El fondo del pozo – 3

El fondo del pozo

3

“Todo se mueve. Si usted se queda quieto, verá pasar su propio cadáver. Elija. Seguir la corriente no es lo mismo que dejarse llevar.”
(Consejero, 0:23:57)

Con más experiencia hubiéramos tenido otra actitud, pero era nuestra primera expedición, y había que aprender sobre la marcha. Hasta entonces habíamos llevado una vida tranquila de empleados administrativos, copiando números a mano porque las computadoras estaban ocupadas en otra cosa, barriendo pisos porque el personal de maestranza no tenía tiempo, manejando planillas según procedimientos establecidos siglos atrás, sin conocer su sentido ni importancia. Algo muy diferente de lo que enfrentábamos ahora, con otra clase de riesgos y otra clase de respuestas posibles.

En aquella época ingenua lo único que pedíamos era que todo siguiera igual. La mayor parte del tiempo la oficina era un lugar suficiente para contenernos, un rincón protegido para que Sabrasú edificara sus teorías, Calibares planeara excursiones que nunca llevaría a cabo, y Gadma registrara todo en su memoria de papel. Consultábamos cada día al Consejero, meditábamos sobre sus recomendaciones, y volvíamos a zambullirnos en la marea de formularios a medio llenar.

Cuando la oficina no bastaba salíamos a los pasillos del edificio, un universo tan grande como lo que se puede esperar de cualquier universo, a reunirnos con habitantes de otros rincones iguales al nuestro. Todos aparecíamos con un paquete de planillas bajo el brazo y la cabeza llena de ideas. Nos encontrábamos por casualidad en un salón del Centro o en un bar del Centro y discutíamos sobre el azar y la Computadora Central, sobre nuestros trabajos y sobre los trabajos desconocidos que estarían haciendo otras personas en otras sucursales del Centro. Esas discusiones eran tan capaces de ponernos a prueba como la más audaz de las expediciones que diseñaba Calibares y que jamás llevábamos a la práctica, o por lo menos eso creíamos. Cuando surgía una teoría realmente nueva sobre el funcionamiento del Centro, que se oponía a todas las conocidas, el revuelo sacudía hasta los cimientos del edificio, y salíamos disparados en todas las direcciones a buscar pruebas para confirmarla o refutarla. Nunca encontrábamos nada definitivo, porque el Centro sabe guardar sus secretos, pero el simple deporte de buscar era suficiente. No nos preocupaba si la nueva teoría seguía el camino de las viejas, perdiendo brillo y consistencia con el paso de los días, hasta que otra teoría venía a reemplazarla, del mismo modo en que no nos preocupaba dejar de lado cada proyecto de Calibares. Era parte de las reglas del juego, y en esa época, antes de convertirnos en exploradores, mucho antes de caer en este lugar donde un loco se pone a hablar de las gotas vivas, creíamos que ese juego era el único posible.

No sabíamos para qué servía nuestro trabajo, pero si lo hacíamos estaba claro que el Centro lo necesitaba. El Centro no suele dar explicaciones. Es inútil buscar un sentido a las pequeñas acciones, los deberes cotidianos; en el organismo del Centro cualquier agente es una enzima ciega que sólo sabe catalizar la conversión de algo en otro algo apenas distinto, sin enterarse jamás de que esa transformación tenga consecuencias. Como dice el Consejero, 9:44:85: “El tamaño es el mensaje. Lo pequeño habla de cosas pequeñas. Lo grande de cosas grandes. Mídase. Los centímetros que cuente en su cuerpo son lo que usted comunicará durante toda su vida.” Pero confiábamos en que nuestro papel ayudaba al Centro a mover las estrellas y los planetas. En todo caso, ahora, en Guirnalda, no estábamos mejor, porque tampoco comprendíamos la utilidad de sumergirnos en el pozo, y sin embargo íbamos a hacerlo.

Por encima de todo, en la oficina nos sentíamos seguros. Teníamos techo, nos daban de comer, había lugar para nuestros pensamientos de enzima. Y de pronto nos había llegado una orden para presentarnos en el puerto más próximo. Ese día, por primera vez en muchos años, dejarnos el trabajo sin terminar, cambiamos la rutina establecida, salimos del edificio aunque era lunes y subimos al tren que lleva al puerto haciendo cálculos e hipótesis distintas de las que nos habían ocupado hasta entonces. Conociendo algo del Centro como creíamos conocer, lo más liviano que debíamos esperar era un traslado imprevisto. Quedaba por saber qué clase de traslado, y si se debía a un alza de nuestro karma o a una baja. Por de pronto, y como medida de precaución, supusimos lo peor. Si las mutaciones biológicas son casi siempre desfavorables, es muy probable que una mutación en el Centro resulte fatal.

—La culpa es de Sabrasú —dijo Gadma en el tren—, que anda siempre haciendo preguntas, buscando explicaciones, como si el Centro tuviera que justificarse, o una hormiga reclamara el derecho de cuestionar al hormiguero.

—No —dijo Sabrasú—. La culpa es de Calibares, que pasa el tiempo pensando en pasillos que no le pertenecen, metiendo la nariz en los rincones, planeando excursiones a lugares a los que nadie lo invitó.

—No —dijo Calibares—, la culpa es de Gadma, que no sabe hacer nada mejor que poner por escrito nuestros pensamientos y nuestros descubrimientos, para que nada se pierda, sin darse cuenta de que todo se transforma y sus papeles nos pueden comprometer.

En realidad, la culpa podía ser de Dindir, que también se las había ingeniado para apartarnos de la rutina, entrando en nuestro mundo como un elefante enloquecido y saliendo de nuevo sin dejarnos siquiera la posibilidad de descubrir qué se había roto. O tal vez no hubiera culpa, sino un fluir de acontecimientos que no sólo no podíamos prever sino que pertenecían a un nivel de existencia inalcanzable para nosotros.

Así llegamos al puerto, sin ponernos de acuerdo, y una vez allí nuestra comprensión de lo que ocurría no mejoró. En cuanto nos vieron llegar, nos hicieron firmar el contrato sin darnos tiempo para leerlo, nos metieron en la nave y nos lanzaron a un universo desconocido, mayor y al mismo tiempo más pobre que el otro.

Sabíamos que ése es uno de los métodos favoritos del Centro, si se puede hablar de métodos, pero no habíamos imaginado que nos pudiera tocar a nosotros. Durante los primeros días a bordo sólo fuimos capaces de mirarnos las caras y rogar para que la broma terminara pronto. Ni siquiera pudimos consultar al Consejero, porque en el apuro lo habíamos olvidado: un error grave, que nos privaba del apoyo más importante.

Mientras tanto, la nave seguía su curso a toda velocidad. No podíamos influir en ella, porque estaba programada de antemano, y en todo caso no hubiéramos sabido cómo hacerlo. Era nuestro primer viaje fuera de Varanira. Más todavía, era la primera vez que veíamos una nave espacial. Nos amontonábamos ante la consola de mando, donde se encendían y se apagaban luces pequeñas y alarmantes, oíamos los suspiros y los crujidos que cada tanto delataban el funcionamiento de la maquinaria, mirábamos las estrellas en la superficie de la pantalla y las estrellas no nos decían nada.

Después empezamos a leer y releer el contrato, lleno de cosas nuevas y sorprendentes, y a revisar la biblioteca de la nave, de donde surgían datos que nunca habíamos soñado. Y así fuimos descubriendo que el Centro nos había cambiado de categoría. Éramos auténticos exploradores, incluidos en el Sorteo, y un planeta llamado Guirnalda con un pozo lleno de leyendas nos esperaba al final del viaje.

—Lo que no dicen en ninguna parte —observó Sabrasú—, es si se trata de un premio o de un castigo.

—Para el Centro ambas cosas pueden ser lo mismo —dijo Gadma.

—Entonces pensemos que es un premio —dijo Calibares.

A partir de ese momento la travesía se dividió en dos etapas: durante la primera pasamos el tiempo estudiando el material de la biblioteca, aprendiendo de memoria las leyendas sobre el pozo de Guirnalda y nuestros nuevos deberes; durante la segunda terminamos de convencernos de que habíamos tenido suerte, de que una situación tan absurda no podía responder sólo a lo que decían los pápeles. Y así habíamos llegado a Guirnalda creyendo que el Centro nos había favorecido graciosamente, como si eso pudiera ocurrir alguna vez. Tras un aterrizaje automático y perfecto, habíamos comprado el equipo más inadecuado que existía: ropa de verano, anteojos de sol, crema para las manos; y habíamos pasado los mejores momentos que podíamos recordar, hasta que el mismo pozo nos hizo ver quién se había equivocado en realidad. Nuestra única excusa era que no teníamos al Consejero para que nos ayudara a ver mejor.

Ahora estábamos junto a la boca del pozo, y teníamos que poner en práctica nuestra supuesta habilidad de exploradores.

—Pero es un pozo como cualquier otro -dijo Calibares, alejándose de la valla—. Tal vez lo exploremos en un par de horas.

Sabrasú puso una mano sobre el hombro del poblador.

—¿A cuánto dijo, la soga?

Volvimos a la puerta del depósito, decididos a comprar el equipo necesario, y esperando que los pobladores nos asesoraran. Pero no tuvimos que decir nada, porque estaban ansiosos por vender. Además, daba la impresión de que se turnaban, porque en cuanto pagamos la soga y el vendedor se encerró en su casa, salió una mujer con otra llave de madera y un cuenco en la mano.

—Prueben —dijo, acercándonos el cuenco.

—Buenas tardes —dijo Calibares, que a pesar de todo no dejaba de saludar—. ¿Qué es?

—Mi especialidad —dijo la mujer—. Prueben.

El cuenco estaba lleno de un líquido gomoso, parecido a la savia. Al ver que dudábamos, la mujer se lo llevó a la boca y tragó una parte del líquido. Primero vimos dos dientes amarillos, y luego una lengua roja que lamía los labios con placer.

Calibares era nuestro guía y tenía que mostrarse decidido, así que antes de pensarlo dos veces agarró el cuenco y probó su contenido.

—Muy bueno —dijo después, poniendo una cara a la que había que creerle.

—Cinco tragos por día bastan —dijo la mujer—. Lo más liviano en alimentos —volvió a mostrar sus dientes amarillos—. Diez kilos les alcanzarán para treinta días, y los van a necesitar. Muy barato, además.

La amenaza de pasar un mes dentro del pozo no nos gustó, pero la mujer tenía la misma habilidad del hombre para convencernos, y compramos. La mujer trajo del depósito un par de odres, cada uno con cinco kilos del líquido, y se fue corriendo con el dinero. Apareció un chico, sin llave, con la cara sucia y los ojos entrecerrados, como si hubiera estado mucho tiempo en la oscuridad.

—Tengo el plano —dijo.

—Buenas tardes —dijo Calibares, mientras Gadma se empezaba a reír—. ¿El plano de qué?

—Del pozo —el chico estaba sorprendido de nuestra ignorancia—. ¿De qué otra cosa se puede tener un plano?

Gadma había cambiado la película de su cámara, y estaba otra vez sacando fotos. Sabrasú se inclinó junto al chico y le pidió que nos mostrara su plano.

—Lo tengo que dibujar —dijo el chico—. Le vendí el último ejemplar a la expedición de ayer.

Nos miramos.

—No sabíamos —dijo Sabrasú.

—Que ayer hubo otra expedición —siguió Gadma.

—¿De dónde venía? —preguntó Calibares.

—Todos los días hay expediciones —dijo el chico—. A veces tres juntas. Yo qué sé de dónde vienen —hizo una pausa para pensar—. Supongo que del Centro.

La información era importante, seguramente más de lo que el chico podía imaginar. Sabíamos, por Dindir y por relatos dispersos que nos habían ido llegando, que el Centro jamás envía dos expediciones al mismo lugar. De algún modo, las distintas sucursales parecen ponerse de acuerdo para no encimar sus regiones de influencia: sin duda, es una tarea de la Computadora Central, aunque Dindir preferiría hablar de la ley del mínimo esfuerzo, y hacer algún paralelo con la biología. Tal vez el chico estaba equivocado. Si no, debía haber algo en el pozo que justificara ese interés extraordinario. En todo caso, nos sentíamos un poco molestos por la noticia.

—El Centro —dijo Gadma.

—Debió informarnos —siguió Calibares.

—Que no somos los únicos —terminó Sabrasú.

—¿Y ustedes por qué hablan así? —dijo el chico.

No era momento para ponernos a explicarle. Finalmente, fue Calibares quien nos sacó del dilema, con un pensamiento suyo, no compartido por los tres.

—Está bien —dijo—. Tampoco sabíamos que la montaña estuviera habitada —alzó los hombros—. Si el Centro no lo puso en el contrato ni en la biblioteca es porque no debía ponerlo. Ya veremos a qué se debe todo esto.

—Bien dicho —aseguró el chico, alzando los hombros como Calibares—. Y por lo que veo, no siempre hablan así.

Hacía un rato que Gadma había dejado de reírse.

—¿Dónde está la expedición de ayer? —le preguntó al chico.

El chico volvió a alzar los hombros.

—Ahí abajo, me imagino. Donde están todas.

—¿En el pozo? —preguntó Sabrasú.

Antes que el chico pudiera contestar se oyó un silbido que venía de las casas.

—Esperen un segundo —dijo el chico, y se metió corriendo en una construcción pequeña y sin ventanas. Nos llegó el ruido de un golpe y un grito. Después el chico volvió a salir, agarrándose la cabeza con las manos. Había cambiado de actitud. Cuando llegó donde estábamos nosotros parecía a punto de llorar—. ¿Quieren el plano o no? —dijo.

—Primero queremos que contestes nuestras preguntas —insistimos.

—Lo único que sé es vender planos —dijo el chico—. ¿Me voy, o piensan comprar?

—Compramos —aceptó Calibares en nuestro nombre.

El chico levantó una ramita del suelo y nos la mostró.

—Con esto puedo dibujar en la tierra —dijo—. Pero ustedes tienen que pagar primero.

Un rato más tarde nos habían convencido de dejar los burros en el interior de un corral, y teníamos cantimploras compradas a los pobladores, una linterna comprada a los pobladores, y un hueso muy raro en forma de X, enhebrado con cuentas de colores en un collar que Gadma se colgó del cuello, comprado a los pobladores con la promesa de que lo íbamos a usar en el momento menos pensado. El plano había sido el único gasto inútil, porque no habíamos entendido nada, y el chico había desaparecido de la vista antes de que pudiéramos pedirle más explicaciones. El collar, por lo menos, le gustaba a Gadma.

Cuando terminaron de vendernos todo lo que quisieron, salieron uno tras otro de sus casas y se reunieron alrededor de la boca del pozo. Tuvimos la impresión, al verlos juntos por primera vez, de que habíamos sido víctimas de un operativo comercial planeado cuidadosamente. Algunos todavía estaban contando el dinero que habíamos pagado por sus artículos.

—Menos mal que el Centro cubre los gastos —dijimos.

En realidad, aunque nuestro nuevo equipo iba a servirnos, no era lo que habíamos imaginado. Ante la posibilidad de un descenso largo y difícil nuestra fantasía galopaba, y nos hubiera gustado tener mochilas autopropulsadas, cinturones antigravitatorios, cabinas inflables, computadoras, radar, cascos de entretenimiento, trajes monomoleculares, y un montón de otros artefactos que no sabíamos si existían o no, pero que seguramente resultarían útiles. De todos modos no podíamos quejarnos, porque las condiciones de nuestro trabajo anterior habían sido las mismas: rodeados por la tecnología más moderna, estábamos condenados a usar elementos prehistóricos. Y la costumbre nos había hecho creer en la justificación del Centro para ese estado de cosas: cuanto más complejo es el instrumental que se usa, más componentes pueden fallar: un lápiz es más confiable que una máquina de escribir electrónica.

Junto al pozo, las madres trataban de alejar a sus hijos de la valla, mientras los hombres nos miraban y un par de viejas hacían gestos complicados con las manos, que debían tener algún significado religioso, como todo acto incomprensible de una cultura primitiva. Todos llevaban puesta la misma sonrisa, hasta los chicos, como si los hubieran entrenado en algún curso de ventas.

Era evidente que esperaban que empezáramos ya mismo a descender por el pozo. Nos acercamos a un viejo con cara de sabio y una cicatriz en la frente.

—Bajaremos mañana al amanecer —le dijimos—. ¿Dónde podemos pasar la noche?

El viejo sacudió la cabeza y movió las manos en un gesto de pesadumbre.

—Lo lamento —dijo—, pero no podemos hospedarlos. Deberán partir ahora mismo, antes que oscurezca.

—No tenemos por qué apurarnos —contestamos—. Preferimos dormir entre las rocas, si es necesario, con tal de empezar la tarea bien descansados.

—Encontrarán mejores comodidades en el pozo —dijo el viejo. Al ver nuestras caras de asombro, agregó: —Hay lugares ideales para dormir, protegidos de las inclemencias del tiempo.

Nos tocó a nosotros sacudir la cabeza.

—Mañana —insistimos.

El viejo con cara de sabio nos miró uno por uno, y no pudimos dar media vuelta para juntar nuestras cosas y ver dónde pasaríamos el resto de la tarde. Con su mirada y su sonrisa a medias, le bastaba para obligarnos a escucharlo un poco más.

—Un momento para cada cosa, y cada cosa en su momento —dijo—. Si hay algo que todos debemos respetar, es la correspondencia precisa entre el transcurso del tiempo y el transcurso de nuestras acciones —dejó de sonreír y miró hacia el pozo—. El pozo está abierto, dispuesto a recibirlos. Nos ha dado señales, y pronto llegará la señal decisiva. Ustedes mismos la presenciarán. No osen desafiar al orden universal ni al espíritu del pozo rechazando su invitación.

Nos quedamos unos segundos en silencio. El viejo volvió a mirarnos, y el pozo seguía eructando su olor metálico y caliente.

—Hay algo parecido en el Consejero —dijo luego Sabrasú—. 29:18:43: “Un reloj bien ajustado está en armonía con el universo. Se mueve al compás del equilibrio cósmico. No actúa de más ni de menos. Sea un reloj bien ajustado. Actúe en el momento exacto. Ni antes, ni después.”

Silencio, otra vez. La acción correcta en ese momento preciso hubiera sido dar media vuelta, correr montaña abajo, atravesar los sembradíos hasta la ciudad, aprender el modo de poner en marcha la nave y escapar de Guirnalda para siempre. Pero no podíamos saberlo. El Consejero no lo prohibía, pero, como siempre, se podía interpretar de distintos modos. Y el viejo de la cicatriz en la frente nos tenía bajo su control.

Juntamos nuestros bultos y los arrastramos hasta la valla.

—Lo mejor es que se vayan de a uno —dijo el viejo—. El primero se ata a la soga y…

—Y los demás lo bajan de a poco —siguió Calibares, que parecía ofendido por la repentina intromisión del viejo en su papel de guía—. Después se recupera la soga, y le toca a otro.

El viejo movía la cabeza de arriba abajo, sin dejar de sonreír. La cicatriz se le puso roja. Pero la tensión de un momento antes había desaparecido: ahora teníamos una tarea precisa por delante, y todo lo que importaba era dar los pasos necesarios para llevarla a cabo.

—Los bultos van al final —agregó el viejo, y esta vez Calibares optó por ignorarlo—. Luego soltamos la soga, para que puedan usarla de nuevo.

Calibares dijo algo que nadie llegó a oír, y ató una punta de la soga a la valla.

—Como guía —dijo, pronunciando con cuidado la palabra “guía” y señalándose a sí mismo—, el primero será Calibares.

Armó una especie de arnés con la otra punta de la soga, según la técnica aprendida en la biblioteca de la nave, se lo calzó alrededor de los hombros y la cintura, y se asomó al borde.

—Cuando llegue —dijo—. Calibares les avisa con un grito.

Gadma no tenía apuro, y Sabrasú tampoco, así que no dijimos nada. Nos pusimos los guantes que también habíamos comprado a los pobladores, agarramos la soga y nos preparamos para descolgar a Calibares.

—No, todavía no —gritó una de las viejas que habían estado haciendo gestos.

—Escuchen —dijo el viejo de la cicatriz—. La señal anunciada.

Nos quedamos todos quietos, los aldeanos también, y prestamos atención. Se oía la brisa entre las rocas, y a nuestros burros que no conseguían habituarse al corral. . Gadma estaba tensa, esperando otro trueno. Sabrasú, que de golpe tenía cara de estar muy preocupado, abrió la boca para decir algo, pero el viejo de la cicatriz le pidió silencio. Pensábamos juntos, pero lo que preocupaba a Sabrasú no pertenecía a nuestro pensamiento común: debía depender de su memoria personal, o tal vez fuera algo que los otros dos rechazábamos en algún nivel por debajo de la conciencia.

Nuestro pensamiento común estaba ocupado en otra cosa. De pronto comprendimos qué era ese elemento extraño que habíamos encontrado en el poblador que nos vendió la soga, y que luego habíamos visto repetido una y otra vez en el resto, incluidos el chico del plano y el viejo de la cicatriz. Era algo que estaba aparte de su capacidad como vendedores, e incluso del control que el viejo parecía ejercer sobre nosotros. Se trataba de una contradicción, que nuestros nuevos conocimientos, adquiridos en la biblioteca de la nave, nos permitían detectar. Por un lado, los aldeanos daban la impresión de estar aislados de toda cultura que no fuera la suya; sus productos tenían un sello distintivo, algo que los diferenciaba de otros productos, incluso los que provenían de otras aldeas de Guirnalda; sus caras, sus cuerpos y sus ropas también eran característicos: rostros de piedra y madera, brazos macizos, polleras largas de cuerda trenzada. No se habían mezclado ni siquiera con sus vecinos más próximos, desde hacía mucho tiempo. Y sin embargo, por otro lado, hablaban el Idioma sin ningún acento, sin deformaciones. O, mejor dicho, con el acento y las deformaciones propias de Varanira, nuestro propio planeta. El Idioma, gracias al Centro, es de uso corriente en todos los mundos conocidos, o por lo menos eso se suele creer. Pero cada pueblo, cada rama de cada pueblo, le da su toque particular, su pronunciación, sus palabras especiales. Que los aldeanos hablaran exactamente igual que nosotros era una casualidad inconcebible hasta para las normas del Centro, o el indicio de alguna otra cosa, tal vez igualmente inconcebible.

Tratábamos de pensar una explicación razonable, con poca colaboración de Sabrasú, que seguía preocupado por sus propias razones, cuando empezaron a sonar los violines: la señal prevista por el viejo.

Aparentemente estaban en algún lugar del pozo, tal vez a miles de metros de profundidad, y tocaban una música solemne, excepto por algún acorde grotesco que de vez en cuando jugaba entre las notas. La brisa dejó de soplar, y los burros de dar coces. Los violines eran lo único que se oía, y fueron ganando nitidez hasta que nos pareció que estábamos en la pantalla de un cine: el único lugar donde la música reemplaza a los ruidos habituales. El paisaje inmóvil, la boca del pozo abierta en medio de la escena, la ronda de aldeanos, todo tomó un color rojizo. La situación hubiera sido más lógica si en vez de estar dentro del cuadro nos hubiéramos encontrado de pronto en las butacas de alguna platea guirnaldesa.

Esto no figuraba entre las leyendas que conocíamos. Los pobladores habían cerrado los ojos, y se balanceaban al compás de la música. La tentación de imitarlos se hizo cada vez más fuerte, pero nos resistimos: había algo indigno en que un grupo expedicionario del Centro, por poca que fuera su experiencia, se balanceara al compás de unos violines en la cima de la montaña mas famosa de Guirnalda.

Un rato después los violines empezaron a alejarse, como si alguien moviese el control del volumen, y a los dos minutos ya era imposible oírlos. Las cosas recobraron su color normal, y la ilusión terminó. No había ningún cine, ni plateas, ni pantalla, ni empleados esperando el intervalo para vender golosinas. Aspiramos hondo, mientras el viento empezaba a soplar, más suave que en las leyendas pero más fuerte que la brisa anterior. Los burros tardarían un poco más en salir del hechizo.

Los pobladores abrieron los ojos y aplaudieron.

—El pozo les da la bienvenida —explicó el viejo de la cicatriz, inclinando la cabeza—. Ahora pueden continuar. El espectáculo nos había sorprendido, pero podía haber sido de mejor calidad. Los pobladores también debían tener su tecnología escondida, y se complacían en engañar a los visitantes simulando fenómenos mágicos. Nos imaginamos al sonidista y al iluminador escondidos en alguna de las casas de ventanas cerradas, los parlantes ocultos dentro del pozo, las luces disimuladas entre las piedras. En el Centro habíamos visto audiovisuales parecidos. Seguramente los pobladores querían justificar los precios altos de sus productos dando algún servicio adicional.

Lo que habían conseguido, en realidad, era tranquilizarnos. Se nos ocurrió que el aparente aislamiento de su cultura era una pantalla, un disfraz de los que se suelen usar para atraer a los turistas. En ese caso era más comprensible que hablaran el Idioma, y en una versión similar a la nuestra. Quedaban algunos detalles por justificar, pero la explicación nos bastaba por el momento. Tal vez, si hubiéramos profundizado un poco más, nos hubiésemos dado cuenta del error. Es probable que aún entonces nos quedara una última oportunidad para escapar.

Empezamos a movernos, pero Sabrasú se quedó donde estaba, rascándose atrás de una oreja. Nuestra preocupación conjunta había desaparecido, pero todavía quedaba la suya, la privada, que no conocíamos. Lo miramos para que nos dijera qué le pasaba. Los aldeanos también lo miraron.

—Sabrasú tiene una pregunta —dijo al final—, y no sabe la respuesta —se rascó un poco más—. La soga nos permitirá descender, pero ¿cómo vamos a subir otra vez?

Los pobladores sonrieron y se aflojaron, como si algo los hubiese aliviado.

—Más abajo encontrarán otras salidas —dijo una mujer.

—Es cierto —dijo el viejo de la cicatriz—. No necesitarán subir.

Pero Sabrasú no estaba conforme.

—Lo que piensa Sabrasú —dijo— es por qué no entramos al pozo más abajo, si hay otras entradas. Por qué debimos venir hasta la cima.

—Lo dice el contrato —aseguró un chico, que no era el del plano.

—Sí, pero… —empezó Sabrasú, y se detuvo—. ¿Cómo lo saben?

Los aldeanos se movieron inquietos, y algunos tosieron. El viejo de la cicatriz miró enojado al chico que había hablado. Luego se dirigió a nosotros y volvió a sonreír.

—Ustedes son muy desconfiados —dijo—. Todos los contratos dicen lo mismo. El de ustedes no puede ser una excepción.

—Tiene razón —dijo Calibares, moviendo la cabeza de arriba abajo—. Todos los contratos se parecen en algo.

—Y además debemos obedecer al nuestro —intervino Gadma—, aunque no nos guste.

El viejo aplaudió.

—Una sabia reflexión —dijo.

Sabrasú dejó de rascarse, sonrió, y los tres, plenamente conectados, nos palmeamos mutuamente los hombros.

—No ganamos nada —nos dijimos a nosotros mismos— cuestionando lo que el Centro sabe hacer mejor que nosotros.

—Bien dicho —confirmó el viejo con cara de sabio.

—Sin embargo —agregamos, ahora menos alegres—, debimos haber traído una copia de nuestro contrato.

—No la necesitarán —dijo el viejo, impaciente—. Y ahora sigan con su tarea, que todos tenemos mucho que hacer y el pozo se cansa de esperar.

—Una sola pregunta más —pidió Sabrasú—, que no molestará a nadie. ¿Cuánto tiempo nos llevará explorar el pozo?

El viejo de la cicatriz pensó un momento antes de responder.

—No son buenos exploradores —dijo después—, si antes de empezar se preocupan por el final.

Le dimos la razón una vez más, y así terminamos de caer en la trampa. Gadma le sacó una foto a Calibares, que posaba con el arnés recién construido, y empezamos la maniobra de bajarlo.

Author: Eduardo Abel Gimenez

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