo suficiente trataría de distinguir algo al otro lado, en la oscuridad, antes de que algo me distinga a mí en la luz. Pero nada de esto es necesario, porque me permiten seguir de largo.

* * *

6

Cada día hay montañas nuevas. Uno se levanta, abre la ventana y ahí están, relucientes, con un copo de nieve recién caída en la cima, siempre distintas de las montañas del día anterior.

Muy bonito.

El problema es de noche, cuando caen las montañas viejas, cuando se mueven las rocas y la construcción avanza a gran velocidad, justo a la hora en que uno trata de dormir, con todo ese ruido.

* * *

7

Como le dio frío, prendió la estufa. Como le dio calor, prendió el aire acondicionado. Como le dio frío, se puso un pulóver. Como le dio calor, abrió la ventana. Como le dio frío, se tomó un cognac. Como le dio calor, se mudó al otro hemisferio. Como le dio frío, corrió un rato. Como le dio calor, se dio una ducha helada. Como le dio frío, hibernó.

* * *

8

En ese país el gobierno anuncia cada madrugada qué día de la semana será. Uno se levanta si saber si empezará un lunes o un sábado, un viernes o un domingo. Están quienes piden semanas normales, y están quienes prefieren la espontaneidad. Están quienes apoyan la función del gobierno, y están quienes quieren que el pueblo tome las decisiones. Está quien pone siempre el despertador, por las dudas, y está quien no lo pone nunca.

* * *

9

La luna llena gira con rapidez y muestra su lado oculto a quienes tienen la suerte de estar observando. A mí me entra una basurita en el ojo: tengo que bajar la cabeza para frotármelo. Cuando vuelvo a mirar el fenómeno ha terminado, la luna es la que siempre fue y la que siempre seguirá siendo.

* * *

10

Había una sola luz, allá lejos, más o menos en la dirección de la que venía el viento. Lo demás era negro. Se oía el mar y también el golpeteo arrítmico de una puerta entreabierta. En el cielo, una capa espesa de nubes ocultaba las estrellas. Todo perfecto, salvo aquella luz neblinosa, aquella lamparita terca rodeada de halos, aquel punto blanco que quería ser el centro del universo, que obligaba a desviar la vista para mirarla, que impedía pensar, que era origen y final de todas las cosas.

* * *

11

La bruja vestida de negro, con sombrero en punta, nariz ganchuda y verruga llena de pelos, lechuza al hombro, espalda encorvada y diente solitario entre los labios de color violeta, echó algunas porquerías más en el caldero que ya olía a podrido, le pegó una patada al gato, miró el último huesito humano que quedaba en un rincón, se aseguró de que fuera bien de noche, agarró la escoba y pateando cucarachas salió a buscar algún otro chico para comerse en la cena.

Afuera la esperaba una comisión de la Asociación Pro Relatos Infantiles Políticamente Correctos, que con una orden del juez la llevó a un centro de rehabilitación.

* * *

12

—Zanahoria.
—Zapallo.
—Zanahoria, digo.
—Zapallo.

La humedad y el calor atraviesan las paredes. Una gota cae por el exterior del vaso de agua y otra por cada frente.

—No me escuchás.
—Sí te escucho.
—¿Qué dije?
—Sí te escucho.

La luz parpadea pero sobrevive. Afuera no hay luna, o si la hay quedó al otro lado de las nubes. Puede ser que llueva, pero hoy todavía queda techo. Mañana veremos. Todo el mundo está cansado, y más cuando las voces suben y se abren paso por el aire espeso.

—Es a las diez.
—Es a las once.
—No, es a las diez.
—No, es a las once.

Cambia un semáforo en la esquina: de rojo a verde, de verde a amarillo, de amarillo a rojo. No hay nadie en la calle para aplaudirlo. Tampoco se ve a nadie al otro lado de las ventanas encendidas, como si todos fueran fantasmas en el edificio de enfrente.

—Con azúcar.
—Sin azúcar.
—Te digo que con.
—Sin.

Tal vez no haya más que fantasmas, con la energía necesaria para encender una lamparita y mantener una discusión. Las lamparitas son difíciles, vienen de mala calidad. Las discusiones no.

—Después.
—Antes.
—Después.
—Antes.

* * *

13

Sacudía las manos como alas. Sacudía los ojos como garras. Sacudía los pies como granizo. Corría hacia arriba, hasta el último piso, y bajaba silbando entre las ramas de los árboles. Movía la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Hacía ruido de caballo con los labios. Enrollaba las sábanas en un brazo y atacaba las paredes evitando que lo mordieran. Encendía la luz, la apagaba, sacaba las lamparitas para romperlas en el baño. Abría las ventanas de par en par, de dos en dos, para cerrarlas con tres golpes. Fruncía la nariz, fruncía el frunce, se achicaba la cara hasta que dejaran de vérsela. Se agachaba poco a poco, grado a grado, para levantarse de un salto y morder el aire. Quería volar y no podía. Tenía pesadillas.

* * *

14

Los instrumentos muestran que estamos llegando a un planeta desconocido. El capitán tabletea con los dedos en el apoyabrazos de la silla. Estamos en tensión. Ni siquiera parpadeamos. Aquellos entre nosotros con menos experiencia empiezan a sudar. Nos acompaña una música en crescendo, violines espásticos que impedirían oír nuestras voces si se nos ocurriera hablar. Pero lo que nos pone de veras nerviosos es ese ruido, como de granizo y lluvia, al otro lado de la gran pantalla, donde aumenta descontroladamente la velocidad de consumo de pochoclo.

* * *

15

Se levanta el telón. El escenario está a oscuras, mientras la platea sigue iluminada. Todos esperan. No pasa nada. A los pocos minutos arrancan las protestas. A la media hora la gente se empieza a ir. Hay gritos, insultos, silbidos. Piden que les devuelvan la plata de la entrada, pero nadie responde: desaparecieron los acomodadores, los boleteros, los de seguridad. Llaman a la policía y viene un par de patrulleros para sumar algo de ruido. Intervienen un juez, que termina clausurando la sala, y varios periodistas, que hacen preguntas y toman fotos. Más tarde quedan algunos curiosos, pero ya no hay nada que hacer en el lugar. Cuando los últimos se van, los verdaderos espectadores aplauden sin entusiasmo.

* * *

16

Clara separó los dedos y dejó caer la arena en tres cascadas áridas.

—No iré —dijo María, paseando los ojos más allá del horizonte.

Adela se tapó la nariz y la boca con la mano, sin poder ahogar la risa que le hacía cosquillas desde adentro.

Clara pisó con rabia la arena caída y deseó volver a tenerla en su poder.

Marta decidió cooperar, pero nadie se fijó en ella.

—Pueden dejar de insistir —dijo María, cruzando los brazos bien apretados contra el pecho.

Adela se sentó en una piedra, todavía sacudida por fenómenos internos.

Marta decidió no cooperar, pero nadie se fijó en ella.

Mientras tanto, Nora caminaba por el borde, con los puños apretados, a un centímetro de caer para siempre.

* * *

17

El Gran Houdini se hundía rápidamente en un mar con mil metros de profundidad. Llevaba las manos atadas a los pies, los pies atados a la cintura, el cuello atado a las rodillas. Las sogas, a su vez, iban rodeadas por gruesas cadenas de las que tiraba una bola de acero, maciza, con un peso de dos toneladas. Todo, Houdini y las sogas y las cadenas y la bola de acero, bajaba rodeado por una jaula estrecha, un cubo de un metro de lado, hecha con barrotes gruesos y soldados entre sí por expertos insobornables.

—Por fin —pensó el Gran Houdini— una situación de la que no puedo salir.

Y se relajó para disfrutar de la nueva sensación.

* * *

18

Tres de los músicos estaban sentados en hilera, en sillas iguales a las nuestras y a la misma altura, muy cerca de nosotros, los espectadores. Tocaban instrumentos de viento. Detrás de ellos estaba el contrabajista. Unos metros a la izquierda, el pianista. No era la sala principal de un teatro, sino más bien el hall.

Detrás de lo que debía ser la entrada a la sala había otros dos músicos, un poco escondidos para disimular la estridencia de sus instrumentos. Uno de ellos tocaba una especie de trombón combinado con una tuba, pero negro. El otro, curiosamente, tocaba el cello, del que por supuesto no se oía nada.

Cuando la música terminó y los tres músicos de adelante se quitaron los instrumentos de la cara pude ver que eran muy viejos. Los aplausos entusiastas los tomaron por sorpresa y se pusieron a llorar, el de la izquierda con la cabeza apoyada en el del medio, el del medio con la cabeza apoyada en el de la derecha, el de la derecha mirando hacia un horizonte imaginario donde esos aplausos duraban para siempre.

“Qué raro que puedo recordar este sueño”, me decía yo todavía dormido. No suelo recordar los sueños, pero este parecía destinado a permanecer. Y seguramente ese pensamiento, esa idea de estar recordando el sueño cuando todavía no había terminado es lo que me permite recordarlo ahora que saltó hacia mí como uno de esos muñecos con resorte que acechan en las cajas de las películas de terror.

* * *

19

Tengo una idea para una película. El personaje principal, Jack, está obsesionado con un actor famoso, que podría ser Johnny Depp. El tema es que el propio Johnny Depp personifica a Jack, aunque al principio de la película está caracterizado de forma que es imposible reconocerlo.

Jack colecciona películas y fotos de Johnny Depp, y estudia cada pieza una y otra vez hasta saberla de memoria. Con esa documentación aprende a imitarlo: copia los gestos, la forma de caminar, la sonrisa. Ejercita la voz hasta conseguir que sea igual a la de Johnny Depp, en timbre y acento. También busca el parecido físico, que va logrando a medida que la película avanza: compra la misma ropa que el actor, se tiñe el pelo, se cambia los dientes, se opera la nariz. Así, Johnny Depp, el actor que hace de Jack, es cada vez más parecido a Johnny Depp.

Al final, cuando la copia alcanza la perfección, Jack asesina a Johnny Depp y ocupa su lugar.
Aquí termina la película, pero no es todo. El contrato de Johnny Depp debe estipular que durante el resto de su vida actuará de manera sutil y constante como si no fuera el verdadero Johnny Depp, sino Jack el impostor.

* * *

20

La niña corre alegre por el prado, tras una bella mariposa de colores brillantes. Salta la niña hacia aquí, salta hacia allá, atraviesa los altos pastos siguiendo las cabriolas de esa maravillosa criatura que la hipnotiza con su aleteo impredecible. De tan distraída, la niña no advierte que tras unos arbustos hay un profundo barranco. Antes de poder gritar “mamá”, la niña siente que se le resbalan los pies y allá va de cabeza hacia las piedras del fondo, diez metros más abajo.

Sin tomarse un descanso, la mariposa vuelve en busca de la siguiente víctima.

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El buscador de La Mágica Web

El buscador que aparece ahí arriba, a la derecha, es una máquina de sorprender. De todas las formas que imaginé para armar categorías de posts en Mágica Web, el buscador es la mejor. Como la clasificación de los gatos en la China, no tiene lógica, pero maravilla. Aquí van algunas búsquedas, para empezar (¡por supuesto que este post, recién publicado, encabeza los resultados de cada una!) :

Los resultados no son siempre predecibles. A veces ni siquiera es fácil encontrar la palabra buscada. Hay búsquedas que dan cientos de posts como resultados. Otras dan un puñado. La mayoría me hace ver posts que había olvidado mucho tiempo atrás. Me intriga saber cuáles pueden dar un solo resultado.

¿Alguien propone otras búsquedas?

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Ventanas

Foto por Eduardo Abel Gimenez

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Terminó de poner la primera hilera de azulejos

Terminó de poner la primera hilera de azulejos y empezó con la segunda. Once azulejos por hilera en la pared desnuda, unos dos metros de largo. A su espalda, el lavatorio y el espejo. A la derecha, el inodoro. Sobre su cabeza, ahora que estaba agachado junto al lado izquierdo de la pared, cerca de la puerta, una barra blanca para colgar toallas.

Dio tres golpecitos en un azulejo para fijarlo. El ritmo involuntario le recordó una canción de los años setenta, a la manera extraña en que la música suele irrumpir en la conciencia de las personas, y sin querer se puso a silbarla. La canción se asociaba a una novia que había tenido, a una noche conmovedora en que ambos habían aprendido varias cosas. De manera que convirtió el silbido en tarareo, el tarareo en palabras entrecortadas, y llegó a cerrar los ojos por un momento.

Ése fue el error. Demasiada distracción. Cuando volvió a abrir los ojos la pared se había alargado al menos medio metro.

Mientras la canción se perdía en el aire, dejó la cuchara de albañil en el piso y cerró los puños con fuerza. Miró a un extremo de la pared y luego al otro, tratando de contenerlos. La expansión se detuvo, pero ahora había tres azulejos más en la primera hilera, la terminada. Aspiró hondo, parpadeó una sola vez y golpeó los puños cerrados uno contra otro.

Le pasaba cada vez con más frecuencia, esto de distraerse y dejar que las cosas se salieran de carril. Por ejemplo el día anterior, cuando iba manejando y el acelerador cambió de lugar con el freno. También poco antes, cuando las ventanas de la casa empezaron a desplazarse por las paredes siguiendo al sol. Y cuando los ravioles con salsa de tomate se convirtieron en cucarachas ensangrentadas, cuando los vecinos empezaron a hacer ruido a cualquier hora, cuando las estrellas se realinearon en un gran triángulo, cuando la gente empezó a tirar la basura en la calle, cuando los troncos de los árboles se inclinaron veinte grados hacia el sur. Cuando hizo frío en primavera, cuando un avión voló hacia atrás, cuando los bomberos pasaron tres noches seguidas. Cuando el diario trajo la foto equivocada, cuando los pantalones le quedaron cortos, cuando los chicos de la escuela dejaron de gritar. Cuando el repartidor de pizza rechazó la propina, cuando las baldosas se hundieron bajo sus pies, cuando llovió sin nubes. Cuando el tren llegó tarde, cuando el televisor se dio vuelta para enfrentar la pared, cuando los perros de al lado ladraron toda la mañana. Cuando dejó de necesitar anteojos, cuando el teléfono sonó y no era nadie, cuando el ascensor anduvo hacia el costado. Cuando aparecieron los semáforos, cuando los libros se hicieron caros, cuando la harina se puso blanca.

Había podido controlar muchos de estos eventos. Pero otros se le habían ido de las manos, hasta extenderse por el mundo y, de alguna manera, convencer a los demás de que eran normales. Ahora, sin ir más lejos, si no se concentraba al límite de su capacidad, no sólo podía seguir el ensanchamiento de la pared sino que había riesgos de que se propagara a otras paredes, otros edificios, a la ciudad entera.

Abrió los puños, apoyó las palmas en el cemento e hizo algunos movimientos que sólo él conocía. No estaba seguro de que fueran útiles, pero se había acostumbrado a repetirlos, necesitaba el ritual para mantenerse en foco. Así, lentamente, redujo la pared en el ancho exacto de un azulejo, luego dos, y por último los tres que se habían sumado. Entonces bajó los brazos y se relajó. Le dolía el cuello por el esfuerzo. Inició un movimiento circular de la cabeza, primero hacia abajo, luego hacia la derecha, hacia arriba y atrás. Y ahí, cuando los ojos apuntaron a lo alto, se quedó quieto, mientras el sudor frío le llenaba la frente.

El techo se había ido a siete metros de altura.

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El sitio ha sido diseñado sin imágenes

“[E]l sitio ha sido diseñado sin imágenes, animaciones, ni ventanas secundarias; con textos que guían al lector en las diferentes secciones y una diagramación de navegadores y enlaces para que puedan recorrer el sitio de una forma mucho más amigable.”

“[E]l sitio presenta tipografías un 40% más grande [sic] que el sitio tradicional, con la posibilidad de aumentar aún más este tamaño. Además, los colores fueron llevados al máximo contraste, de forma tal que pueda ser leído de manera más cómoda.”

Así presenta el diario La Nación su nueva variante online, La Nacion Line Sin Barreras, orientado en principio a “personas con dificultades visuales”.

Lo maravilloso de la situación es que el nuevo sitio es mejor para todos los usuarios. Baja mucho más rápido (y es más rápida la navegación entre artículos), no tiene cosas que molestan, no tiene publicidad, se lee con menos cansancio para los ojos.

Si alguna vez ponen publicidad, supongo que será sólo texto, como el excelente ejemplo que viene dando Google en sus resultados de búsquedas.

Y también podrían poner alguna foto, grande y atractiva, con un adecuado texto alternativo para quienes no la puedan ver. (Ya hay una imagen, innecesaria: el logo del sitio y su slogan. Tiene un texto alternativo bien pensado.)

La noticia llegó ayer. Hoy ya cambié la dirección que visito cada día.

Ahora falta que hagan lo mismo todos los demás sitios de noticias. Y que en vez de decir que es para “personas con dificultades visuales” digan que es, simplemente, para personas.

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Más ventanas

Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
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Ventanas

Foto por Eduardo Abel Gimenez Foto por Eduardo Abel Gimenez
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Vuelvo a casa en el 151

Vuelvo a casa en el 151, de noche, después de charlar con mi amigo Douglas sobre esas cosas de la vida que tienen por precio, justamente, la vida. Hemos tomado un tinto pasable. Dos tintos pasables.

*

Las ruedas del colectivo hacen ruido de lija en la calle húmeda. Está nublado y lluvioso, tras un día de sol. Puedo quedarme dos horas sentado aquí junto a la ventanilla, siempre y cuando el tiempo afuera deje de transcurrir.

*

Empiezo a mirar ventanas. Me pasa a veces. Hay tantas ventanas, todas diferentes. Y detrás de cada una vive alguien, también diferente. El colectivo dobla bruscamente y un reguero de ventanas pasa frente a mis ojos fijos. Una de un primer piso se queda guardada aquí adentro: al otro lado está oscuro y vacío, y mientras la ventana pasa, por detrás veo pasar otra ventana, una ventana opuesta, contraria, luminosa.

*

Hay que moverse. Hay que bajar. Recuerdo la primera vez que me dolieron las rodillas al bajar del colectivo. Estoy llegando y eso también es bueno. De estos últimos minutos hay apenas un rastro vago, pensamientos que no termino de definir y que seguramente no llevan a ninguna parte.

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Tal vez queden tres segundos

Tal vez queden tres segundos, pero todavía no lo sé. Está nublado. El portero dijo que va a llover. Sin embargo, hace un rato vi un retazo de azul hacia el sur. Puede ser que venga algo de viento y barra las nubes y el calor. Camino junto a la pared, esquivando las baldosas flojas. Unos metros más adelante, dos policías aburridos charlan. La pared es gris, rugosa. Está cubierta de inscripciones, firmas, nombres, un ecosistema de aerosoles que lucha por un fragmento de superficie. Un poco por encima de mi cabeza está la primera hilera de ventanas, todas opacas, altas, vacías. La vereda es angosta. No hay árboles.

Dos segundos. Una chica en uniforme de colegio viene en dirección contraria. Camina rápido, imitando los movimientos de FTV. Los policías vuelven la mirada hacia ella, sin interrumpir la frase que están diciendo. Se oye el ruido del motor, fuerte, agresivo, pero todavía no nos damos cuenta. Llevo las manos en los bolsillos. La derecha rodea la cámara, la izquierda el celular. La campera está pesada, con tanta electrónica en su interior, y eso sin contar los documentos, las llaves, los papeles inútiles.

Un segundo. Ahora es cuando empezamos a sospechar. El motor se impone sobre todo lo demás, acompañado por un aullido de neumáticos. La chica de uniforme mira hacia su derecha, yo miro hacia mi izquierda, los policías se callan. La pared no hace nada. Sigue nublado, la lentitud de los cielos no llega a resultados con la rapidez de los humanos. Alguien grita, fuera de este reducido grupo de personajes en los que he venido pensando. Cada corazón late una vez más.

Cero segundos. El ruido no ha tenido tiempo de llegar cuando la luz nos atraviesa.

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Sueño

Soñé que entraba a trabajar en el Buenos Aires Herald. Era una oficina chica, tal vez de seis metros por cuatro, con tres escritorios. Paredes grises, sin ventanas, luz de tubo fluorescente. Había un escritorio de madera contra la pared del fondo, donde trabajaba el amigo que me había llevado, alguien a quien no conozco fuera del sueño.

Mi escritorio estaba en medio de la habitación, no se apoyaba en ninguna pared. Era de esos metálicos, angostos, con tapa de formica, polvoriento. Yo estaba entusiasmado. Me senté frente a la máquina de escribir (computadoras no había), puse una hoja en blanco y teclée prolijamente un encabezado: “Buenos Aires Herald.” Las letras salían como en el título del diario.

Tenía que esperar a que me dieran trabajo, artículos para escribir, algo. Era muy lindo estar ahí, pero me daba un poco de nervios. Tal vez por eso, por los nervios, sentí ganas de ir al baño. Le pregunté a mi amigo dónde estaba, y me señaló una puertita a mis espaldas.

El baño era un asco. Las paredes marrones tenían ese aspecto típico de ciertos baños de bar, que da la impresión de que están cubiertas de mocos. Había una piletita roñosa, un espejo en el que era mejor no verse, una lamparita de veinticinco que colgaba sobre el espejo y un inodoro. El inodoro era más bien chico, redondo, y tenía una tapa de madera clara. Por encima, en la pared, había un enorme agujero cubierto a medias con una tabla malamente claveteada. La tabla estaba llena de inscripciones, casi todas en letras rojas. Podía leer lo que decían, pero no entenderlo: paradójicamente se me ocurrió que debían estar en inglés, idioma del que yo no tenía la menor idea.

Las dos tapas del inodoro estaban bajas, así que me incliné a agarrarlas por los lados con ambas manos, usando las puntas de los dedos. Mojadas y sueltas: las dos desgracias a la vez. Me quedé inmóvil en esa posición, la espalda encorvada hacia adelante, los brazos bien extendidos, con las tapas en las manos húmedas, pensando qué hacer a continuación.

Entonces me desperté. Abrí los ojos a la cama vacía, porque mi mujer había ido al baño verdadero, al nuestro, a esa prolija combinación de cosas blancas. Eran las cinco, hora puntual del insomnio. Tuve una sensación de pérdida como si en el sueño hubiera vuelto a los veinte años.

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Justo hoy no hay diarios

Justo hoy no hay diarios.

Justo hoy que me desperté demasiado temprano, con frío, y después de un rato largo frente al monitor miro por la ventana y veo que todavía no amaneció.

Justo hoy que es feriado, un día raro en medio de la semana, un preludio de este viernes en que nadie va a comprender del todo lo que pasa.

Justo hoy que estoy saliendo del mareo de las noticias recientes y puedo marearme con otras, más nuevas.

Justo hoy que me puse el buzo bordó, que todavía me entra, algo que podría llamarse un “golpe de color”, y para lo cual no sirve tomar agua ni ponerse a la sombra, porque no hay remedios conocidos.

Justo hoy que pensé en contar aquí una anécdota de mi adolescencia, y después me di cuenta de que no tenía ganas.

Justo hoy que hay un globo en el piso de esta habitación, un globo blanco, con forma de huevo, que mi hijo trajo ayer del cumpleaños de una compañera de la escuela y abandonó aquí porque siempre me deja algún recuerdo.

Justo hoy que hay una luz prendida allá en el edificio blanco, una sola entre todas las ventanas, al otro lado de un vidrio esmerilado.

Justo hoy que tengo el plan heroico, ambicioso, tantas veces postergado de llevar el auto a cargar nafta.

Justo hoy que tengo esa sensación rara en la punta de los dedos, algo como electricidad o una amplificación del sentido del tacto, que no me deja tocar algunas telas, que me hace insoportable el contacto con el pelo, que pide superficies lisas como por ejemplo estas teclas.

Justo hoy que no tengo horarios pero igual miro el reloj, que no tengo apuro pero igual me impaciento.

Justo hoy que es tan otoño.

Justo hoy no hay diarios.

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Estoy en Castelar

Estoy en Castelar, esperando el 136 para volver a casa, hace treinta años. Acabo de salir de lo de mi novia, a las diez o las once de esta noche de invierno. La calle está vacía: ni autos, ni peatones. Hace frío en la parada del colectivo, así que tengo que moverme, patear el piso, apretar las manos en los bolsillos.

Hay pocas luces, tan débiles que no generan sombras. Sé por experiencia que cuando el colectivo aparezca se verá como un fuego artificial, una calesita, un OVNI apurado a tres o cuatro cuadras de distancia. De todas formas mantengo la mirada fija en ese rincón de la calle, apenas visible, de donde saldrá la bestia.

Pero no es el 136 lo que aparece. Viene un auto a toda velocidad. Sólo veo los faros, y eso durante un segundo, menos de un segundo, porque el auto pierde la dirección, da una vuelta sobre sí mismo y se estrella contra un árbol. Es un movimiento rápido, de izquierda a derecha, un rayo fulminante que se acaba mucho antes de que el ruido llegue a mí.

Estiro la cabeza hacia adelante, como para ver mejor. Ya no hay movimiento. Los faros del auto se apagaron. Tampoco hay ruido. En realidad ya no veo nada en ese lugar que queda tal vez a doscientos metros de mí. Parpadeo una vez. La calle sigue vacía. Parpadeo de nuevo. No se abre ninguna puerta, nadie sale a la calle, nadie se asoma por las ventanas ni grita ni llega corriendo ni enciende una luz para que todos podamos ver. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. La noche de invierno sigue su curso como todas las noches.

No estoy seguro de nada. Doy un paso o dos sobre el pavimento, pero tampoco desde ahí se ve lo que pasó. No viene nadie, no va nadie, no existe nadie más que yo en ese lugar, echando vapor por la boca, tal vez con un cigarrillo encendido en la mano, forzando los ojos para que miren donde no hay qué mirar.

Abandono la parada en dirección contraria al accidente. Camino hasta la esquina, y antes de doblar miro hacia atrás por encima del hombro. Sin novedad. Sigo caminando por el mundo vacío. Llego a la otra esquina, cruzo la calle y vuelvo a mirar hacia atrás. Media cuadra después hay otra parada. Me quedo allí, con la respiración agitada, esperando que el simple transcurso del tiempo cambie la historia. Hasta yo mismo llego a creer que vengo de otro lado, que si había algo para ver allá en la parada anterior yo no lo vi porque venía de otra dirección, o estaba todo el tiempo aquí.

Un minuto después aparece el circo sobre ruedas, el 136, como siempre, doblando por esa misma esquina que ahora niego haber doblado. Le hago señas. Para, subo, saco boleto. El colectivero está tranquilo, aburrido. No dice nada. Recorro el pasillo hacia al fondo. Nadie me mira. Los pocos pasajeros están sumergidos en sí mismos, pegados a las ventanillas, arropados en sus abrigos. No les ha ocurrido nada especial en los últimos minutos, ni tal vez en los últimos días, o meses, o en toda la vida.

Me siento atrás de todo. El ritmo de mis latidos se empieza a normalizar. Lentamente, con los años, me convenzo de que fue un sueño.

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En la cocina de mis padres hay dos ventanas

En la cocina de mis padres hay dos ventanas que dan a un espacio lateral entre edificios. Al otro lado hay unos metros de jardín, un retazo de calle, otros edificios en hilera hasta lo que debería ser el infinito pero es sólo un par de cuadras más allá. Viven en el quinto piso.

Los vidrios de las ventanas son casi espejos cuando se los mira desde afuera. Desde adentro tienen un tono ahumado, con la virtud de apaciguar el mundo. Cuando las ventanas están cerradas, el exterior se ve más tenue, más amable, más tranquilo. Hasta los ruidos llegan amortiguados. Luego de un rato el color marrón claro empieza a parecer dorado.

Las cortinas tienen un estampado blanco y rosa, que por suerte hace juego con las puertas de la alacena. Vienen de Ramos Mejía, muchos años atrás, pasando por el otro departamento que mis padres tuvieron en Palermo. Esas cortinas conocieron ventanas de todos los colores.

Mi madre siempre pregunta si abre un poco porque hace calor, o si cierra un poco porque hace frío, o si abre un poco para que entre más luz, o si cierra un poco para evitar tanto sol. Mi padre pela su naranja con dedicación, como si aún estuviera aprendiendo la técnica que usa desde que tengo memoria.

Hablamos de médicos y de la historia de Ramos Mejía. Comemos pollo al horno. El tiempo sigue avanzando y no regresa, como si él también atravesara un vidrio casi espejo, de esos que no devuelven toda la luz que dejan pasar.

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